jueves, 21 de junio de 2018
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Victoria Flexer: “Para federalizar la ciencia se necesita presupuesto”

La Argentina cuenta con una de las principales reservas de litio en salmuera del mundo. Victoria Flexer volvió a la Argentina en 2015, tras 12 años en el exterior, para investigar sobre este componente clave de las baterías que utilizan industrias como la electrónica y la automotriz. Los desafíos que tuvo y tiene que enfrentar para llevar adelante las actividades de un instituto dedicado al litio en la provincia de Jujuy.

Por Vanina Lombardi

 

 

Agencia TSS – El regreso a la Argentina de la investigadora Victoria Flexer, tras 12 años en el exterior, estuvo enmarcado por el boom del litio. Por entonces, en el año 2015, la oportunidad económica que ya representaba la explotación de este mineral altamente demandado para la fabricación de baterías había impulsado la formación del Instituto del Litio en Jujuy, donde ese mineral es considerado un recurso estratégico provincial.

Tras finalizar su doctorado en Ciencias Químicas en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEyN-UBA), Flexer continuó su formación en el CNRS de Burdeos, en el sudoeste de Francia y, posteriormente, en la Universidad de Queensland, en Australia, y en la Universidad de Ghent, en Bélgica. Durante ese recorrido se especializó en bioelectroquímica y en técnicas para utilizar microorganismos como catalizadores sobre superficies de electrodos, con el objetivo de fabricar biosensores y bioceldas de combustible similares a las que se usan en la fabricación de baterías.

“El hilo conductor de mi investigación es reemplazar el uso de materiales catalizadores, como los metales nobles, que son costosos, inespecíficos y escasos, por organismos biológicos como las bacterias, que son abundantes y regenerables”, dice Flexer, a quien le interesaba estudiar la transferencia de electrones desde un microorganismo hacia un electrodo sólido o inorgánico. “Las técnicas son similares pero antes trabajaba con biobaterías y ahora lo hago con baterías inorgánicas, que son de litio”, aclara Flexer, que actualmente tiene a su cargo el Centro de Investigación y Desarrollo en Materiales Avanzados y Almacenamiento de Energía de Jujuy (CIDMEJU), perteneciente a la Universidad Nacional de Jujuy (UNJU), el CONICET y el Gobierno provincial.

¿Esa experiencia fue determinante para que recibiera la propuesta de volver a la Argentina para formar y liderar un centro de investigación?

Sí y no. En realidad, me dijeron que me presentara a la Carrera de Investigador Científico (CIC) del CONICET como lo haría una persona que quiere ir a trabajar a Mar del Plata, Córdoba o Bariloche, pero que indicara que iba a ir a Jujuy, adonde iba a tener distintas opciones como si fuera la directora. Pero, en realidad, soy investigadora del CONICET y punto, con las ventajas y limitaciones que tiene eso.

¿Cuáles son esas ventajas y limitaciones? 

El CONICET tiene cosas muy positivas, como la carrera de investigador, que brinda cierta estabilidad laboral y nos permite tener becarios bajo nuestra dirección para armar un grupo de trabajo. Pero, por otro lado, tiene una estructura jerárquica con reglas bastante estrictas. Por ejemplo, se llama a concurso de director de instituto solo cuando hay un mínimo de investigadores. En un lugar relativamente nuevo como Jujuy no tenemos ese mínimo y por eso no tenemos un director concursado.

Pero ese rol lo está cumpliendo, ¿o no?

Actualmente, el director es Arnaldo Visintín, del Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA), de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), y antes era Vicente Macagno, del Instituto de Investigaciones en Fisicoquímica de Córddoba (INFIQC), que en realidad era el director del Centro de Investigación y Transferencia (CIT) de Jujuy, que abarcaba todas las disciplinas científicas que había en la provincia, desde Humanidades hasta Química, pasando por Geología y Paleontología. Los dos son investigadores senior en esas dependencias y ambos han hecho un trabajo muy valioso, pero no es lo mismo tener los pies en el terreno que manejarlo a distancia. Desde mi perspectiva, uno de los temas que el CONICET tendría que revisar, en los lugares en los que ha tratado de establecer presencia institucional porque no la había, es la necesidad de contar con recursos humanos in situ, y eso incluye a la dirección.

