martes, 28 de junio de 2022
Editoriales

Todo lo que usted nunca quiso saber sobre el Antropoceno, pero le conviene.

Por Daniela Gutierrez

 

 

Fui al colegio secundario en el Holoceno, y estudié eras y períodos geológicos anteriores al que nos estaba tocando vivir desde hacía más o menos 11.675 años. Aprendí todo lo relativo al Mesozoico y al Paleoceno, pero jamás pude usar esas dos palabras en alguna conversación.

De haberme dedicado a las ciencias biológicas o naturales me hubiese enterado antes que ya no estábamos más en los bucólicos tiempos del Holoceno que con su clima tibio y estable había sido el auspiciante del afán reproductivo de la especie humana hasta el punto de que la humanidad llegó a poblar toda la tierra. Pero no, las ciencias sociales me hicieron llegar algo tarde a estas cuestiones y como suele suceder lo bueno ya había pasado. En el  año 2000 el químico holandés Paul Crutzen y el biólogo norteamericano Eugene Stoermer,  publicaron un texto inquietante y genial donde sugerían que estábamos viviendo ya en una nueva era geológica: el Antropoceno.

Los que estamos pisando este planeta desde antes del 2000 y seguimos aquí, seremos la única generación humana en haber vivido el Holoceno y el Antropoceno.

 

 

¿Qué es el Antropoceno?

En 2015, en un congreso de científicos multidisciplinario se acordó que el Antropoceno es la era geológica en la que estamos viviendo: y que lleva en la misma materialidad del planeta la marca de la transformación irreversible de la naturaleza a causa de la influencia de la especie humana.

Las grandes discusiones sobre cuestiones importantes siguen estando lejos de la periferia del mundo y siguen escribiéndose en inglés, chino y alemán. Quizás por eso recién e incipientemente estamos sometiendo  a la exposición pública la discusión académica sobre el Antropoceno. Las revistas norteamericanas de temas generales (The New York Times, por ejemplo) y el Der Spiegel han puesto calor al debate sobre LA ERA DEL HOMBRE. Ha habido algunas muestras artísticas en Bienales europeas, dedicadas a este nuevo tiempo de la humanidad, pero es mucho todavía lo que queda por pensar, discutir y acordar.

En el momento en que la política decidió conveniente suplantar el “calentamiento global” por “cambio climático” hubo allí un desplazamiento de temores y se pensó que quizás el fantasma del apocalipsis ecológico podría mantenerse a buen recaudo unos años más. Sin embargo no dudamos, frente a todos los desastres ambientales y todas las mutaciones, espantar la certeza de que algo está cambiando.

La falta de credibilidad de quienes anuncian el fin ha logrado que la humanidad siga comportándose como si nada fuese a sucedernos. Ahora, sin embargo, ese mismo fantasma podría encarnarse en el Antropoceno como noción capaz de confirmar científicamente la medida en que el ser humano ha colonizado su entorno natural. La premisa fundamental de quienes postulan el Antropoceno como una era específica es que la huella humana sobre el medio ambiente ha llegado a ser tan formidable que resulta preciso reconocer a nuestra especie como una fuerza geofísica global, que nada tiene que envidiar –cuestiones de estilo al margen– a las grandes fuerzas de la naturaleza, tal como han sido tradicionalmente consideradas. Se sugiere, así, que la influencia del ser humano sobre su entorno tiene tal dimensión cuantitativa que ha operado un cambio cualitativo: el entremezclamiento irreversible de los sistemas sociales y los naturales. Estos se hallarían ahora, de hecho, “acoplados”. Para concluir que se ha producido ese cambio cualitativo, sin embargo,  hacen falta pruebas del incremento cuantitativo.

