viernes, 23 de febrero de 2018
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Ciencia en los medios: Resistencias en la Inquisición

Jaquelin Vassallo, investigadora del Conicet en la Universidad de Córdoba, trabaja sobre los modos en que las mujeres intentaban eludir, negociar o, directamente, sufrían los códigos de comportamiento de aquella época.

Publicado en Página 12. 31/01/2018

Por Pablo Esteban

 

Recuperar la historia de las mujeres que eran consideradas adúlteras, delincuentes y hechiceras en la época colonial, resulta un ejercicio saludable para comprender cómo eran los procesos de negociación y las formas de resistencia que desarrollaban las mujeres. Es útil para conocer cómo actuaba la Inquisición con aquellas acusadas de lo que se suponían delitos y de qué manera, en algunos casos, hasta las mulatas más marginadas desarrollaban vías de escape siempre que se dedicaban a la magia y a las curaciones para vincularse con las elites políticas como medio de ascenso social. En esta oportunidad, Jaqueline Vassallo –investigadora independiente de Conicet en el Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad de la Universidad Nacional de Córdoba– señala que los ejemplos de resistencia no fueron aislados y demuestra que aquellas otras mujeres, las silenciadas (pero no mudas) e invisibilizadas (pero de carne y hueso) también construyeron la historia, incluso, cuando ni siquiera existía Argentina.

–Su tema de investigación son las mujeres y la Inquisición en la época colonial. ¿Cómo era Córdoba en aquel momento?

–La Córdoba colonial transitó diversos momentos históricos. Para comenzar, existen diferencias entre lo que ocurría durante el siglo XVI, cuando recién fue fundada por Jerónimo Luis de Cabrera, y lo que más tarde pasó hacia finales del XVIII (contexto en el que concentra sus esfuerzos). Era una ciudad central que pertenecía a la gobernación de Tucumán y tiempo más tarde al Virreinato del Río de La Plata; estaba en el Camino Real y unificaba el tránsito de Buenos Aires-Cuyo-Chile así como también conectaba Buenos Aires con el Alto Perú. Contaba, además, con un centro religioso clave (se convierte en sede del obispado), una universidad (con una importante cantidad de bibliotecas) y la comisaria de la Inquisición.

–En este marco, ¿cuál era la percepción social que se construía sobre las mujeres?

–Existe un ideal modélico que se comparte en toda la América colonial y en España, y guarda relación con la idea de inferioridad edificada a partir de discursos biológicos (cuentan con menos capacidades para dominar su ambiente) y religiosos (las mujeres emergieron a partir de la costilla de Adán). Desde aquí, se piensa que son seres dominados por sus úteros, sus cuerpos, sus humores y, por lo tanto, necesitan de una tutela masculina, ya sea el padre, el hermano, el marido o bien el cura. Sin embargo, hay que marcar varias distinciones: en la Córdoba colonial no da lo mismo ser una mujer indígena, que una esclava o que una española. Al interior de los grupos se establecen códigos de comportamiento diferentes, goces de derechos de acuerdo a las jerarquías.

–Esto es interesante. También se pueden establecer distinciones en la marginalidad.

–No podemos observar a las mujeres del mismo modo, ni siquiera cuando transitan experiencias similares. Por ejemplo, cuando una mulata libre y una española eran infieles a sus maridos atravesaban jurisdicciones parecidas pero se enfrentaban a castigos muy diferentes. Según los registros documentales, el marido que pertenecía a la elite europea, en general, se dirigía a la justicia ordinaria acusándola de adúltera para conseguir una sentencia judicial y así reparar su honor ofendido; en cambio, en un marco de pobreza, los hombres no se dirigían a la justicia ni a la iglesia porque no concebían que tuvieran un honor que subsanar ante sus pares, ni contaban con bienes para distribuir.

–Es decir, se las visibilizaba y castigaba de un modo diferente de acuerdo al lugar social que ocupaban. ¿Los castigos públicos eran moneda corriente o cómo actuaba la Inquisición?

–Cuando me refiero a las causas judiciales ordinarias (homicidio, adulterio, robo de ganado, etcétera), las sentencias eran ejecutadas en la Plaza Mayor (en la actualidad Plaza San Martín). Ahora bien, como en Córdoba no hubo Tribunal de la Inquisición (sí tuvo una comisaría con su comisario: el sacerdote) aquellas mujeres que cometían alguna herejía o falta de algún tipo eran enviadas a Lima con el expediente para ser procesadas allí. En rigor de verdad se volvía muy complicado, las causas debían ser de envergadura porque las acusadas tenían que costear los gastos de traslado y en general no estaban en condiciones porque previamente tenían los bienes embargados. Por ello, tradicionalmente se implementaban castigos privados como podía ser una temporada de encierro en la cárcel del Cabildo de Córdoba sin sentencia judicial.

