lunes, 16 de julio de 2018
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Uvas criollas: el origen de un vino de calidad y con historia

Investigadores del INTA Mendoza caracterizaron los genes de 28 cultivares de vides autóctonas, algunas promisorias para elaborar vinos de alta calidad. Este resultado permitirá diversificar la oferta varietal y agregar valor mediante la venta diferenciada.

Con la Cordillera de los Andes de fondo y rodeado de viñedos, los especialistas Gustavo Aliquó y Rocío Torres tienen la tarea de custodiar la segunda colección de vid más grande de Sudamérica que el INTA posee en Luján de Cuyo, Mendoza. Allí, se conservan cerca de 700 variedades que fueron recolectadas y son conservadas desde la creación de la Estación Experimental Mendoza. Hay variedades principalmente de vinificación, pero también otras con cualidades para el consumo en fresco o para pasa.

Si bien, la mayoría fueron traídas de Europa, la colección del INTA también alberga variedades de vid criollas que fueron localizadas en distintas regiones dedicadas al cultivo de la vid en la Argentina, desde Jujuy a Mendoza.

El ingeniero agrónomo e investigador del INTA, Jorge Prieto es parte del proyecto que busca hace más de seis años recuperar y valorizar las variedades autóctonas de vid. “En la actualidad, un 33 % de la superficie cultivada con vid en la Argentina corresponde a variedades criollas”, señaló y agregó: “Si bien, el resto se completa con variedades que en su mayoría son francesas, españolas e italianas y responden a la demanda del mercado mundial de vinos, existe un creciente interés por parte de la industria en la elaboración de vinos diferenciados a partir de algunas de estas variedades”.

Las variedades criollas son autóctonas porque se originaron en Sudamérica, como resultado del cruce natural que se dio entre las plantas de vid traídas por los españoles. Esos cruzamientos naturales originaron una semilla genéticamente distinta, es decir, generaron nuevos genotipos. “Las criollas son variedades que crecen desde hace más de 400 años en los viñedos de nuestro país, pero también en otros como Perú o Chile”, expresó Prieto.

Hasta hace algunos años, la única forma de diferenciar una variedad de vid de otra era mediante la observación de las características morfológicas de hojas, ápices, brotes y racimos –ampelografía–. Ahora, la identificación de las variedades puede realizarse mediante métodos moleculares que son más exactos e inequívocos.

Las criollas prometen

Como especialista en viticultura y enología, Prieto junto con investigadores de distintas disciplinas estudian las características enológicas y agronómicas de las variedades autóctonas. Además de identificarlas en forma precisa, pudieron conocer su genealogía, es decir, de dónde vienen. Para estudiarlas de cerca y conservar este germoplasma, implantaron en el campo experimental del INTA Mendoza una colección con 54 variedades criollas.

“Gracias a la herramienta de análisis molecular, que estudia partes especificas del ADN, las pudimos identificar genéticamente, conocer su origen y los posibles progenitores involucrados de 28 variedades criollas diferentes, de las cuales 18 corresponden a genotipos no conocidos y 10 a variedades ya estudiadas”, destacó Prieto y precisó: “Entre las conocidas se encuentran Cereza, Criolla grande, Pedro Giménez y Torrontés riojano”.

“Pero lo interesante es que además de este grupo, existe una gran diversidad, incluso hay algunas que tienen un alto potencial enológico y son poco difundidas”, indicó el especialista del INTA quien apuntó que para la identificación trabajaron con marcadores moleculares validados por la Organización Internacional de la Vid y el Vino (OIV) y por estudios nacionales e internacionales.

Hoy, gracias a esta investigación minuciosa, se sabe que el proceso de formación de las variedades criollas fue más complejo y diverso de lo que se pensaba. Y, si bien algunas se perdieron con los años, se sabe que el árbol genealógico de la mayoría comienza con Moscatel de Alejandría –de origen griego, traída a América por los jesuitas– y la española Listán prieto – traída por los colonizadores españoles y denominada comúnmente Criolla chica–.

El árbol genealógico de la mayoría comienza con Moscatel de Alejandría y Listán prieto.

 

Sin embargo, los investigadores del INTA identificaron otras variedades que también actuaron como progenitores y originaron nuevas plantas. “Moscatel de grano pequeño y Malbec”, ejemplificó Prieto y añadió: “El Malbec es el progenitor de dos variedades criollas, esto nos muestra que el proceso de hibridación continuó hasta después de la llegada de las variedades francesas, a mediados del siglo XIX”.

