lunes, 30 de marzo de 2020
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“Uno va con su desaparecido a todos lados”

Silvia Ollero estudió Química en la Universidad de Buenos Aires. Entró en el 69, el año del “Cordobazo”, y se recibió poco después del golpe del 76. Vivió a pleno la ebullición de la militancia y sufrió la violencia de la represión. En julio de 1977 la dictadura secuestró a su hermana Inés, estudiante de Biología de Exactas UBA. Esa desaparición marcó la vida de Silvia y su familia para siempre.

Por Gabriel Rocca

 

 

– Vos comenzaste tu carrera con una Universidad ya atravesada por los conflictos sociales que sufría nuestro país. ¿Cómo viviste la llegada a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales?

– Yo hice el ingreso en el 69. Fue el año en que se produjo el “Cordobazo” y todavía estaba muy fresco lo ocurrido en la Universidad en el 66 con “la Noche de los Bastones Largos”. Yo, en ese momento, no militaba en ningún lado, aunque tenía una familia muy politizada. Mi hermana Inés ya militaba en el secundario pero nosotros no lo sabíamos. En esa época, Exactas era muy requerida. Nos recibía gente de civil que eran policías. Yo, a esa altura, no tenía tanta conciencia sobre lo que eso significaba. Era un trato de tipo militar: “Ustedes van para acá”. “Tal comisión va para allá”. El primer shock de realidad que vivo fue cuando ocurrió el Cordobazo. No me lo olvido nunca. Estábamos en una de las aulas del subsuelo del Pabellón 2 y los docentes de Matemática paran la clase y se ponen a hablar del Cordobazo. A mí en ese momento me dio pánico: “¿qué está pasando acá?”. Y, de golpe, se paró un chico y empezó a contar lo que estaba pasando; yo no lo conocía hasta el momento, resultó ser Hernán Nuguer. Él empezó a cursar en Exactas pero el decano (Raúl) Zardini lo echó por revoltoso y, finalmente, lo secuestraron en la ESMA. En mi grupo, que era del Liceo 9, estábamos conmocionadas por todo lo que se estaba viviendo. Otro día, habíamos ido al Bar del Pabellón 1 y un chico también se para en el comedor a hablar del asesinato de Santiago Pampillón. ¡Fue algo impactante! Esas cosas me marcaron en el ingreso. Imaginate que teníamos a Zardini de decano. ¡Ay Dios mío, qué horror! En primer año, a todos los químicos nos vuelven a mandar al edificio de Perú, “para que no nos contaminemos con los comunistas del Pabellón 1”, palabras textuales. En Perú empecé a conocer gente de la Fede (Federación Juvenil Comunista). Uno de ellos me invita a formar parte de la comisión provisoria del CDQ. El CDQ era el Centro de Estudiantes de Química, y yo acepté sin saber bien de qué se trataba. Y así empezamos a meternos cada vez más en política. Hablo en plural porque éramos dos o tres chicas que habíamos sobrevivido al ingreso.

Silvia Ollero. Foto: Exactas UBA.

 

 

– ¿Cómo se fue dando la apertura democrática de 1973?

– Fue una época fascinante. Inolvidable. Yo creo que fue por lo único que terminé la carrera porque no sé si me gustaba tanto lo que estudiaba como todo el hervidero político que había en esos años. Es difícil de transmitir. Aun la gente a la que menos le interesaba la política tenía alguna participación. Ahí en el edificio de Perú tuve docentes que fueron terribles, ¡las cosas que nos decían en las clases! Uno de ellos, Guerrero, era muy español, tipo franquista, repetía: “Quédense tranquilitos, acá hay que estudiar, no se metan en nada”. Era una bajada de línea permanente. Había excepciones, claro. Finalmente, nos volvimos a mudar a Ciudad Universitaria. Tuvimos el lujo de inaugurar los laboratorios del Pabellón 2. Fue una época muy interesante, de mucho estudio, porque los militantes teníamos muy en claro que además de militar teníamos que ser buenos estudiantes. Entonces, mi generación se recibió casi toda, salvo los que abandonaron debido a algunos profesores monstruosos como la doctora Albinati, que era una fascista. Era terrible aprobar esa materia. Un dato interesante es que, en el año 72, en la época de Lanusse, se hizo una marcha multipartidaria contra el hambre. Y en Exactas había un grupo de gente del Centro esperando para ir a la movilización. En un momento, entra un camioncito del Ejército, se para frente a estos pibes y se los lleva detenidos a todos. Esa fue la primera vez que el Ejército entró a reprimir a la Facultad. Ese día se llevaron tanta gente detenida de todos lados que directamente te hacían salir de la comisaría sin interrogarte porque no daban abasto para ficharlos a todos. Había mucha discusión, mucha militancia. Nunca me voy a olvidar lo que vivimos. Con los compañeros podemos dejar de vernos mucho tiempo pero nos tenemos un cariño enorme. Cuando vos compartís tantas cosas, te deja marcado. No te lo olvidás nunca. Fue una etapa hermosa.

