jueves, 01 de diciembre de 2022
Medioambiente

El día que cambió el pronóstico

El 15 de noviembre de 2002 comenzaba un experimento inédito para la región. Con globos sondas, pluviómetros y hasta un avión cazahuracanes se pudo medir la corriente de chorro en capas bajas de Sudamérica, responsable de eventos meteorológicos extremos en el norte y centro del país. Cuatro reconocidas investigadoras que participaron de aquella iniciativa explican por qué sus resultados modificaron el paradigma de los pronósticos meteorológicos en el Cono Sur.

Por Pablo Taranto

 

 

 

(Nexcienica) Hoy puede sonar inverosímil, pero dos décadas atrás todavía no estaba del todo claro de dónde provenía el agua de la lluvia que se precipitaba, muchas veces originada a partir de tormentas severas, sobre el norte y centro de la Argentina. De cada 100 milímetros que caían, apenas una quinta parte se explicaba por el agua evaporada en la región. Por fuerza, toda esa humedad extra debía estar siendo transportada desde otro lugar.

El 15 de noviembre de 2002 –se cumplen exactamente veinte años– dio comienzo un vasto experimento, que tuvo a investigadores, docentes y estudiantes de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales como protagonistas centrales, y que por primera vez ofreció una respuesta apropiada a esa incógnita, proponiendo un cambio de paradigma que en los años siguientes modificaría buena parte de la metodología de los pronósticos meteorológicos en el Cono Sur.

El South American Low-level Jet Experiment, mejor conocido como SALLJEX, fue una iniciativa de una envergadura inédita hasta entonces para las ciencias de la atmósfera en la región. Su objetivo era comprender el rol clave en el transporte de aire húmedo a través del continente de la llamada “corriente de chorro en capas bajas” (low-level jet) y evaluar la centralidad de este flujo de viento del norte, que se intensifica en el verano austral, como variable para la elaboración de pronósticos de corto y largo plazo.

Matilde Nicolini y Paola Salio en Santa Cruz de la Sierra, junto a Ed Zipser, responsable de las mediciones del avión «cazatormentas».

Paola Salio, investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA, UBA – CONICET) y profesora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos de Exactas UBA todavía era estudiante cuando escuchó hablar por primera vez de la low-level jet. “Arranca en los alisios, que al ingresar a Sudamérica desde el este chocan con la topografía, no pueden atravesar los Andes y entonces se deflactan hacia el sur –explica–. Y en ese giro, esta corriente de chorro en capas bajas llega hasta el centro de la Argentina, hasta el sur de Córdoba y La Pampa, generando eventos meteorológicos extremos”. En efecto, esas masas de aire cargadas de humedad que entran por el norte desde el Atlántico, se humedecen aún más en la selva amazónica, luego viran hacia el sur y, al llegar a la Argentina, se desaceleran, dando lugar a tormentas muy intensas. “¿Qué le pasaba a ese flujo de aire que bajaba desde el norte? ¿Cuánto vapor de agua transportaba? No podíamos precisarlo porque no había observaciones atmosféricas en la zona. Suponíamos que se aceleraba, que se formaba una corriente en chorro de aire húmedo, un ‘río volador’ como dicen en Brasil, y estimábamos que se hallaba a una altura de unos 1.500 metros, sobre Bolivia. Pero para confirmar esas especulaciones teóricas, había que salir a medir”.

La génesis de SALLJEX obliga a retroceder un par de décadas más, en 1980, cuando nació el Programa Mundial de Investigaciones Climáticas (WCRP, sigla en inglés de World Climate Research Program) en el ámbito de la Organización Meteorológica Mundial y comenzaron los primeros intentos coordinados de avanzar en el monitoreo y pronóstico del tiempo y el clima globales. Un par de eventos devastadores de El Niño pusieron de manifiesto que monitorear un área tan extensa como, por ejemplo, el Océano Pacífico, excedía las capacidades de un solo país. Se creó entonces el programa Climate Variability and Predictability (CLIVAR), se dividió el mundo en regiones y se apuntó a generar paneles científicos que abordaran las problemáticas climáticas de cada continente.

El objetivo de SALLJEX era comprender el rol clave en el transporte de aire húmedo a través del continente de la llamada “corriente de chorro en capas bajas”.