“Uno de los temas que el CONICET tendría que revisar, en los lugares en los que ha tratado de establecer presencia institucional porque no la había, es la necesidad de contar con recursos humanos in situ, y eso incluye a la dirección”, dice Flexer.

 

¿Qué otras limitaciones o dificultades tuvo para desarrollar el centro desde cero?

Valoro muchísimo la idea de federalizar la ciencia tanto del Gobierno anterior como del actual, pero para federalizar la ciencia se necesita presupuesto y ciertos cambios o reglamentos específicos para lugares nuevos, desde que haya un director local hasta que se flexibilicen ciertas normas con respecto a límites de becarios o a cómo se hacen los papeles. No puede ser que nos gastemos una parte no despreciable de nuestro ya magro presupuesto en mandar documentos a Buenos Aires por correo, cuando hay montones de cosas que hoy en día se hacen online.

¿Se agravó esa situación luego del cambio en las políticas de ciencia y tecnología a nivel nacional?

En estos últimos años hubo cambios, pero tampoco vivimos la época de gloria de la administración anterior. Cuando llegué, tenía un subsidio ganado del que no me dejaron ejecutar ni un peso, porque no se estaba ejecutando dinero desde el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Eso fue tres meses antes de las elecciones. Ahora, el impedimento más grande lo vemos en la desaparición de ciertas herramientas para la selección de personal, como las becas prioritarias que había en esta zona y los ingresos a la CIC. Además, en muchas cosas seguimos atados a la estructura del CONICET, como en el caso del número máximo de becarios por investigador, que busca evitar que los becarios se queden en las zonas más pobladas. Pero acá, somos pocos investigadores y, como hay universidad local, hay muchos candidatos a becas doctorales.

¿Imaginaba que las cosas serían así antes de volver?

Hay muchas cosas que no son como yo las esperaba, que tal vez si hubiera estado más tiempo en la Argentina las hubiera sabido, como que un investigador científico y tecnológico debe dedicar una parte muy importante de su tiempo a la burocracia, desde tratar de conseguir subsidios hasta luego tratar de ejecutarlos de manera eficiente, algo que se complica más en una universidad del interior. También me habían dicho que habría más fondos de los que finalmente hubo. Aunque, por otro lado, hay actores que cooperan muchísimo más de lo que hubiera esperado, como la Universidad Nacional de Jujuy, que realmente se ha puesto el proyecto al hombro.

¿Sobre qué temas están trabajando en el instituto?

Tenemos tres ejes de trabajo. Uno es la búsqueda de nuevas técnicas extractivas o de recuperación de litio a partir de salmuera de la Puna. Dentro de ese gran eje, trabajamos en técnicas disruptivas, que cambian radicalmente lo que se está haciendo ahora, y en otras que se podrían considerar como una actualización o mejora de la tecnología actual. El segundo eje busca el agregado de valor al recurso primario de la minería, independientemente de cómo se haya obtenido el carbonato de litio. Ahí, lo más destacado es que tratamos de hacer separación isotópica de litio 6 y 7 con una técnica diferente a la actual. Y el tercer eje es el de las baterías: buscamos procesos electroquímicos que den lugar a mejores baterías, con mayor capacidad o de mayor duración, pero hay que aclarar que no somos una fábrica ni pretendemos serlo.

“La tecnología actual deja abiertas muchas preguntas sobre la sustentabilidad de la minería de litio, pero además es una técnica muy lenta para recuperar la inversión inicial”, sostiene la investigadora.

 

¿Qué tipo de interacción tienen con el sector productivo?

En el año 2014 se nos adjudicó financiamiento a través de un FONARSEC, en un consorcio con dos empresas: Y-TEC y Laring, que es una empresa de síntesis química. Ese proyecto apuntaba a la compra de equipamientos para el nuevo centro y todavía no concluyó, pero ya gastamos todos los fondos. Hoy tenemos una beca que está cofinanciada por Y-TEC, y además estamos trabajando con otras empresas, como la minera local Santa Rita, que está muy interesada en el desarrollo de nuevas técnicas de recuperación de litio, y con DESE Technologies, que es una empresa de telecomunicaciones originaria de Bahía Blanca que hace instalación y distribución de Internet en el noroeste argentino, y que también se interesó en el potencial de las nuevas técnicas de recuperación de litio y están cofinanciando otra beca doctoral.