– ¿Cuándo empezó a enrarecerse el clima, a aumentar la violencia, a crecer la represión?

– Para mí, la primera señal fue el golpe de Estado en Chile, que causó conmoción en toda la militancia. Nadie pensaba que acá iba a pasar algo semejante pero fue una alerta, una señal que nos advirtió que la cosa venía cada vez peor. Después, la cosa se fue haciendo cada vez más pesada con la pelea de Perón con los Montoneros, el paso a la clandestinidad, la violencia de la Triple A. Con la muerte de Perón todo se agudizó. El nombramiento de (Oscar) Ivanissevich como ministro de Educación y de (Alberto) Ottalagano en la UBA marcó un punto de inflexión. Ahí hubo un período de tomas de la Facultad que fue tremendo, agotador. Y, además, en Ciudad Universitaria a la noche, veíamos pasar autos con las luces prendidas, y nos provocaban mucho temor. Esa época fue atroz. Al final, Ottalagano ordenó el cierre temporal de las facultades. Dos cosas me quedaron grabadas de esa época: Una, que cuando cerraron la Facultad estábamos estudiando con mi amiga Susi Liberman, y pensamos: “¡Qué suerte, vamos a poder descansar un poco! Porque entre la militancia y el estudio no dábamos más. Y la otra, es que, en una de las últimas asambleas, un compañero gritaba: ¡Zardini no va a volver! Dramático. Y volvió, desgraciadamente.

«Cuando publicaban las notas de los exámenes, al lado de nuestros nombres encontrábamos insultos, amenazas, cualquier cosa».

 

– ¿Cómo fue cursar materias en esa época?

– Cuando Ottalagano decidió reabrir la Facultad, pude hacer Química Orgánica B, que era una de las últimas materias que me quedaban. En ese momento, ya nos recibían agentes de policía uniformados. Tenías que entrar con la libreta, donde estaba anotado qué materias cursabas y a qué hora, y mostrársela a la policía. Si no, no te dejaban entrar. En la Facultad no había nadie. Te digo que te daba terror porque era una época muy densa. Más miedo que a la policía le teníamos a la CNU (Concentración Nacionalista Universitaria) que era la derecha peronista. A muchos los conocíamos y, realmente, eran tipos muy pesados. Imaginate, Ciudad Universitaria casi vacía, muy poca gente circulando y, por ejemplo, cuando publicaban las notas de los exámenes, al lado de nuestros nombres encontrábamos insultos, amenazas, cualquier cosa. Y, encima, había vuelto Zardini que era de lo peor que tuvo la UBA. Te daba escalofríos entrar a la Facultad. La librería la manejaba la derecha, el del kiosco era un tipo que vos sabías que era policía. Nosotros hablábamos solamente entre los conocidos. No había asambleas pero, por ahí, estabas en el aula o en un laboratorio y venía alguno y te metía algún volante. No es que la militancia desapareció totalmente. El Centro, por ejemplo, empezó a ser clandestino y, en el 75, se hicieron elecciones también de manera clandestina. Fue un año terrible en la Facultad.

– ¿Te acordás dónde estabas cuando te enteraste del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976?

– Absolutamente. Yo estaba embarazada y como Eduardo -mi marido- laburaba en el campo, me había ido a la casa de mis viejos. Como típica casa de militantes, había papelitos tirados por todos lados y no dábamos abasto para deshacernos de los volantes, panfletos y todo tipo de cosas que nos relacionaran con la militancia. Después me fui a mi departamento a tirar cosas y cosas de Eduardo que recibía y guardaba. Y mi suegra, que no tenía nada que ver con nada, me ayudaba sin decir una palabra. Todo esto sin imaginar la magnitud de lo que se venía. Si bien era algo anunciado, desde el punto de vista militante, nos agarró mal preparados, no estábamos organizados como para resistir una situación tan grave como la que fue.

– Después del golpe, ¿cómo era venir a la Facultad para terminar la carrera?

– En el 76 ya no tenía que cursar porque me quedaban solamente dos finales. Estudiábamos en la casa de Susi, donde el marido era militante montonero y venía con gente que nosotras conocíamos de la Facultad, que ni siquiera sabíamos dónde militaba pero era de imaginarse. Estábamos en el foco del peligro. No sé si fue un error o no, pero tampoco te podés frenar en todo lo que hacés. En ese momento, vos seguías y seguías. Yo bajé un cambio pero por un tema personal más que nada. Porque estaba terminando y me quería recibir. Con Susi nos recibimos el mismo día, en abril del 76. Las dos estábamos embarazadas.

– Debido al peligro que corrías, ¿pensaste, en algún momento, en no ir a la Facultad a dar los exámenes?