Y lo cierto es que no faltan. Se calcula que alrededor del 90% de la actividad vegetal se produce en ecosistemas donde el hombre desempeña un papel relevante, algo que puede observarse en la progresiva reducción de la naturaleza virgen, el wilderness de los anglosajones[1]. La cantidad de biomasa representada por los seres humanos y su ganado supera con creces la correspondiente al resto de la fauna animal; hay más árboles plantados en granjas que en bosques; la biodiversidad parece disminuir a gran velocidad, lo que resulta en una panoplia cada vez más reducida de cultivos y animales, a saber, aquellos que mejor se adaptan a ecosistemas dominados por el ser humano. Al mismo tiempo, uno de los cambios globales de origen antropogénico más destacados es la alteración de la estructuras de las comunidades vegetales y de los procesos de ecosistema debido a la invasión por parte de especies exóticas. Quiere decirse que la biodiversidad se ve reducida, pero, sobre todo, alterada[2].

[1] Hay distintas formas de concebir la naturaleza en Europa y Norteamérica: así como en la primera predomina la imagen del jardín, en la segunda la naturaleza adquiere un carácter más selvático y salvaje, más próxima, acaso, al espíritu de la frontera allí dominante.

[2] Tal como arguye Chris Thomas en Nature, la hibridación que caracteriza al Antropoceno produce un impacto directo sobre la biodiversidad, ya que la especiación por hibridación está llamada a ser un aspecto clave de esta nueva era geológica, con el resultado de que el número de especies terrestres en la mayor parte de las regiones del mundo tiende a aumentar, aunque descienda el número total de especies en el planeta.

[1] Hay distintas formas de concebir la naturaleza en Europa y Norteamérica: así como en la primera predomina la imagen del jardín, en la segunda la naturaleza adquiere un carácter más selvático y salvaje, más próxima, acaso, al espíritu de la frontera allí dominante.

[1] Tal como arguye Chris Thomas en Nature, la hibridación que caracteriza al Antropoceno produce un impacto directo sobre la biodiversidad, ya que la especiación por hibridación está llamada a ser un aspecto clave de esta nueva era geológica, con el resultado de que el número de especies terrestres en la mayor parte de las regiones del mundo tiende a aumentar, aunque descienda el número total de especies en el planeta.

Paul Crutzen

Paul Crutzen, premio Nobel de química y uno de los creadores del concepto de Antropoceno.

 

Hablar de sistema terrestre cobra aquí pleno sentido, porque la idea misma del Antropoceno tiene su origen en la ciencia del sistema terrestre, que es la disciplina científica que estudia el planeta como un sistema de fuerzas y flujos interconectados que se retroalimentan mutuamente, a través de relaciones tan complejas como potencialmente inestables. Si el Holoceno fue una forma de equilibrio del sistema, el Antropoceno es la siguiente. Eso sí, con la particularidad de que al sistema no le preocupa su hospitalidad para con la especie humana, lo que obliga a ésta a preocuparse por las condiciones de vida que el sistema le proporciona. Quedan aún muchas preguntas por responder, la mayoría relativas a la naturaleza de la interacción entre los distintos aspectos estructurales del sistema terrestre: la circulación oceánica, la química atmosférica, la fisiología de los ecosistemas, el ciclo hidrológico, la biodiversidad. Para orientarse mejor en esta tarea, se ha importado de la ecología la noción de servicios de ecosistema para incluir los bienes y servicios proporcionados por el sistema natural en su conjunto, a escala planetaria. Se habla, así, de recursos, que van desde el agua fresca a los combustibles fósiles, pasando por los alimentos y los metales; de servicios de mantenimiento, como la formación del suelo, así como de servicios regulatorios, tales como el control ecológico de las plagas y las enfermedades o la regulación del clima, todos ellos de ayuda a la hora de mantener unas condiciones planetarias favorables  a la vida humana.

A ello hay que sumar la variable social, es decir, la influencia de los sistemas humanos sobre los naturales. Ya se ha mencionado que el cambio climático constituye la manifestación más prominente de la misma, pero está lejos de ser la única: desaparición de superficies vírgenes, urbanización creciente, agricultura industrial, infraestructura de transportes, actividades mineras, modificación genética de organismos y alimentos, hibridación creciente. En todos estos casos, la acción humana no ha hecho más que intensificarse a lo largo del tiempo, hasta alcanzar una escala probablemente  irreversible.