Para Carolina Vera, investigadora del CIMA, profesora del DCAO y vicepresidenta del Grupo de Trabajo I del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, el cambio de paradigma en Sudamérica se inició cuando comenzó a discutirse la existencia de un monzón, “porque hasta ese momento había un solo monzón en el mundo, el de la India”. En 1997, la contactó Roberto Mechoso, un destacado meteorólogo uruguayo de la Universidad de California, a cargo del panel americano. Se abría la puerta para una investigación climatológica a escala regional. “Ahí se me ocurrió lo de VAMOS”, cuenta Carolina. Con ese decidido acrónimo, Variability of the American Monsoon System se convirtió en un panel de CLIVAR. Y entre Carolina y Matilde Nicolini, investigadora del CIMA y hoy profesora emérita de Exactas UBA, terminaron de afinar la propuesta que vertebraría todo el experimento: el estudio de la corriente de chorro en capas bajas de Sudamérica, que VAMOS seleccionó como prioritaria entre varias propuestas presentadas por otros países. “Había muchas hipótesis sobre la low-level jet, un trabajo previo de Juan Carlos Inzunza, de observación en el norte argentino, pero nadie la había medido en forma extendida a lo largo del continente. Dijimos: ¡vamos con eso!”

La propia Nicolini resume la idea de la campaña: “Estaba centrada en aumentar la resolución espacial y temporal de las observaciones de perfiles verticales del viento, temperatura y humedad, y además enriquecer la red de medición de precipitación. Algunos de los que participamos por la Argentina traíamos la experiencia de otras campañas, espacialmente más acotadas, por ejemplo de prevención del granizo en Mendoza, pero nunca habíamos encarado hasta ese momento proyectos internacionales de esta magnitud, enfrentando el compromiso de organizar con recursos humanos y económicos locales muy limitados un desafío semejante en una región geográfica tan extensa, que abarca distintos países”.

El vasto dominio geográfico a cubrir se extendía al norte desde Rio Branco, en Brasil, en el límite con la región este de Perú, continuando hacia el sur a lo largo de Paraguay y el norte y centro de la Argentina hasta Paraná, con epicentro en los llanos del oriente de Bolivia, durante los tres meses de la temporada cálida, en la que son más frecuentes las tormentas intensas.

Carolina Vera en México, en una de las reuniones previas del panel VAMOS, que impulsó el experimento SALLJEX.

 

Los preparativos para la campaña se extendieron durante un lustro, buscando una formulación realista a partir de las fuentes de financiación posibles. Se incorporaron al proyecto meteorólogos de la Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú, Chile y también de los Estados Unidos. Y hubo un momento bisagra: cuando junto con el compromiso de los investigadores latinoamericanos se sumó el interés, en articulación con CLIVAR, del investigador Michael Douglas, que realizaba esfuerzos de medición con la red PACS-SONET, con financiación de  la NOAA (la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera estadounidense). Se liberó así un presupuesto que era inaccesible para los sistemas científicos locales. Ahí empezó a tomar forma SALLJEX: radiosondeos, globos piloto, el avión cazahuracanes, ampliación y validación de precipitación, todo un complejo dispositivo de multiobservación.

“Hay que decir que fue muy difícil cumplir con lo programado –reconoce Nicolini–, dado que los años previos a la campaña coincidieron con la crisis en la Argentina: corralito, final de la convertibilidad, colapso de la economía”. Salio recuerda los muchos problemas logísticos que hubo que resolver en un país que acababa de hundirse en la crisis de 2001: “No importó. Nos pusimos la mochila, seguimos adelante y logramos cosas insólitas, como traer insumos y equipamiento de otros países por valija diplomática porque si no, no los podíamos ingresar”.

En concreto, el experimento tuvo tres componentes. El registro aerológico a través de globos sondas geoposicionados con distintos instrumentos –coordinado por Matilde Nicolini– permitió obtener mediciones de temperatura, humedad, presión atmosférica y viento a partir de su evolución en altura. La observación de precipitaciones –a cargo de Carolina Vera y Olga Penalba– supuso la instalación de un número de pluviómetros sin precedentes en la región. El tercer dispositivo, y el más publicitado, fue el avión “cazahuracanes”, un Lockheed Orion P-3 que entre enero y febrero de 2003 realizó sofisticadas mediciones del jet en capas bajas –monitoreadas por el meteorólogo estadounidense Ed Zipser– en varios vuelos que partían desde Santa Cruz de la Sierra.

Por el lado argentino, las investigadoras, junto a un nutrido grupo de estudiantes avanzados de la carrera, conformaron la masa crítica del trabajo de campo. “La convocatoria y la participación activa de los estudiantes en la campaña fue una experiencia muy innovadora y estimulante, el dejar las aulas para hacer una inmersión observacional en otros ámbitos –describe Nicolini–. En Santa Cruz de la Sierra, un equipo trazaba a diario, en función del pronóstico, el plan de mediciones a realizar en la red de estaciones, y se definían los posibles vuelos con el avión cazatormentas. Creo que este aspecto de la campaña fue uno de los más enriquecedores: la vivencia y el aprendizaje de medir para así confirmar o descartar teorías e hipótesis previas y seguir avanzando en el conocimiento de la atmósfera”.

“Hoy sabemos que hay un monzón en Sudamérica. Y desde hace 20 años, vemos todo desde otra perspectiva”.