– No, por ahí fue un error. Una de ingenua, de tonta o no sé de qué, porque no es que no sabíamos nada. Yo me enteraba de muchas cosas porque Inés, mi hermana, en ese momento estaba en el secretariado de la Fede en Capital y tenía un montón de información. Acá fueron mucho peor que en Chile porque el tema de la desaparición es un concepto que nadie que no lo haya pasado puede hacerse una idea. Nadie. Aunque yo te lo cuente a vos ahora. Es algo distinto, una sensación diferente que, además, queda en el tiempo, no prescribe, es para siempre.

– Después de recibida, ¿seguiste en contacto con la Facultad?

– Después de que me recibí no conozco mucho qué pasó en la Facultad porque pensá que en el 77 secuestran a mi hermana (ver recuadro) y yo me alejo de la política. Nos abocamos a su búsqueda. Al poco tiempo de terminar la carrera empecé a trabajar en la industria y, a la semana de entrar, se la llevan a mi hermana. Y yo decía: “Cómo voy a faltar a una semana de entrar”. Pero te imaginás, puse alguna excusa, no me atreví a decirles una palabra hasta que el caso salió en el diario. Fue uno de los pocos que se publicó en la prensa. Ahí se lo empecé a contar a la gente más cercana y me entero de que uno de los dueños de esa fábrica tenía una hija desaparecida. Después de lo que le pasó a mi hermana mucha gente no quería ni acercarse a mi casa. Parecíamos medio contagiosos. La gente tenía miedo y era razonable.

– ¿En algún momento evaluaron, con tu familia, con tu marido, irse del país?

– No, ni se nos pasaba por la cabeza. Pero no de piolas, quizás de necios. No lo puedo explicar. Tal vez era una negación. Porque yo seguí con una vida de familia paralela, como si no pasara nada, mientras mi papá se cargaba todo el tema de Inés. Lo que hizo mi viejo fue una cosa impresionante. Él llegó a presentar el caso de mi hermana hasta en la OEA. Mi viejo logró encontrar a la gente que viajaba con ella en el colectivo en el momento de la detención y los convenció de que declaren. Era una persona muy especial.

«Vos vas con tu desaparecido a todos lados. Aunque no hables de eso, aunque no vayas a las marchas, es así. Es algo que es de por vida».

– ¿Sufrieron amenazas?

– No, para nada. Pero vos pensá en la vida de mi papá. Él se movió por donde se te pueda ocurrir para encontrar a mi hermana, por eso se enteró tan rápido de que estaba en la ESMA. A los dos días supo que la habían llevado a la comisaría 49. Fue y armó un escándalo. El comisario le decía: “Yo le juro por la vida de mis hijos que nosotros no le tocamos ni un pelo”. Es una historia larguísima. Ya la reviví tantas veces. Es algo terrible porque, vuelvo a decirte, yo hice una vida en paralelo. Tuve una vida normal, tuve hijos, tuve nietos, mis padres se murieron de viejos, los pude cuidar… pero todo en paralelo. Es como se muestra en el El Exilio de Gardel, la película de (Fernando “Pino”) Solanas. En una escena, la gente va caminando con un maniquí en la espalda. Un compañero me decía: “No entiendo que quiere decir con eso”. Es que vos vas con tu desaparecido a todos lados. Aunque no hables de eso, aunque no vayas a las marchas, es así. Es algo que es de por vida. Por eso yo te decía que la figura de la desaparición es atroz.

– Más adelante, ¿volviste a la Facultad?

– Con el regreso de la democracia, cuando se abre el CBC, me presenté para docente. El examen se daba en el Aula Magna. Yo no había vuelto allí desde que me entregaron el diploma a fines del 76. Me acuerdo de que, en ese acto, como había mucha gente exiliada, los diplomas los recibían las familias. Cuando me presento a dar ese examen veo una lista con toda la gente desaparecida de Exactas. No te puedo explicar lo que sentí, no me animaba ni a leerla. Y, después, me encuentro con una compañera, Leonor. Esa piba también había vivido una situación tremenda. Nos sentamos, después de tantos años, nos abrazamos y nos pusimos a llorar adelante de todos. Pero bueno, di el examen, entré como docente en el CBC y me jubilé como docente del CBC.

– Ahora estamos frente a un nuevo aniversario del golpe. Como docente de muchos años, ¿fuiste notando cambios en los estudiantes respecto de estos temas? ¿Hay en la juventud más conciencia que antes?

– Con el tiempo los chicos fueron cambiando. Me acuerdo de que, cuando ocurrió la Semana Santa durante el gobierno de Alfonsín, yo hablé en el aula pensando que iba a recibir una respuesta muy firme y encontré un grupo de gente que no tenía ni idea de qué les estaba hablando, pibes que estaban totalmente en otra cosa. Porque la gente, durante la época de la dictadura, aunque no estuviera metida en ninguna actividad política, estaba muda y eso se lo transmitía a los hijos. Mirá, cuando yo te pasaba mi dirección por teléfono, no dejaba de darme un escalofrío. Es algo que está tan marcado en el cuerpo que ya es parte de uno. Pero todo eso fue cambiando, mucho y para bien.

Inés Ollero

Más información sobre la desaparición de Inés Ollero en:

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