La existencia del Antropoceno podía  interpretarse, por tanto, como una conclusión provisional a la luz de los datos recopilados y cruzados hasta ahora; pero ya se ha definido como un punto de partida que arranca de esta nueva forma de contemplar las relaciones socionaturales. No es sorprendente que el concepto resultante más útil sea el de sistemas socioecológicos: según cuál sea el tipo de relación que mantiene cada sociedad humana con su base biofísica en un momento histórico particular, distinto será, a su vez, el régimen socioecológico resultante. Hasta ahora, este concepto ha sido explorado más en los niveles local y regional que en el global, debido sin duda a la formidable complejidad que este presenta. Pero es un hecho que la actividad humana –los procesos sociales y económicos– se ha convertido ya en un factor destacado en el funcionamiento del sistema terrestre a escala global.

A la pregunta de qué sea el Antropoceno puede responderse de dos maneras distintas, aunque complementarias. Por un lado, es un período de tiempo, constitutivo de una era geológica nueva, propuesto por un número creciente de científicos naturales. A la vez, es un instrumento de análisis o categoría explicativa. Dicho de otra manera, el Antropoceno es una cronología que, por acertar a sintetizar un conjunto de fenómenos y procesos cuyo nexo común es la influencia antropogénica sobre el planeta, termina por designar asimismo una teoría centrada en el estudio de las relaciones socionaturales o, para ser más precisos, en el estado que esas relaciones han terminado por asumir. Se trata de un doble sentido que conviene tener presente para orientarse en el debate.

 

Pero, ¿cómo y por qué hemos llegado hasta aquí? Es evidente que la especie humana difiere profundamente de las demás y, en consecuencia, tiene plena lógica que su impacto sobre el entorno sea también dramáticamente diferente. Más concretamente, el ser humano es capaz de construir su propio ecosistema mediante la reconstrucción del entorno preexistente, tarea en la que se empeña haciendo uso de herramientas cada vez más sofisticadas, que le proporcionan una formidable ventaja adaptativa y competitiva, al tiempo que puede transmitir el conocimiento subsiguiente a través de la cultura. En palabras de Erle Ellis: «El homo sapiens no es una fuerza de la naturaleza del todo nueva. Pero los sistemas humanos sí lo son».

Dentro de esos sistemas sociales, a su vez, existe una marcada diferencia entre la era industrial y las precedentes, razón por la cual las periodizaciones del Antropoceno propuestas hasta ahora suelen señalar la industrialización como su primera etapa. Operan en ésta dos lógicas que se refuerzan recíprocamente: una tecnológica y otra social. Por un lado, las innovaciones técnicas que propulsan la revolución industrial implican un formidable aumento del uso de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas); por otro, estas tecnologías permiten una mayor conexión global y una más rápida evolución del sistema social industrial en comparación con sus predecesores. La consecuencia es una aceleración del ritmo de cambio social, del intercambio material y el uso de herramientas, así como, naturalmente, una intensificación de las interacciones humanas con la biosfera. Si expresamos esto en cifras, nos encontramos con que entre 1800 y 2000 la población mundial se multiplicó por seis, la economía por cincuenta, y el uso de energía por cuarenta; todo lo cual aumentó exponencialmente la concentración de CO2 en la atmósfera.

Después de la Segunda Guerra Mundial se abriría una segunda etapa, denominada la Gran Aceleración, que llegaría hasta nuestros días. Los datos hablan por sí solos: la población mundial se dobla en cincuenta años, mientras la economía se multiplica por quince, el consumo de petróleo crece un 3,5% cada año desde 1960, el número de vehículos de motor pasa de 40 a 700 millones, y el número de habitantes urbanos crece hasta producirse un sorpasso nunca antes alcanzado: desde hace unos meses, hay más personas viviendo en ciudades que en el campo. El impacto sobre el medio ambiente global es condigno: en el curso de este medio siglo, los seres humanos han transformado los ecosistemas mundiales más rápida y ampliamente que en ningún otro período histórico.

