sábado, 15 de diciembre de 2018
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Renato Dagnino: “La ciencia que se impulsa en América Latina inhibe la inclusión social”

El especialista brasileño en política científica y estudios sociales de la ciencia y la tecnología habló con TSS sobre la desconexión entre las agendas de investigación y las necesidades sociales de los países de la región. De cara a las próximas elecciones en Brasil, dice que la comunidad científica solo plantea una estrategia defensiva y corporativista.

Por Bruno Massare

 

 

Agencia TSS – Profesor titular del Departamento de Política Científica y Tecnológica de la Universidad de Campinas (UNICAMP), en Brasil, Renato Dagnino es uno de los principales referentes del campo de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, además de un experto en política científica. Formado como ingeniero metalúrgico y doctorado en Economía, Dagnino es un continuador del Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad (PLACTS), iniciado por Oscar Varsavsky, Amílcar Herrera y Jorge Sabato, entre otros.

Frecuente visitante de la Argentina, Dagnino estuvo en Buenos Aires como expositor de las IV Jornadas Internacionales de Estudios sobre Tecnología y Sociedad, que se llevaron a cabo a mediados de septiembre en la UMET y también participó de actividades como la presentación de la revista Ciencia, Tecnología y Política, de la Cátedra Libre de Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Nacional de La Plata.

“Lo que ha pasado en Brasil en los dos últimos años es horrible en términos morales. Hoy Brasil no es un territorio ni un país, ni siquiera una nación. No puede haber cohesión social con semejante nivel de desigualdad”, le dijo a TSS a poco de las elecciones que definirán un nuevo presidente para Brasil. Dagnino es un severo crítico de quienes consideran a la ciencia como algo neutral y en cada una de sus charlas enfatiza la necesidad de articular las agendas de investigación tecnocientíficas con las demandas sociales. En esta entrevista también criticó el rol de la comunidad científica brasileña y explicó por qué considera engañosa la idea de la ciencia como política de estado.

A poco de las elecciones en Brasil, la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC) organizó debates con referentes y candidatos de los principales partidos para debatir sobre la política de ciencia y tecnología, en el marco de un desfinanciamiento y fusión de ese ministerio. ¿Encontró algo nuevo en las propuestas que se discutieron?

No, tienen el mismo discurso eufemista y salvacionista de siempre, la idea de que la ciencia es importante para el desarrollo y por lo tanto hay que evitar discontinuar lo que se venía haciendo. Pero el problema es que el tipo de ciencia que se impulsa en América Latina inhibe la inclusión social y reproduce el modelo hegemónico que la genera. No he visto nada superador en este sentido por parte de la comunidad científica, más bien todo lo contrario. Antes del golpe de Temer, desde algunos sectores, aunque muy pocos, se cuestionaba la agenda de investigación y se hacía una crítica al sistema, sobre todo al hecho de que las políticas públicas no se vinculaban con las de ciencia y tecnología, y viceversa. Ese debate no parece haber sido tomado por quienes hoy discuten estas cosas.

”En Brasil, ya hace dos o tres años que estamos viendo que el discurso de la comunidad científica no está pudiendo convencer a los políticos”, dice Dagnino.

 

¿Las asociaciones científicas no ven la necesidad de cambiar la lógica de investigación?

No, inclusive el discurso se ha puesto más defensivo. Hablan de lo que han conseguido empresas como EMBRAEREMBRAPA, pero que son excepciones en las que un actor con poder económico o político hizo posible ese cambio técnico. El argumento general es que la ciencia y la tecnología harán que la gente viva mejor, que no haya miseria y, entonces, que el país debe invertir en eso. Pero, ¿la comunidad científica es realmente relevante para eso? Si uno pudiera medir el nivel de corporativismo en la comunidad científica seguramente vería que está aumentando y eso es normal: cuando un animal está acorralado responde con lo peor que tiene. En Brasil, ya hace dos o tres años que estamos viendo que el discurso de la comunidad científica no está pudiendo convencer a los políticos de que lo que hacen es importante. Por eso la disminución en los recursos, que no empezó con este Gobierno fascista sino antes, durante la gestión de Dilma Rousseff. El complejo de instituciones de investigación y enseñanza en Brasil es caro de mantener para lo que entrega a cambio. Eso no significa que quienes están en estas instituciones no entiendan la crítica que les hacemos desde sectores como el de la comunidad CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad, o de estudios sociales de la ciencia) de la que formo parte. Pero somos pocos y débiles. En la SBPC me han dicho: “Renato, yo entiendo lo que decís pero no estoy de acuerdo, la ciencia es neutral”. Lo que yo vengo sosteniendo desde hace muchos años es que, si uno mira las agendas de investigación y docencia, no tienen racionalidad, salvo para ciertos sectores económicos y las élites, que han sabido aprovechar algo de eso.

¿Tampoco hay autocrítica sobre el pasado reciente?

