miércoles, 01 de febrero de 2023
Editoriales

Un periplo sorprendente

Por Sergio Wischñevsky

Difícil era imaginar hace 31 años, cuando asumió la presidencia Raúl Alfonsín, que la fecha elegida del 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, iba a anticipar lo que sin duda se ha convertido en una marca de época. Un nuevo lenguaje de la política y de las reivindicaciones sociales. El mismo presidente electo lo anunció a la multitud desde el balcón del Cabildo “… la defensa de los derechos humanos no se agota en la preservación de la vida, sino además también en el combate que estamos absolutamente decididos a librar contra la miseria y la pobreza en nuestra Nación”. Tal vez sin notarlo, tal vez como una apuesta que él mismo no pudo sostener, en ese mítico día se fundaba en Argentina un paradigma de significantes abiertos, que no se cierran aún, que se siguen expandiendo. Al fin de cuentas, ¿quién puede definir exactamente que son los DD.HH.?

No son derechos naturales, aunque sean herederos del Derecho Natural; no son frutos de la divinidad, aunque le deban bastante al derecho canónico; parecen más bien el resultado histórico de una apuesta política que sigue vigente.

Bandera abuelas plaza de malyo

En la Declaración de Independencia de Estados Unidos, en 1776, Thomas Jefferson escribió “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Es notable que para ese momento esas verdades se encontraban muy lejos de ser evidentes. Solo mencionemos la plena vigencia de la esclavitud. De hecho, esta declaración no tuvo en lo inmediato carácter constitucional.

En rigor, la primera vez que se usó la expresión Derecho Humano fue en Francia en 1763, en el Tratado sobre la Tolerancia escrito por Voltaire. Allí denunció el “Caso Calas”, donde la condena a muerte fue precedida por horribles tormentos a un padre que se autoincriminó como asesino de su propio hijo. Voltaire narró que el joven se había suicidado y el padre se declaró asesino para que le den cristiana sepultura. Semejante acto de amor castigado con tanta crueldad atrajo una corriente de empatía generalizada con Calas que condujo a la condena universal de las torturas. Trece años después de la independencia norteamericana encontramos a Jefferson en París participando de la Revolución francesa y colaborando con la redacción de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. En ese trascendental documento se afirmó con suma sencillez y a las apuradas que “los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre” eran el fundamento de todo gobierno, y sin sentir ninguna necesidad de argumentarlo o hacer elaboraciones teóricas afirmaron que todo el mundo era igual ante la ley. ¿Convicción, apuesta o promesa? Las consecuencias de estas declaraciones aún no han terminado. Pero en el camino quedó pendiente el problema de cómo resolver la igualdad y qué alcance debía tener. Las mujeres ¿eran iguales a los hombres? ¿Y los negros? ¿Y los protestantes y los judíos, los gitanos, los extranjeros, los homosexuales?

La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue un documento declarativo adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 en París. Tuvo 30 artículos y llevó arduas discusiones hasta llegar a ese acuerdo. No tuvo carácter vinculante con ninguna Constitución. El mundo aún vibraba por los genocidios y las consecuencias del sueño atroz de la Segunda Guerra Mundial. De pronto defender la vida, en sí misma, se convirtió en la causa que las potencias mundiales se comprometieron a cuidar. Sin embargo, siguió habiendo genocidios. Como en los casos anteriores, una cosa es una declaración y otra la “realidad efectiva”.

En ese mismo momento en Argentina gobernaba el peronismo. Los derechos sociales hicieron su aparición en este suelo y sobre todo en el subsuelo, pero de Derechos Humanos no se hablaba, no era parte del lenguaje político común. Como no lo fue durante los años ’60 y primeros ’70, en los que la dicotomía de la época era liberación o dependencia, o un abanico de discursos clasistas, marxistas y guevaristas, dicho esto sin agotar las opciones. Fue el genocidio argentino, su brutalidad y eficiencia lo que trastocó las bases del paradigma del discurso político de manera radical.

Los exiliados y los sobrevivientes pasaron de un discurso anticapitalista y antiimperialista a la necesidad de denunciar las atrocidades de la dictadura. El orden jurídico internacional tenía un lenguaje que empezaron a aprender, la prioridad pasó a ser detener las matanzas, las torturas, la cárcel. Salvo la Liga Argentina por los Derechos del Hombre fundada en 1937, la mayoría de los organismos de DD.HH. en Argentina surgieron durante la última dictadura militar o en su etapa preparatoria de asesinatos de militantes políticos y sindicales por fuerzas parapoliciales.

El genocidio nazi alumbró en el mundo la necesidad de proteger a las víctimas, el genocidio argentino, una vez caída la dictadura, generó la lucha inclaudicable de los familiares y compañeros de las víctimas. Esa lucha circunscribió en un principio el tema de los DD.HH. a la necesidad de justicia, la necesidad de saber la verdad de lo ocurrido.

Pero el discurrir de estos años nos hizo testigos de una transformación sumamente peculiar. Los DD.HH. pasaron a ser también levantados por los excluidos, los maltratados, los explotados. De manera paulatina, pero sostenida, cada vez más sectores sociales hicieron propio el discurso de los derechos. De pronto no tener acceso a la tierra se configuró en una violación de los DD.HH., los desocupados, los presos, las mujeres golpeadas, los perseguidos de todas las persecuciones, los niños abusados u obligados a trabajar, los habitantes de territorios en los que la ecología es arrasada, los discapacitados, los sin techo. Como una luz que va alumbrando los rincones oscuros que durante mucho tiempo fueron invisibles asistimos a la configuración de un lenguaje político que, surgido de trágicas derrotas, se va llenando de un novedoso y antiguo contenido político: la igualdad.

Esa que en sus orígenes fue declamada como evidente y que al cabo de más de dos siglos sigue buscando el cauce en donde materializarse. La sustancia de los Derechos Humanos es difícil de definir, eso que todos sabemos qué es a condición de que no nos pidan que los expliquemos, tal vez porque sospechamos que su mayor virtud reside en no darle cierre, en dejar que siga creciendo, desafiando sus límites y posibilidades.

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