Ahora sabemos lo que antes no sabíamos. Y esa conciencia es la que lleva a Steffen y sus colegas a señalar una tercera fase del Antropoceno que, a diferencia de las anteriores, es menos una formulación basada en observaciones empíricas que una prescripción moral y política: una llamada a la administración responsable del planeta. Los avances científicos y la creciente interdisciplinariedad en el estudio de las relaciones socioambientales irían de la mano del desarrollo de Internet como sistema de organización de la información, algo que, sumado al aumento del número de sociedades democráticas con medios de comunicación independientes, estaría propiciando un reconocimiento de la influencia humana sobre el funcionamiento del sistema terrestre global en el nivel de la toma de decisiones políticas. Conclusión: «De una u otra forma, la humanidad está convirtiéndose en un agente activo y autoconsciente en el manejo de su propio sistema de soporte vital». Así que la última fase del Antropoceno, rigurosamente contemporánea, quedaría inaugurada por el hecho mismo de su proclamación. En el Antropoceno maduro, los propios hombres advierten en qué etapa se encuentran, y actúan en consecuencia.

 

La querella de los geólogos    

Pasar de una era geológica a otra no sucede todos los días, de manera que no es sorprendente que el asunto sea más complicado de lo que parece, sea cual sea la contundencia de los datos que estén sobre la mesa. Porque no son pocos los geólogos que han expresado sus dudas al respecto, una vez que el Antropoceno ha entrado en el orden del día de las distintas divisiones nacionales de la Comisión Internacional de Estratigrafía. ¿Puede declararse el advenimiento de una era geológica sin que haya dado tiempo a que esta deje sus huellas en el registro fósil de la Tierra? Técnicamente, el Antropoceno no cumpliría con los criterios establecidos por la comisión, competente para designar oficialmente el tránsito de una época a otra. Para Manfred Menning, miembro de la comisión alemana, el término plantea más problemas de los que resuelve. Y uno de ellos es la brutal compresión temporal que comportaría declarar terminado el Holoceno apenas 11.700 años después de su comienzo, cuando las épocas geológicas suelen durar decenas de millones de años.

Para Stanley Finn, presidente de la comisión alineado con el sector crítico, el concepto puede ser útil, a condición de que se lo considere una época histórica, no geológica. Es decir, que el Antropoceno es una buena idea siempre y cuando sea una idea ajena. La razón es que los historiadores pueden definir el comienzo de las épocas históricas a partir de un acontecimiento, pero los geólogos deben acreditarlas sobre la base de los registros fósiles existentes. En otras palabras, el atractivo de la noción no sería suficiente: la estratigrafía es demasiado seria para dejarse impresionar.

Sin embargo, también hay geólogos favorables a su reconocimiento. Para Susan Trumbore, directora del Instituto de Biogeoquímica del Instituto Max Planck, en Alemania, el Antropoceno es una realidad evidente: que las huellas humanas se conviertan en registros fósiles es una cuestión de tiempo. Y para la mayor parte de los miembros de la Comisión Estratigráfica de la Sociedad Geológica de Londres, la idea debe ser aceptada por la comunidad científica. Tal como señala Nature en el editorial de su último número de 2016, dividir la historia reciente en períodos más breves tiene sentido; incluso sería posible, para evitar controversias cismáticas, declarar el Antropoceno una época geológica, esto es, la subdivisión de una era. Su comienzo es también objeto de discusión: hay quienes apuntan al polen de las plantas cultivadas como marcador cronológico, mientras que otros sugieren el incremento en los niveles de gases de efecto invernadero en la segunda parte del siglo XVIII, y los hay también que prefieren los isótopos radioactivos de las bombas de hidrógeno arrojadas sobre Japón en 1945.