No, tampoco, ¿por qué habrían de hacerla? Si creen que la ciencia es neutral… Entonces, hay que impulsarla, porque está la creencia de que la ciencia y la tecnología nos traerán productos y empleos mejores, pero eso es algo muy ingenuo. Es cierto que se han hecho cosas valiosas, como abrir la universidad a los hijos de la clase trabajadora, pero no fue suficiente. En primer lugar, ya es hora de que dejemos de hablar de ciencia y tecnología como cosas separadas, porque lo que hay es una tecnociencia. Pero para algunos intereses no hay nada más conveniente que convencer a la sociedad de que hay un conocimiento que es bueno, neutral, verdadero y universal, que sin ética puede ser usado para el mal. Pero yo no creo en una ciencia neutral ni tampoco la quiero, porque no existe. Quiero una ciencia contaminada, pero de otros valores, de las necesidades de la gente que está marginada, de los movimientos sociales. Yo no pretendo que volvamos a la era de las cavernas, pero reivindico la necesidad de una tecnociencia solidaria, que explote la frontera del conocimiento de otra manera, con el objetivo de incluir a los que están afuera del sistema.

¿Considera que la comunidad científica puede generar cambios por sí sola más allá del proyecto de país en el que se inserta?

Sí que puede y podríamos haber empezado hace mucho tiempo. Discutíamos mucho con Amílcar (Herrera) sobre esto porque hay una idea un poco cómoda que dice que mientras no haya un proyecto de gobierno que acompañe nosotros no podríamos hacer nada, y que hasta podría ser antidemocrático. Pero bueno, la probabilidad de que surja un proyecto de país que demande de manera intensiva ciencia y tecnología no ocurre todo el tiempo. Entonces, ¿nos vamos a quedar esperando? No, tenemos que tener algo y estar preparados. Para eso necesitamos estudiar, formar grupos de gente y hacer ejercicios de prospectiva que permitan identificar demandas cognitivas de la sociedad. No es tan complejo: hay que buscar los nichos de oportunidad en el tejido económico de nuestros países. De lo contrario, vamos a seguir usando el modelo innovacionista que nos llega de los países más desarrollados y lo vamos a trasladar a nuestra realidad sin siquiera criticarlo un poco. “Debemos acostumbrar a las empresas a buscar innovación en las universidades”, nos dicen. Y después nos encontramos con que tenemos una agenda de investigación y docencia totalmente ajena a nuestros problemas productivos. Y del otro lado es lo mismo: en Brasil, de las empresas consideradas innovadoras, solo el 7% tiene relación con una universidad o instituto de investigación. La innovación que hacen es en general por adquisición de tecnología. Esto ya lo decían Herrera, Varsavsky y Sabato. Pero ellos no tenían los datos para corrobarlo y nosotros ahora sí los tenemos. Hemos sido inundados con marcos analítico-conceptuales que no son adecuados para revelar las problemáticas que estamos viviendo en América Latina.

“Lo que yo creo es que el propio concepto de política de estado es engañoso. Las políticas de estado van a ser las del gobierno de turno, por eso la idea no funciona”, sostiene Dagnino.

 

Usted propone que la política científica debe articularse con las demandas de los movimientos sociales. ¿En qué medida es posible hacerlo cuando la lógica del sistema científico es otra?

Buscando que la política científica vaya al encuentro de las necesidades que podría resolver. En Brasil, un ejemplo que suelo mencionar es el de la construcción de viviendas, un programa donde el 97% del financiamiento fue a parar a empresas y consultoras, en un país donde el 54% de las viviendas son hechas por sus propios habitantes. Sin embargo, se reservó solo el 3% para la autoconstrucción. Acá tenemos el problema de que los movimientos sociales tampoco están organizados lo suficiente como para revelar las demanda que tienen. Debemos producir conocimiento para generar bienes y servicios, y para eso tenemos que dominar ese conocimiento, hay que poner el foco ahí. Por eso digo que es necesario que la propia comunidad científica trabaje en la decodificación de las demandas sociales, materiales y cognitivas que podría satisfacer. Ya no alcanza con el planteo nacional-desarrollista en contra de los hegemonía de los países centrales, que planteaba que no debíamos comprar lo que podíamos hacer fronteras adentro. ¿Qué pasa cuando no tenemos una demanda por parte del estado o no hay una empresa nacional que pueda aprovecharlo? Esos planteos se quedaron en el pasado. Por eso digo que al triángulo de Sabato hay que ponerle un cuarto vértice, el de los movimientos sociales, y mirar lo que pasa ahí.

En la Argentina, tras las últimas elecciones presidenciales, el entonces ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, se mantuvo en su cargo con el argumento de que tenía un bien a custodiar y que le aseguraban la continuidad del equipo y la inversión en el área. Más de dos años después, el resultado ha sido una fuerte baja del presupuesto para el organismo y para el sistema de ciencia y tecnología en general, una reducción de los ingresos al CONICET y la eliminación del ministerio, que pasó a ser una secretaría. ¿Hay una visión ingenua en pensar que la continuidad de un funcionario garantiza una política de estado?

Tiene todo el sentido que la comunidad científica quiera preservarse y es muy comprensible entonces que el Gobierno de Macri, presionado por esa comunidad, haya dicho “bueno, el ministro se queda así ustedes no me hinchan las pelotas”. Lo que yo creo es que el propio concepto de política de estado es engañoso. Las políticas de estado van a ser las del gobierno de turno, por eso la idea no funciona. Algunos dicen: “Hace falta tener una política de estado para que la derecha no destruya todo”. Pero, ¿qué es una política de estado en un gobierno capitalista burgués? Como decía Guillermo O’Donnell, el mapa del estado es el mapa de las suturas que la clase dominante fue cosiendo en el tejido social para evitar que se rompiera. Entonces, una política de estado es una política que tiene ese objetivo. En ese concepto hay una trampa y muchos no logran salir de ella.

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