Además de la identificación y verificación de cada uno de los cultivares analizados, el equipo de investigadores del INTA evaluó las características vitícolas –peso de poda, rendimiento, evolución de la madurez, peso de baya, composición química de la uva– y enológicas –composición química y análisis sensorial de los vinos– mediante la elaboración de vinos a escala piloto.

Por la composición polifenólica, perfil aromático y acidez, los especialistas del INTA comprobaron, por medio del análisis sensorial, que hay muchas de ellas con potencial enológico promisorio, que se sumarían al Torrontés riojano –la única cepa criolla de alta calidad hasta el momento–.

“Con estos resultados esperamos contribuir a diversificar la oferta varietal argentina de vinos mediante el rescate y valorización de variedades criollas con alto potencial enológico”, aseguró Prieto y acentuó: “Así, los viticultores podrán elaborar vinos de alta o media gama y agregar valor mediante la venta diferenciada”.

En el INTA Mendoza se encuentra la segunda colección de vid más grande de Sudamérica.

 

En este sentido, Gabriel Delgado, director Nacional Asistente de Investigación en Ciencias Políticas, Económicas y Sociales del INTA, señaló que históricamente las uvas criollas se consideraron con un bajo potencial enológico y se destinan a la elaboración de vinos de mesa o baja gama.

Sin embargo, Delgado resaltó que “gracias a esta caracterización podremos tener vinos con ADN argentino, es decir, vinos con variedades propias que no existen en otro lugar del mundo y que nos ayudarán a generar valor con nuestra propia genética”.

“La variabilidad biológica es un aspecto central del mejoramiento genético”, puntualizó Delgado quien manifestó que la importancia de su rescate y cuidado radica en la falta de esa variabilidad puede limitar el desarrollo de variedades nuevas que solucionen problemas o aprovechen oportunidades presentes y futuras.

Pudieron identificar genéticamente, conocer el origen y los progenitores de 28 variedades criollas diferentes, de las cuales 18 corresponden a genotipos no conocidos y 10 a variedades ya estudiadas.

 

En busca de la diversidad perdida

Si bien es muy probable que en viñedos y parrales antiguos aún existan variedades desconocidas, también es posible que muchas autóctonas se hayan perdido luego de la implantación de plantas europeas.

En la actualidad, Prieto junto con Gustavo AliquóRocío TorresSantiago SariMartín Fanzone, Elena Palazzo, Jorge Pérez Peña y Simón Tornello continúan recorriendo viñedos antiguos para rescatar más genotipos únicos.

“Para nosotros, la erosión genética que provocó la reconversión de los viñedos implica una pérdida irreparable del patrimonio y diversidad del encepado argentino”, analizó Prieto.

El mantenimiento de la colección de vides tiene entre sus objetivos conservar en buen estado las plantas y evitar pérdidas de individuos únicos. “Protegemos aquellas plantas que, por sus características, pueden ser importantes en el futuro por su resistencia a sequía, salinidad, enfermedades o porque puedan tener alta calidad enológica”, manifestó Prieto.

En el Instituto Nacional para la Investigación Agronómica (INRA) de Francia se encuentra la colección de variedades de vid más grande del mundo. Allí, conservan más de 7.800 accesiones, que son materiales vegetales de vid recolectados de distintos lugares. “Este trabajo de caracterización genética fue confirmado y validado gracias a la articulación que logramos con investigadores del INRA”, afirmó Prieto.

Los primeros resultados de este estudio fueron publicados el año pasado en la Revista Australiana de Investigación en Uva y Vino (Australian Journal of Grape and Wine Research), la edición científica de mayor impacto a escala internacional en temas de viticultura y enología.

Gracias a esta caracterización podremos obtener vinos con variedades propias que no existen en otro lugar del mundo.

 

Premio a la calidad

En línea con la idea de poner en valor el alto potencial enológico de las variedades criollas, los investigadores avanzaron en la vinificación de los ejemplares más promisorios y se presentaron en Vinandino 2018, el primer concurso del Hemisferio Sur creado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura.

Gracias a la calidad de los productos presentados, dos vinos elaborados por los enólogos Santiago Sari y Dolores Pérez en la planta piloto del INTA Mendoza recibieron los máximos galardones: el oro fue para un vino elaborado con la variedad Moscatel rosado y la plata para un blend de variedades criollas –Moscatel Amarillo y Moscatel Blanco–.

“Ambos premios demuestran que es posible elaborar vinos de alta calidad enológica con variedades criollas”, destacó Prieto.

Vinandino es un concurso que se realiza bajo el marco del reglamento internacional de concursos de la Organización Internacional de la Vid y el Vino. Allí, expertos del mundo evalúan los perfiles y virtudes de diferentes productos vitivinícolas.

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