Ahora bien, ¿tiene tanta importancia el reconocimiento estratigráfico del Antropoceno? Probablemente, no. O solamente la tiene para los geólogos, que hacen bien en extremar las cautelas cuando de su disciplina se trata. Más bien, lo relevante es aquello que subyace a la noción propuesta: el conjunto de datos sobre la relación socionatural que, contemplados desde la perspectiva multidisciplinar del sistema terrestre, adquieren un nuevo significado. En lugar de discutir separadamente una amplia serie de fenómenos socionaturales, el Antropoceno hace posible su consideración conjunta. Más aún, la fomenta, aspecto que subrayaba la revista Nature: en la medida en que la hipótesis proporciona un marco conceptual para el cambio medioambiental global, impulsa la investigación multidisciplinar y va dando forma a una nueva mirada sobre la realidad que ayuda no sólo a comprenderla, sino a hacer lo necesario para controlarla. De ahí que Jörg Häntzschel haya aludido a un “desafío cognitivo” de orden colectivo, a la necesidad de modificar nuestra comprensión de una realidad que a primera vista no exhibe las huellas de procesos de largo recorrido temporal y formidables implicaciones potenciales.

Así que, constituya o no una nueva era geológica, el Antropoceno parece más que suficiente para demarcar una época. Y si esta no es propiamente histórica, no sea que proteste el gremio correspondiente, sí que reviste, desde luego, carácter socionatural. La historia medioambiental, que se ocupa de la relación entre la sociedad y su medio ambiente, se situaría en los intersticios de la historia tradicional, pero está llamada a cobrar una importancia condigna a medida que sucede aquello que el Antropoceno describe, a saber: la completa humanización de la naturaleza.

 

El fin de la naturaleza

En muchos sentidos, la idea ya estaba ahí, y podría resumirse también de esta manera: el fin de la naturaleza. Quiere decirse el fin de la naturaleza tal como la conocíamos, no el fin de la naturaleza per se. Bill McKibben tituló así su elegíaco libro de 1990, donde lamentaba que hayamos empezado a vivir en «un mundo posnatural». En términos parecidos se expresaron los sociólogos que por aquel entonces desarrollaron la noción de la sociedad del riesgo: Anthony Giddens aludía a un medio ambiente creado por el hombre, Ulrich Beck sentenciaba el fin de la antítesis de naturaleza y sociedad[1]. Y los teóricos del medio ambiente de filiación marxista llegaban de manera natural a conclusiones parecidas, mientras antropólogos y filósofos se dedicaban a estudiar la influencia decisiva de la cultura en la gestación de los distintos regímenes socionaturales. Por supuesto, la interacción socionatural ha existido siempre, pero la intensidad que ha adquirido de un tiempo acá carece de precedentes. Erle Ellis, uno de los científicos que con más ahínco promueven la adopción del término, es claro al respecto: «Desde un punto de vista filosófico, la naturaleza es ahora naturaleza humana; no hay naturaleza salvaje ya, sólo ecosistemas en diferentes estadios de interacción con los seres humanos, que difieren así en su grado de naturalidad y humanidad». Esto es lo que demuestra el Antropoceno: que la concepción de la naturaleza como entidad independiente es insostenible a la vista del grado de interpenetración de los sistemas sociales y naturales. En ese sentido, la hipótesis del Antropoceno puede considerarse como la traducción a términos geológicos del fin de la naturaleza. Más que el descubrimiento de una novedad, se trata de la súbita toma de conciencia de un cambio que lleva siglos en marcha.

No cabe duda de que el concepto de naturaleza siempre ha poseído una formidable complejidad. Pero ese concepto refleja una realidad que se ha vuelto en sí misma cada vez más complicada con el paso del tiempo. Si ha habido una posición dominante hasta hace poco, ha sido la representada por el ecologismo fundacional y sus continuadores, según la cual el ser humano ha ejercido en su provecho la violencia contra el mundo natural, hasta terminar con éste y poner en peligro, de paso, su propia supervivencia. Kirkpatrick Sale lo ha expresado así: «Es este extraordinario dominio de una sola especie bípeda lo que nos ha llevado a la actual amenaza sobre la tierra […] vamos directos al ecocidio»[1]. Así, la historia no sería otra cosa que una progresiva alienación humana de su medio natural, cuyos hitos filosóficos y materiales pueden rastrearse mediante una relectura de la cultura y la historia occidentales, que tiene como principales culpables a Descartes y el capitalismo industrial: el primero, por representar a los animales como mecanismos sin alma, el segundo, por llevar a la práctica su cosificación en beneficio de la especie humana.