El 15 de noviembre de 2002, día inicial del experimento, y muy  lejos de Bolivia, Paola Salio se doctoraba con una tesis sobre el estudio del jet en capas bajas. Viajaría días después. “Fue mi primera experiencia de campo, mi primer networking. Instalé pluviómetros, lanzé globos sondas y volé en el avión. Y antes había entrenado a los observadores en la azotea del Pabellón 2. Ahí comprendí que me encanta medir, experimentar, estar en el campo”.

“La estrella de la campaña fue el avión, claro –agrega Carolina Vera–,  pero en la superficie, lo que se armó fue una enorme red comunitaria de observaciones de lluvia, inédita para la región. Salimos a convencer y a entrenar productores, maestros, gendarmes de todo el continente”.

“Aquella experiencia fue maravillosa –coincide Celeste Saulo, entonces jefa de trabajos prácticos y actual profesora en el DCAO, y desde 2014 directora del Servicio Meteorológico Nacional, además de vicepresidenta de la Organización Meteorológica Mundial–. Yo me formé en Exactas atrás de una computadora, porque siempre me gustaron los modelos, los números. Y en SALLJEX me aventuré a un aspecto de la metodología, los experimentos de campo, que yo no tenía en mi radar. Así que fue todo aprendizaje. Ese acercarme al territorio me abrió la cabeza y me dejó como enseñanza que tan importante como estudiar un problema es ir a las regiones y estar con las comunidades que viven y sienten ese problema. En tu escritorio, seguro, hay un background que tenés y podés capitalizar, pero es irremplazable la experiencia de dialogar con las comunidades, acercarles instrumental, confrontar con sus saberes y con sus dudas. Involucrar en estos procesos a las personas que sufren un fenómeno meteorológico dado, tiene un valor increíble. Hoy todavía hay observadores del Servicio Meteorológico que participaron voluntariamente y guardan en sus oficinas, con mucho cariño, el diploma que firmamos Paola, Matilde y yo, porque fue la primera vez que se sintieron parte de un experimento científico”.

El 15 de febrero, habiendo completado tres meses de campaña, culminó la etapa observacional del SALLJEX. Comenzó luego el análisis, la integración de los resultados. “Y ahí, ¡todas las piezas encajaron! –exclama Carolina–. Hoy sabemos que el 80% de esa humedad viene del Amazonas. Hasta se han hecho estudios isotópicos sobre el agua de lluvia colectada que confirman que el origen es de una fuente continental, de la selva amazónica, y no del Atlántico. O sea, hay un monzón en Sudamérica. Y desde hace 20 años, vemos todo desde otra perspectiva”.

“En términos científicos –resume Nicolini–, SALLJEX permitió avanzar en el conocimiento de la circulación en los niveles bajos de la atmósfera en nuestra región, dimensionar su rol en la generación de tormentas y asimilar todos los datos colectados a la metodología de pronóstico. Con esos resultados, además, se realizaron tesis de grado y de posgrado y publicaciones que continúan hasta el día de hoy”.

El paper que inauguró ese nuevo paradigma se publicó en 2006, en el Bulletin of the American Meteorological Society. Debieron pasar muchos años para que los resultados de aquel experimento se tradujeran en mejores pronósticos que permitieran, con mayor antelación, advertir sobre la ocurrencia de eventos climáticos severos y prevenir así sus consecuencias económicas y humanas. Y falta muchísimo por hacer en ese sentido. Lo que hizo SALLJEX fue plantar la semilla de un conocimiento que se fortalece con cada nueva publicación, y con campañas más ambiciosas desde el punto de vista del instrumental, como el Proyecto RELAMPAGO-CACTI.

“Ese nuevo paradigma mejoró la concepción del pronóstico y claramente hoy ya se transfirió hacia los pronosticadores a través de la formación en las aulas”.

 

Celeste Saulo y Michael Douglas junto a un policía, durante la instalación de la red comunitaria de pluviómetros.

“Ese nuevo paradigma mejoró la concepción del pronóstico y claramente hoy ya se transfirió hacia los pronosticadores a través de nuestras materias, a través de la formación en las aulas –sostiene Salio–, porque los que participamos de SALLJEX hoy estamos dando clases o trabajando en el Servicio Meteorológico”.

“Creo que SALLJEX marcó un punto de inflexión inédito –puntualiza Celeste Saulo–. La participación conjunta de científicos y científicas de todo el continente hizo que los resultados impactaran más rápidamente en los servicios meteorológicos de cada país. Ahora hablamos todos el mismo idioma, y todos nuestros pronosticadores se entrenan según un modelo conceptual que comprende el rol tan importante que tiene la corriente en chorro de capas bajas en los procesos de lluvia en la estación cálida en el sur de Sudamérica”.

“A veinte años de SALLJEX –cierra Nicolini–, el significado que personalmente le atribuyo a ese experimento científico es haberlo vivido como una experiencia de construcción colectiva, algo que es muy importante en estos tiempos”.

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