lunes, 29 de mayo de 2017
Editoriales

Saco oro, guardo oro

(Porque en la bóveda de los bancos estará más seguro)

Sergio Elguezabal

 

1-t-g0rCh0c7QK8N-nrlDdbAHace poco una alta ejecutiva de una organización con sede en Buenos Aires se mostró desconcertada ante las discusiones que se suceden por las explotaciones mineras a gran escala que sufre el país desde hace algunas décadas. Que cómo viviríamos sin el oro que necesitan las computadoras, la medicina, o los circuitos de algunos electrodomésticos. Lo dejé pasar porque en los minutos que faltaban necesitaba reforzar otros argumentos ligados al interés central de aquel encuentro. Pero ni bien me libero estoy recabando datos, estableciendo relaciones y escribiéndolo todo.

Atendiendo que es un planteo local pero que también tiene dimensiones regionales y globales, los invito a ver la foto que incluyo junto al texto. Son restos de una explotación en Australia. El hoyo que hicieron para extraer oro es tan grande que podría verse desde el cielo. Tiene una forma oblonga y mide 3,5 kilómetros de largo, 1,5 kilómetros de ancho y 570 metros de profundidad. Está situado al borde de la carretera de Goldfields, en el borde suroriental de Kalgoorlie, y ha sido explotado por la compañía Barrick Gold que tan bien conocemos por las negligencias reiteradas y los derrames de cianuro que ha provocado en la provincia de San Juan.

Lo diré temprano porque si hay una línea que desearía no dejen de leer es la siguiente: el oro que se utiliza para ciencia, tecnología y algunos bienes de uso cotidiano representa el 11% de todo el caudal que se extrae anualmente. Otra parte se usa en joyería y demás bienes suntuarios y lo que queda se vuelve a enterrar en los tesoros de los bancos. La fascinación por el oro debió haber pasado de moda hace unas cuantas décadas. Sin embargo lo que deslumbró a los conquistadores en el Siglo XVI sigue siendo algo precioso para las sociedades actuales. Con la llegada de los avances tecnológicos “el oro en tránsito” creció exponencialmente. Las corporaciones mineras toman mucho más de lo que se necesita, (todo lo que puedan y en el menor tiempo posible) e introducen el mineral en un proceso de compra venta regido por la última cotización en los mercados de Nueva York.

El economista ecuatoriano de FLACSO y quien fuera presidente de la asamblea que elaboró la nueva constitución de Ecuador en 2008, Alberto Acosta, reafirma los datos y en un reportaje radial que le hice hace pocas semanas se mostró terminante: “Extraer oro y volverlo a los subsuelos de los bancos es una perversidad”.

Hace algunos años en Chile pude ver la folletería que Barrick Gold, la multinacional minera dedicada a la extracción de oro más grande del mundo, había hecho llegar a los pobladores del Valle de Huasco. Con ilustraciones y texto aniñados explicaban a esas familias que a través de topadoras “trasladarían” los glaciares para su adecuada protección. El plan proponía “retirarlos” e “instalarlos” fuera del radio de operaciones. Los llevarían bien lejos ya que las voladuras con dinamita en medio de la montaña hacen estallar todo lo que encuentran y esparcen millones de partículas de polvo en varios kilómetros alrededor. Fue en Atacama, sobre la cordillera de Los Andes, y los glaciares que estaban en peligro eran Toro 1, Toro 2 y Esperanza. La subestimación que hicieron de los lugareños no les permitió ver que aquellos conocían más que nadie, inclusive que los ingenieros canadienses de la compañía, el comportamiento de los cuerpos helados. “Por algo están ahí, si los trasladan se derriten obviamente”, me dijo con naturalidad un habitante del Valle. Lo hizo como quien dice ayer amanecí a las seis. Quienes viven en los desiertos andinos saben mejor que nadie que esos glaciares, instalados allí hace miles de años, son ecosistemas delicados. Es el mayor bien que poseen porque componen la gran reserva de agua dulce que garantiza el riego y la alimentación de los ríos. Para ellos no son el obstáculo a vencer, para ellos los glaciares constituyen la fuente de subsistencia.

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El oro se extrae privilegiando un orden financiero absurdo sin tener en cuenta las verdaderas necesidades que tiene la humanidad. La porción minúscula que se encarga de las explotaciones, asociados con los Estados que las propician, dicen dar trabajo a cambio. Es trabajo poco saludable y temporal, los proyectos mineros suelen tener una duración aproximada a la de un cuarto de la vida de un hombre. Por lo tanto las regiones aisladas donde se suceden las explotaciones tienen un crecimiento desmedido durante 20 años y luego decaen hasta llegar al desamparo. Ciudades fantasmas, el paisaje derruido y familias devastadas en busca del sustento, la educación y el desarrollo de sus hijos. El esquema extractivo no garantiza continuidad a los que vienen, es decir nunca es sustentable.

Volvamos una vez más a la fotografía que muestra los restos de la montaña que ha sido decapitada progresivamente en Australia. Se ve claro: donde estaban los picos, ahora el barranco. El corazón de lo que había dentro yace bajo tierra en alguna ciudad como la que está al lado. Así, la mayoría del oro extraído se constituye en un bien simbólico que representa cuán poderoso es quien lo detenta.

Si para eso sirve el oro que desenterramos manipulando millones de litros de agua allí donde es escasa, utilizando petróleo para las maquinarias y cianuro para la separación de metales, movilizando toneladas de piedras y arrasando con los ecosistemas, ocasionando pasivos ambientales impactantes y engendrando conflictividad social, necesitamos ocuparnos ahora y volver a preguntarnos ¿Vale la pena? ¿Queremos hacerlo?

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