miércoles, 25 de mayo de 2022
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Twitter, Musk y la parábola de Batman

En este artículo, el docente e investigador de la UNQ Agustín Espada analiza la compra de la red social y echa luz sobre cómo crece la influencia y el poder del magnate que todo lo puede.

Publicado en Agencia de Noticias Científicas UNQ

Por Agustín Espada

 

Elon Musk gastó 44 mil millones de dólares en comprar Twitter. Uno de los mayores millonarios del mundo gastó la misma cifra que Argentina le debe al Fondo Monetario Internacional en quedarse con la cuarta o quinta (según qué fuente y qué definición se utilice) red social más masiva del mundo. Una sola persona, miles de millones de dólares y una plataforma donde transcurre buena parte del flujo informativo y expresivo del mundo. Las consecuencias, explicaciones y lecturas de este acontecimiento son muchas.

En primer lugar, una lectura muy rápida y obvia: las personas con mucho dinero tienen muchísimo poder. Y esto se traduce, también, en la capacidad para modificar cuestiones centrales de su entorno. En este caso, Musk es un usuario muy activo de Twitter y había probado su poder al utilizarlo para enviar distintos mensajes que provocaron modificaciones en el valor del bitcoin hace pocos meses. La información es poder. Pero ser el dueño de una plataforma por donde circula la información da más poder todavía.

Un símbolo de los tiempos. Créditos: screenrant.com/

 

 

Esto conduce a una pregunta clave en este análisis: ¿por qué Musk compra una plataforma como Twitter que no genera grandísimas ganancias (poco más de US$ 500 millones en el primer trimestre de 2022)? La respuesta es multifacética. Primero, porque puede. Segundo, por poder. Tener datos de cientos de millones de usuarios tiene un gran valor económico y también otorga un gran poder en materia de circulación de información y opiniones. Esto último, también coloca a Musk en la mesa de discusión política sobre libertad de expresión, economía mundial y plataformas donde no parece haber buenos. Tercero, porque Twitter es una red social estancada en cantidad de usuarios pero con gran potencial para volverse una más de las bigtech (Microsoft, Meta, Alphabet, Amazon, Apple) junto al gigantismo de SpaceX, Tesla y otros desarrollos.

Gigantes indomables

La economía mundial está cada vez más preocupada por el creciente poder de estas grandes empresas tecnológicas que tienen a las plataformas y las economías de red como sus modelos de negocio. La agenda política mundial está colmada de discusiones sobre cómo regular las actividades de estos gigantes digitales en materia de pago de impuestos, diseño de algoritmos, transparencia de la información, concentración económica, diversidad cultural y libertad de expresión. Estados Unidos impulsa investigaciones sobre abusos de posición dominante, Europa multa prácticas anticompetitivas. La Unión Europea trabaja en un conjunto de normativas (Ley de Servicios digitales y Ley de Mercados Digitales) para regular el funcionamiento económico de estos actores y garantizar el respeto de los derechos civiles en estos espacios.

La compra de Twitter, el desembarco estruendoso de Elon Musk en un espacio que habitan no tantas personas como Instagram, YouTube o Facebook pero sí unos cuántos muy intensos, informados y formadores de opinión es un botón de muestra de la creciente privatización del debate público. O del espacio donde éste se desarrolla. Twitter era y seguirá siendo una empresa privada. Solo que ahora las decisiones sobre cómo se muestra la información, qué información se extrae, cómo se comercializa y qué mensajes deben ser o no penalizados dependerán del humor de una sola persona. Y las alternativas son pocas, justamente porque una de las bases del negocio de las plataformas sociales es que seamos muchos en ellas, la mayor cantidad posible. En las economías de red, los servicios ofrecidos (en este caso el acceso a un espacio para compartir contenidos) mejoran cuantas más personas se unen.

Un problema para la democracia

Y esto implica, lógicamente, una novedad y un gran problema para las democracias actuales. No solo porque las personas que imponen las reglas de juego en materia de expresión en plataformas digitales entran en un ascensor, sino porque los Estados han ¿perdido? ¿regalado? ¿descuidado? el poder para imponer condiciones (regulaciones) a estos actores que impongan los principios de interés público a los de interés comercial. En otras palabras, hoy es casi imposible que Argentina le impida a Twitter eliminar ciertos mensajes o cuentas de acuerdo a sus términos y condiciones. Ni siquiera son materia regulable esos términos y condiciones.

Y así nació el interés de Musk en Twitter. En 2020, la plataforma decidió dar de baja las cuentas de Donald Trump en medio de la violencia social que concluyó en la toma del Capitolio. El entonces Presidente de los Estados Unidos perdió la posibilidad de expresarse en Twitter. La red adujo que sus últimos mensajes publicados incitaban a la violencia institucional y política. Pero ningún poder público intervino en tales definiciones ni en la determinación de las sanciones ¡al Presidente de los Estados Unidos!

Musk se pronunció en contra de esta decisión y se auto-definió como un absolutista de la libertad de expresión. Bajo esta concepción liberaloide de la libertad de expresión, todo mensaje debe circular ya que el derecho cuenta con un costado individual pero olvida el social (el de toda una sociedad a contar con información fiable y de diversas fuentes).

El problema del poder irrestricto de estas plataformas no está más cerca de solucionarse gracias a Elon Musk. Empeoró. La solución al problema de los derechos humanos en plataformas digitales exige mayores poderes para los Estados y una discusión que reposicione al interés público en el centro de la escena. Musk entiende que, como si fuese un Batman del debate público, su dinero y sus decisiones solucionarán los problemas porque él sabe cómo debe funcionar Twitter. Un símbolo de los tiempos.


Docente, investigador y director de la Maestría en Industrias Culturales de la UNQ

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