martes, 24 de noviembre de 2020
Medioambiente

Más calor en el fondo

En la cuenca argentina del océano Atlántico se encuentra, proveniente de la Antártida, el agua profunda más fría del planeta. Un relevamiento llevado a cabo por un consorcio internacional frente a la costa de Uruguay, en profundidades de más de 4.700 metros, detectó que su temperatura viene aumentando durante la última década.

Por Cecilia Draghi

 

 

(Nexciencia) Escondidos como tesoros, a miles y miles de metros de profundidad, en la cuenca argentina del océano Atlántico, sensores destinados para medir corrientes frente a la costa de Uruguay, guardaron, hora a hora, por diez años, registros de temperatura que acaban de ser sacados a la luz. Y develaron que el Agua de Fondo Antártica, la más densa y fría del planeta, está cada vez menos helada según los datos colectados desde 2009 hasta 2019.

“El calentamiento que observamos se ubica entre 0,02° y 0,04° por década. Esto parece muy poquito porque una centésima de grado, si fuera para medir la fiebre de una persona, no importaría nada. Pero acá hablamos de agua, donde ese incremento es significativo porque un aumento de temperatura muy chiquito representa una cantidad de calor inmensa para el sistema climático”, destaca el oceanógrafo Alberto Piola sobre el trabajo publicado en Geophysical Research Letters.

A la altura de la provincia de Buenos Aires, pero internándose mar adentro, casi llegando a la frontera entre Uruguay y Brasil, está el punto en el mapa donde se instalaron estos aparatos a cuatro profundidades distintas que van desde 1.360 a 4.757 metros. Foto: Gentileza Alberto Piola.

 

 

A la altura de la provincia de Buenos Aires, pero internándose mar adentro, casi llegando a la frontera entre Uruguay y Brasil, está el punto en el mapa donde se instalaron estos aparatos a cuatro profundidades distintas que van desde 1.360 a 4.757 metros. Si se pudiera llegar al sitio más hondo en ascensor, éste debería tener una botonera de 1.500 pisos, cuando el edificio más alto del mundo en Dubai tiene apenas 163.

“A través de satélites y boyas, la ciencia cuenta con muchos datos de la superficie, pero del océano profundo hay muy, muy poco. Desde ese punto de vista, este estudio es un paso muy importante”, remarca Piola, del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

 

Calor del pasado

A un metro del fondo, y con casi con una montaña de agua encima -similar en altura al volcán Domuyo-, el sensor más recóndito reveló que la temperatura del mar profundo rondaba “en promedio 0,2° o sea, casi cero. Empezó la medición en 0,21° en 2009 y terminó en 0,23° en 2019. Ahí -indica- están los 0,02 grados de diferencia”. Se trata del Agua de Fondo Antártica que “es la más densa y fría del océano mundial. Está en el fondo de la cuenca argentina”, describe.

Esta masa profunda del Atlántico Sur llega hasta la costa de Uruguay luego de un largo viaje, ya que partió desde muy lejos, a miles de kilómetros de distancia. “Estas aguas que estamos midiendo, estuvieron en contacto con la atmósfera de la Antártida hace muchas décadas, unos 50 años o más”, explica. En ese pasado, cerca de la superficie, adquirieron temperatura, salinidad, concentración de dióxido de carbono y contaminantes, entre otros. “Esas propiedades, una vez que esas aguas superficiales se hundieron, fueron llevadas por las relativamente lentas corrientes de fondo y mezclándose con aguas circundantes hasta alcanzar la región donde llevamos a cabo estas mediciones”, grafica.

Y ese pasado, hoy sumergido a más de 4.700 metros, es el que habla en los sensores. “El calentamiento que estamos midiendo acá tuvo lugar hace décadas. Estamos viendo con demora el fenómeno que ocurrió, tiempo atrás, en la superficie de la Antártida”, dice.

