martes, 27 de julio de 2021
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Bebé con daños

No es novedad que el consumo materno de alcohol produce retraso fetal y malformaciones. Pero, si se toma de modo continuo y moderado desde antes y poco después de quedar embarazada, ¿se genera alguna alteración en el embrión? Un estudio realizado en animales mostró resultados inquietantes.

Por Cecilia Draghi

 

(Nexciencia) Dos o tres vasos de vino o medio litro de cerveza por día es un consumo de alcohol considerado moderado, pero ¿qué ocurre cuando se toma esta cantidad en las semanas previas y hasta los primeros días del embarazo? Esta es la pregunta que se hizo un equipo de Exactas UBA y la puso a prueba en animales, con resultados que mostraron consecuencias negativas en el desarrollo del embrión y de su reciente placenta en formación, según indicaron en Reproductive BioMedicine.

“El modelo experimental en ratones imita la situación de una mujer que consume alcohol de forma moderada desde antes de la gestación y que continúa durante el primer mes sin saber aún que está embarazada. Esta situación es muy común. Se suele creer que por ser un período tan temprano no afecta o no tiene consecuencias a nivel del desarrollo embrionario fetal”, indica Elisa Cebral, directora del Laboratorio de Reproducción y Fisiología Materno-Embrionaria en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

Placenta y feto de ratón al día 13 de gestación. Foto: Gentileza Elisa Cebral.

 

 

Ella y su equipo, desde hace años, apuntan sus microscopios y estudios moleculares a esta etapa porque había un vacío de información. “Es conocido el famoso síndrome de alcoholismo fetal que tiene una alta prevalencia de tres casos por mil nacimientos, según los países. Se trata de un problema importante porque pueden aparecer alteraciones cognitivas y de comportamiento, retraso del crecimiento, malformaciones congénitas, retardo mental no genético, entre otras. La literatura científica ha descripto en detalle los efectos negativos de la ingesta severa de alcohol durante la gestación, pero no se han abordado las consecuencias a largo plazo, en el feto o en la descendencia, de consumos moderados a leves desde poco antes y sólo hasta el embarazo temprano. Esto es lo que estamos tratando de evaluar”, subraya Cebral, doctora en biología de la UBA.

Momentos iniciales

Hoy como ayer, Ana bebe dos a tres vasos de vino en las comidas. Ya es un hábito, como ocurre en parte de la población. Ella no sabe que en quince días quedará embarazada, ni que seguirá tomando la misma cantidad de alcohol en los primeros días de gestación, porque ignora su nuevo estado.

Para equiparar esta situación en un modelo experimental murino, un número de ratones hembras recibieron diez por ciento de etanol en el agua que toman, quince días antes de quedar preñadas, y diez días después. Mientras tanto, a un grupo de control en iguales circunstancias se lo mantenía abstemio para permitir la comparación. Tras concluir el seguimiento, observaron consecuencias negativas del alcohol en el desarrollo embrionario.

“Nosotros –dice Cebral- demostramos que los embriones de las hembras tratadas son más pequeños que sus controles y presentan alteraciones cardíacas, además de defectos del desarrollo del tubo neural (futuro sistema nervioso)”.

Durante los primeros días de gestación, comienzan a formarse órganos vitales como el sistema nervioso central y corazón. “Ese período es muy susceptible o vulnerable a los efectos de los tóxicos”, precisa. En estos momentos iniciales, tiene lugar también el crecimiento de otro órgano clave: la placenta.

“Su desarrollo es muy temprano, así como lo es el embrión, y por eso también puede sufrir efectos dañinos durante su formación que repercutirán en diferentes patologías placentarias a corto o largo plazo, entre las que se encuentran, en el humano, el síndrome de placenta anormal, la preeclampsia, la insuficiencia y restricción de crecimiento placentario, entre otras”, enumera.

Placenta en foco

En un área crucial de estudio, el equipo (ver recuadro) puso el foco en el modelo experimental con alcohol para el análisis del desarrollo de placentopatías similares a las del humano. Precisamente, su objetivo se centró en la zona de la placenta donde ocurre el intercambio de nutrientes y oxígeno entre la sangre maternal y la fetal. Y allí detectaron una deficiencia en la vascularización, es decir, en los puentes de intercambio que permiten este tránsito de sustancias y moléculas saludables para el desarrollo del embrión. “Asimismo, observamos que está afectado, y también reducido, el área de crecimiento y diferenciación del tejido placentario en este período temprano. Con ello, se ven alteradas las células llamadas trofoblásticas, que llevarán adelante, hasta el nacimiento, el crecimiento y vascularización normal de la placenta madura definitiva”, señala esta investigadora del CONICET.

Y no es un tema menor el desarrollo placentario. Cada vez adquiere mayor importancia por sus efectos a largo plazo. En este sentido, Cebral subraya: “Hoy en día se sabe que el desarrollo normal adecuado de la placenta no sólo sirve para sostener el éxito de la gestación a término, sino también para prevenir una vida saludable postnatal. Numerosas enfermedades en el adulto están relacionadas con alteraciones placentarias o con el desarrollo de la vida intrauterina anormal. Entre las más importantes se encuentran la diabetes, obesidad, defectos del crecimiento, las enfermedades neurológicas y las cardiopatías”.

Tragos al por mayor

Mientras el equipo sigue avanzando en esta área de estudio, no oculta su preocupación por las cifras del alcoholismo. “Aumentó muchísimo en los últimos años. En Latinoamérica, Argentina está en el primer lugar de consumo de alcohol puro, por habitante, entre los adolescentes y adultos inclusive”, señala Cebral, en base a informes de la Organización Mundial de la Salud de 2018 y a diversas encuestas del Ministerio de Salud de la Nación.

Ante este panorama, años atrás ella fue contactada por profesionales del Hospital Fernández que trabajan con el tema del consumo de alcohol en embarazos y adolescentes. “Formamos una red que se llama EPPICA”, señala. Se trata de la sigla de Equipo de Promoción para la Prevención Intersectorial de Consumo de Alcohol, que en su declaración sitúa hacia fines de los años 90, un incremento en el país de una nueva modalidad de consumo entre los jóvenes, de tipo episódica y excesiva, que aumenta el riesgo de coma, convulsiones e insuficiencia renal y de daño estructural y funcional del cerebro. Además de incrementar accidentes viales, violencia en la vía pública y sexo sin protección. “Es una situación muy preocupante”, concluye Cebral.

El equipo

Junto con el equipo de Elisa Cebral en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, trabajan investigadores de la Facultad de Ciencias Veterinaria de la Universidad Nacional de La Plata y del Instituto de Investigaciones Materno Infantil de la Universidad de Chile. En Exactas UBA, el grupo de Cebral está integrado por Gisela Soledad Gualdoni, Martín Ricardo Ventureira, Camila Barril y Patricia Jacobo, mientras que sus colaboradores externos hoy son Cristian Sobarzo Wilder, Alberto Palomino y Claudio Gustavo Barbeito.

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