Esta suerte de contrailustración filosófica adopta distintas tonalidades y admite diferentes grados de refinamiento argumentativo, pero en ningún caso carece de coherencia: si sus premisas son el reconocimiento de un valor intrínseco de la naturaleza y la creencia en una relación socionatural pacífica, el Antropoceno sólo puede juzgarse como la confirmación definitiva de la dominación humana sobre la naturaleza y la consiguiente muerte –asesinato– de ésta7. Para algunos autores, el propio concepto de naturaleza ha sido un instrumento de dominación humana, porque ha homogeneizado y encapsulado a millones de seres, formas, ecosistemas y procesos naturales, a fin de neutralizarlos moralmente. De ahí que Bruno Latour, pensador a menudo desesperante, haya sugerido que nos libremos de él[2]. Bajo estas premisas, el propio Antropoceno sería una suerte de megalomanía suplementaria, una categoría que abarca, con lenguaje científico, la entera relación entre el hombre y el mundo natural, reduciendo con ello su extraordinaria diversidad e impidiendo, de paso, el desarrollo de sentimientos de empatía, compasión o incluso mero reconocimiento más allá de ciertos animales carismáticos. ¡Koala, sí! ¡Garrapata, no! La naturaleza en versión macro ahogaría, en fin, a su versión micro.

[1] Kirkpatrick Sale, After Eden: The Evolution of Human Domination, Durham, Duke University Press, 2006, p. 6

[2] Bruno Latour, Politics of Nature. How to Bring the Sciences into Democracy, Cambridge, Harvard University Press, 2004. En un sentido parecido se expresaba Jacques Derrida, en un ensayo aparecido dos años después de su fallecimiento, que ya en su título aludía críticamente a Descartes. Derrida observa a su gato en su apartamento parisiense y rechaza encontrar en él una categoría: «el gato del que hablo es un gato real, verdaderamente, un gatito. No es la figura de un gato. No entra silenciosamente al dormitorio como una alegoría de todos los gatos del mundo, el felino que atraviesa nuestros mitos y religiones, nuestra literatura y nuestras fábulas […]. Nada puede arrebatarme la certeza de que tenemos delante una existencia que rehúsa ser conceptualizada» (Jacques Derrida, The Animal that Therefore I am, Nueva York, Fordham University Press, 2008, p. 6).

[1] Bill McKibben, The End of Nature, Nueva York, Anchor Books, 1990; Anthony Giddens, The Consequences of Modernity, Cambridge, Polity Press, 1991; Ulrich Beck, Risk Society. Towards a New Modernity, Londres, Sage, 1992.

[1] Kirkpatrick Sale, After Eden: The Evolution of Human Domination, Durham, Duke University Press, 2006, p. 6

[1] Bruno Latour, Politics of Nature. How to Bring the Sciences into Democracy, Cambridge, Harvard University Press, 2004. En un sentido parecido se expresaba Jacques Derrida, en un ensayo aparecido dos años después de su fallecimiento, que ya en su título aludía críticamente a Descartes. Derrida observa a su gato en su apartamento parisiense y rechaza encontrar en él una categoría: «el gato del que hablo es un gato real, verdaderamente, un gatito. No es la figura de un gato. No entra silenciosamente al dormitorio como una alegoría de todos los gatos del mundo, el felino que atraviesa nuestros mitos y religiones, nuestra literatura y nuestras fábulas […]. Nada puede arrebatarme la certeza de que tenemos delante una existencia que rehúsa ser conceptualizada» (Jacques Derrida, The Animal that Therefore I am, Nueva York, Fordham University Press, 2008, p. 6).

  • El Oso Producciones El Oso Producciones
  • C&M Publicidad C&M Publicidad