–¿En lugar de castigos públicos?

–Bueno, si bien hay registros de castigos públicos y torturas en México, Lima y en Cartagena de Indias, también existieron tantas otras que penalizaban de otros modos sin la necesidad de alcanzar la exposición pública. Había vías de escape para las mujeres, resistencias ante las acusaciones cotidianas y mecanismos de diálogo entre los mismos actores involucrados en los conflictos. Se desarrollaban, entonces, procesos de negociación que a veces diluían las denuncias. No todo era represión.

–En este escenario, ¿cómo influía la presencia de lo divino, lo infernal, lo milagroso y la hechicería en relación al protagonismo que tenía la Iglesia?

–En Córdoba, las mulatas son las que recibieron la mayor cantidad de denuncias por hechicería, ya que en la época colonial las personas se hallaban muy cercanas a las prácticas mágicas y a la religión como estrategia de mitigación de los miedos sociales: cuando se expandía una peste corrían hasta la iglesia para rezar. Mientras por un lado recurrían a las hechiceras para sanar a un familiar, también buscaban a los sacerdotes para que les quiten el diablo del interior de su cuerpo. En el siglo XVIII, las personas que denuncian ante los comisarios un hecho de hechicería no lo hacían por ortodoxia –es decir, porque “según los edictos debían ser juzgadas aquellas personas que hacían hechizos”– sino porque los resultados de la magia, muchas veces, no eran los esperados.

–En su trabajo señala que las mujeres realizaban magia para encontrar objetos perdidos, para curar dolencias y para tener mejor suerte en el amor. ¿Algún ejemplo para compartir?

–Es curioso porque muchas de las mujeres denunciadas aprendieron de los mismos sacerdotes a curar dolencias. En el ámbito de la magia amorosa, hay un caso muy interesante. María López vivía en Córdoba y tenía un amante que no podía mantener relaciones sexuales con su esposa. Entonces, a él se le ocurrió comenzar a sospechar de María y denunció que siempre que culminaban las relaciones sexuales, ella recogía el semen con un pañuelo blanco. En ausencia de María, un día se dirigió a su casa y encontró una estatuilla de su pene hecho en cera, atravesado por hilo rojo y pinchado con agujas. Ante el comisario, tiempo después, ella explicó que se trataba de un objeto que utilizaba para retorcer la lana con la que trabajaba. Para nuestra investigación fue muy importante analizar el vínculo que el hombre hacía con la hechicería, y la asociación de las acciones de su amante con la incapacidad de tener sexo con su esposa y poder procrear.

–¿Qué actos de resistencia cotidiana ofrecían las mujeres ante estas acusaciones por parte de los hombres?

–Depende de las mujeres, sus vínculos y su posición social. Sin embargo, más allá de las limitaciones sociales y la falta de posibilidades jurídicas, también hay que decir que muchas transitaban sus vidas solas, criaban a sus hijos de manera independiente y tenían amantes. En verdad, en muchos casos, eran más libres de lo que tendemos a creer. Hay registros de mujeres que violaban literalmente todas las normas: eran propietarias, administraban sus bienes y se dirigían directamente hacia la justicia del arzobispado en caso de querer la disolución de sus matrimonios.

–¿Cuáles eran las posibilidades de ascenso social?

–Ser hechicera o curandera en tiempos coloniales –siempre y cuando no las procesaran– significaba experimentar buenas posibilidades de ascenso social. Ocupaban lugares de poder siempre que eran requeridas por la elite para sanar a su personal doméstico, para realizar algún hechizo contra sus maridos y para armar brebajes que se ajustaran a los objetivos del caso; y también, por supuesto, porque generaban temores en el resto.

–Su investigación permite advertir las resistencias de las otras mujeres en América Latina.

–Por supuesto, por ello es fundamental estudiar los contextos. En los noventas confié en que era fundamental investigar la historia de las mujeres, pero no solo de aquellas que pertenecían a las elites, sino más bien el desafío era conocer qué había ocurrido con las delincuentes, las adúlteras, las hechiceras. Con la ayuda de categorías como la de “género” logramos desarmar representaciones sociales que provenían de discursos de la época colonial y que en muchos casos continúan actuando y produciendo acciones judiciales.

poesteban@gmail.com

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