¿Por qué es tan importante descubrir nuevas técnicas de recuperación de litio?

Las nuevas tecnologías deberían atacar tanto a las preguntas con respecto al cuidado del medio ambiente como al rendimiento y los problemas económicos que tiene la tecnología actual. Porque las inversiones que se necesitan para un proyecto de extracción de litio son relativamente grandes, del orden de los 300 millones de dólares por proyecto, y no dan una ganancia inmediata sino a partir de los cuatro a seis años. Por un lado, la tecnología actual deja abiertas muchas preguntas sobre la sustentabilidad de la minería de litio, pero además es una técnica muy lenta para recuperar la inversión inicial.

¿Qué sectores son los que demandan más litio en la actualidad?

Hay un claro aumento de la demanda, del orden del 9 o 10 por ciento anual, motorizado por las baterías, principalmente para vehículos, aunque también hay una penetración importante de la tecnología portátil en todos los sectores sociales. Además, hay una necesidad potencial de baterías para acumulación de energía para la red eléctrica. Actualmente, la generación que hay de fuentes renovables en la Argentina se inyecta directamente a la red, pero porque es menor al 1% y no es necesario acumularla. Si mañana tuviéramos un 30% de renovables podríamos necesitar cierto tipo de acumulación, y todavía no está claro cuál sería la mejor forma de acumular energía para la red eléctrica, si mediante baterías o con otros métodos.

Si fueran las baterías de litio, la demanda crecería aún más…

Sí, pero tendremos otras opciones. Y si mañana aparece otro tipo de batería mejor que la actual, también se caerá la industria del litio. Entonces, hay que pensar que hoy se está empezando un proyecto productivo que requiere invertir muchos millones de dólares que se van a recuperar en alrededor de seis años. Si en el medio aparecen baterías mejores, es un problema.

“Todavía no está claro cuál sería la mejor forma de acumular energía para la red eléctrica, si mediante baterías o con otros métodos”, dice Flexer.

 

Aún así, ¿el litio representa una oportunidad para la Argentina?

El año pasado, el litio que se destinó a la fabricación de baterías fue de alrededor del 40%. Eso quiere decir que hay un 60% de litio que no fue a parar a baterías, aunque se están haciendo baterías todo el tiempo, y ni Chile ni Bolivia están produciendo más litio en este momento, con lo cual hay potencial y es una oportunidad importantísima para nosotros. De hecho, la está aprovechando Australia, que saca litio de roca, que es muchísimo más caro de extraer. Acá hay muchos proyectos pero es poco lo que se avanza.

Si avanzaran, también habría que evaluar qué derrame tiene la actividad en las comunidades locales, ¿no?

En una provincia con poca población y con tasas de empleo bajas como Jujuy, un proyecto minero en sí mismo, que solo de manera directa emplea a 300 personas en forma permanente, es un cambio importante porque además genera muchos empleos indirectos. Por supuesto que si después tuviéramos aprovechamiento de carbonato de litio en la región o el país, crearía más empleo, pero de poco sirve decir que tengo todo el litio del mundo si no lo estoy tocando, si no me genera trabajo ni ganancia.

¿Cuál es el impacto ambiental de esta actividad?

Hay muchas preguntas abiertas porque es una tecnología muy nueva y se conoce poco del impacto ambiental potencial. Además, la palabra minería no quiere decir nada porque no es lo mismo la minería de oro que la de litio. En principio, la minería del litio tiene las condiciones para que sea mucho más sustentable que la minería de roca como la de oro, plata, zinc o muchísimos otros metales clásicos.

Muchos especialistas advierten que el problema principal es el uso del agua, en una región donde es muy escasa…

Es cierto que se evapora agua y nosotros tratamos de recuperarla, pero hay que dejar en claro que es agua de reservorios terriblemente salados, que no servían para nada y que nadie los estaba usando. El agua que se evapora es lo que llamamos salmuera, que tiene 10 veces más contenido de sal que el mar y no puede ser usada para consumo humano, ni para riego ni para animales. Además, es un agua subterránea que nadie estaba usando. La pregunta es si existe algún impacto secundario por el vaciamiento potencial de esos depósitos. Eso, todavía, hay que estudiarlo.

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