miércoles, 01 de febrero de 2023
Editoriales

CALBUCO UN VOLCÁN PELIGROSO Y DIFÍCIL DE PREDECIR

“El peligro, cuando no es demasiado peligroso, fascina.”
El amante del volcán – Susan Sontag

Por Ignacio Jawtuschenko

Mientras el cielo se despeja y las cenizas se limpian en las calles y tejados de las ciudades del sur, los vulcanólogos son requeridos casi tanto como los encuestadores en estos tiempos de elecciones y bocas de urna. Es casi una ley de la naturaleza si hay cenizas en el aire, el aumento de precio de los barbijos se vuelve trending topic y los geólogos desfilan por los canales de tv.

En la Argentina hay unos 5 mil graduados en geología. La mayoría de los 2500 geólogos que ejercen la actividad se dedican a asuntos más rentables que los volcanes: un 80% trabaja en la industria del petróleo. La comunidad de especialistas vulcanología, la disciplina que estudia a los volcanes, en nuestro país no supera los 15 o 20 geólogos. Tal vez porque no son muchos los volcanes activos en nuestro territorio, y Pompeya para el imaginario argentino sea un barrio del sur de la ciudad más que la mítica ciudad de la antigua Roma arrasada por el Vesubio.

De los 50 volcanes activos de la cordillera de los Andes, todos ellos están en el límite con Chile o directamente en territorio chileno. Pero claro, de este lado tenemos que lidiar con los efectos de su actividad.

Si nos dejamos llevar por lo que ha dicho en estos días, pareciera que la erupción del Calbuco del miércoles pasado fue una sorpresa que tomó a todos desprevenidos. Nada más alejado de la realidad. Este volcán es bien conocido por los especialistas. Es sabido que se trata de un volcán peligroso, por eso es monitoreado las 24 horas del día, todos los días. Pero difícil de predecir.

Un volcán es como un ser vivo, no en el sentido biológico, claro, pero tiene una dinámica, va evolucionando, no todos tienen la misma personalidad. Y estudiarlos y comprender su temperamento permite ante una emergencia ayudar a resguardar bienes y vidas humanas.

Para saber más, lo llamé a Víctor Ramos geólogo con 50 años de trayectoria, especializado en tectónica e investigador superior del Conicet. “Sabemos mucho del Calbuco, y es bastante imprevisible”.

Me contó que toda la aparatología que usan (sofisticada y de última generación) todavía resulta insuficiente para poder anticipar los movimientos del subsuelo, que son los que producen sus crisis.

Ramos me explicó que el sismógrafo comenzó a ponerse nervioso sólo 15 minutos antes de la erupción, sin que hubiera indicios anteriores. Con la erupción en marcha, en torno al Calbuco se produjeron casi 1500 sismos del orden de 1,4 grados en la escala de Richter, mientras que en todo el año 2014 se registraron solo tres de esa intensidad.

El inclimómetro electrónico que, como su nombre lo indica, mide el ángulo de inclinación de las laderas de la montaña con una precisión no de grados, ni de minutos, sino de segundos, tampoco indicó que el volcán se “inflara” en la dilatación que antecede a la erupción.

Las cámaras que vigilan la cima del volcán no detectaron esas columnas de humo llamadas fumarolas, que son escapes de gases, vapor de agua y anhídrido carbónico, que se aprecian a simple vista, ni el monitoreo de ozono que también se efectúa mediante imágenes de alta resolución advirtió la emanación de dióxido de azufre. Tampoco los equipos de radiancia térmica, indicaron en las horas anteriores variaciones térmicas fuera de lo normal.

De todas maneras la comunidad que lo controla hacía unos cinco años que esperaba que de un momento a otro entrara en crisis. Es que los volcanes tienen ciclos de recurrencias, y el Calbuco se activa cada 30 o 40 años.

Esta vez una nube ardiente de material piroclástico (del griego piros fuego clastos roto), se elevó 17 kilómetros. Fue una columna de roca pulverizada, talco de calcio y sílice, partículas extremadamente finas, distinto al de otras erupciones -por ejemplo la del Puyehue que había expulsado material grueso y que fue la erupción de mayor magnitud en miles de años. Esta ceniza quedó flotando en la atmósfera y los vientos la trasladaron con rumbo noreste provocando trastornos en Bariloche, y Neuquén. El Centro Atómico Bariloche fue el encargado de explica que las cenizas no son tóxicas ni afectan la calidad del agua.

La historia clínica de este loco de los Andes cuenta que en sus crisis eruptivas, -la muy violenta de 1893, 1961 y la última en agosto de 1972- puede tener más de una erupción por año o pulso como lo llaman los vulcanólogos. Eso es totalmente fortuito. Lo saben en Chile donde el Observatorio Volcanológico de Los Andes del Sur http://www.sernageomin.cl/volcanes.php mantiene en rojo el alerta por el nivel de actividad que presenta,

El mayor riesgo es que se produzcan los denominados lahares, un flujo de sedimento y agua proveniente de la fusión de los glaciares de las cumbres, que se moviliza por las laderas destruyendo todo a su paso. Por eso aún permanecen evacuados unas 6 mil personas en esa zona de la región de Los Lagos en Chile.

Pero los volcanes, no solo producen destrucción, miedo y terror. Cumplen una función geológica. Desde hace más de un millón de años caen cenizas en la pampa. Las erupciones en la cordillera han hecho de la pampa la tierra rica que es, porque la ceniza es un fertilizante natural.

Quiero decir, gracias a los volcanes y las cenizas que viajaron más de mil kilómetros, la pampa húmeda es desde hace (nada más que) unos 20 mil años un tipo de suelo fértil. Las cenizas provenientes del volcanismo pleistoceno de la cordillera de los Andes proporcionó gran riqueza en minerales, por ejemplo en potasio. Los especialistas a este suelo lo denominan loess, un manto mezcla de limo y material orgánico con cenizas volcánicas, que cubre la llanura pampeana.

Mucho más acá en el tiempo, sucedieron cosas curiosas. En 1991 tras la erupción del volcán Hudson, hubo quienes llenaron cajón con ceniza y comenzaron a regarlo, al tiempo, la ceniza se convirtió en humus y semanas después germinaban plantas.

Estos días los medios titulan que hay una frecuencia más grande de erupciones, que se viene el mundo abajo y lo cierto es que la actividad volcánica se debe al mismo levantamiento de los Andes que desde hace 20 millones de años (semana más, semana menos) mantiene sin variaciones una misma velocidad.

Tal vez no es noticia, pero la cordillera aún no ha terminado de crecer. Cada año los Andes crecen entre 8 y 9 centímetros. Esto se debe a un movimiento de subducción, es decir, la placa tectónica de Nazca se hunde por debajo de la placa Sudamericana, y la cordillera se eleva. En el subsuelo las rocas se fusionan, ese material caliente asciende hasta la corteza y los volcanes corcovean.

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