 

Mar de datos

Si bien estos resultados obtenidos son consistentes “con estudios previos que habían argumentado que el Agua de Fondo Antártica estaba calentándose, ahora podemos darles la razón. Antes no sabíamos porque no teníamos los datos necesarios”, señala Piola, del Servicio de Hidrografía Naval e investigador del CONICET.

De tener muestras esporádicas, los investigadores pasaron a contar con datos registrados cada sesenta minutos durante diez años. Foto: Gentileza Alberto Piola.

 

Una de las razones de la escasez de información es la dificultad de acceso a las profundidades marinas y su costo. Habitualmente, luego de numerosos trámites y pedidos de financiación, las científicas y científicos logran zarpar para reunir muestras. “Uno va en barco a un lugar, toma registro y cuatro o cinco años después va otro. Esta determinación de los cambios es mucho menos efectiva que la recolección de series de tiempo. Uno podría tomar una muestra en un momento que sea de calentamiento local o de corta duración y llegar a conclusiones incorrectas”, ejemplifica.

Pero aquí, en el fondo del Atlántico, había un mar de datos escondidos. Claro que no lo sabían hasta leer una investigación de la Universidad de Rhode Island, donde detallaban que, entre el instrumental para estudiar las corrientes oceánicas, el sensor de presión requería un termómetro electrónico. “Si bien ese dispositivo era muy preciso para medir la temperatura del agua, nadie lo había usado para ese fin, y ese grupo nos advirtió de esa posibilidad”, relata.

De tener muestras esporádicas, pasaron a contar con datos registrados cada sesenta minutos durante diez años en cuatro profundidades distintas. “Es una densidad de observaciones increíble”, dice sin ocultar su alegría y agrega: “Ahora, con estas mediciones horarias, podemos saber estadísticamente con qué frecuencia debemos medir en estos lugares para determinar tendencias de largo plazo con un alto grado de confianza estadística”.

Este relevamiento no sólo abrió un nuevo horizonte en ese lugar del Atlántico Sur. “Nuestra idea es buscar datos de este tipo de instrumentos que se usan en unos cuantos lugares del mundo. Seguramente, están disponibles en otros sitios del globo”, anticipa.

Mientras quedan por rescatar numerosos tesoros de información guardados en el fondo del mar, por el momento, con datos en la mano, Piola asegura: “Tenemos un fondo del mar que está calentándose lentamente”. ¿Las razones? “Este valor es consistente con los efectos del calentamiento global, pero no podemos hacer la asociación de forma directa porque podría haber otros factores que estén influyendo”, responde.

El planeta es como una nave que lleva a bordo un sistema complejo. “El aumento de contenido de calor del agua contribuye al calentamiento del sistema climático en su conjunto. Más del 90 por ciento del calor absorbido por la Tierra va a los océanos. Estamos comenzando a entender qué ocurre con el incremento de temperatura a gran profundidad oceánica. Recién empezamos a recorrer este camino”, concluye.

 

Al rescate

Cuando el equipo de científicos de Estados Unidos, Brasil y Argentina detectaron las posibilidades del tesoro de registros sumergidos en el Atlántico Sur, fueron al sitio a chequear y calibrar. “Podemos leer los datos por medios acústicos sin usar ningún cable. Se pone el barco arriba del instrumental. El aparato transmite los datos, emitiendo pulsos acústicos que se propagan por el agua, llegan al transductor y en una computadora lo podemos cargar”, resume Piola.

Pero la información completa se puede recoger en un determinado momento. “Los instrumentos están cuatro años en el agua, cuando los sacamos, recuperamos toda la información, le cambiamos la batería, y volvemos a fondearlos”, agrega, sobre el trabajo del grupo que integran, además de Piola, Christopher Meinen, Renellys Pérez, Shenfu Dong del Laboratorio Oceanográfico y Meteorológico Atlántico de la NOAA, Miami, Florida, Estados Unidos, y Edmo Campos del Instituto Oceanográfico de la Universidad de San Pablo, Brasil.

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