viernes, 22 de septiembre de 2017
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Modelo a seguir

Solitaria, territorial y agresiva, Gymnotus omarorum, conocida popularmente con el nombre de “morena”, es un modelo científico que busca ahondar en los mecanismos de agresión de vertebrados. Machos o hembras de esta especie de peces sudamericanos pueden enfrentarse entre sí, y ganará el de mayores dimensiones físicas. Ana Silva, investigadora de la Universidad de la República, de Montevideo, da detalles de su hallazgo.

Por Cecilia Draghi

 

(Nexciencia) No es cuestión de sexo. Pueden ser machos contra hembras en una contienda, y ganar ellas. Sólo es una cuestión de dimensión corporal. Así ocurre con una especie de peces sudamericanos, Gymnotus omarorum, que sirve de particular modelo para entender la agresión en los vertebrados.  “El tamaño resulta clave en estos animales para resolver sus conflictos”, remarca la profesora Ana Silva, de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, de Montevideo, Uruguay, quien cruzó el Río de la Plata para dar una conferencia plenaria en la Primera Reunión de Biología del Comportamiento del Cono Sur, realizada en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Morena” o “morenita” es como llaman los pescadores a esta especie solitaria, territorial y agresiva aun cuando no sea su época de reproducción. Foto: Gentileza Ana Silva.

 

“Morena” o “morenita” es como llaman los pescadores a esta especie solitaria, territorial y agresiva aun cuando no sea su época de reproducción. Nada por el Paraná y ríos uruguayos. Es eléctrica. Justamente esta característica atrae la atención y la lleva a ser usada como señuelo para atrapar dorados o surubíes.  Los científicos, en cambio, le hallaron un destino muy especial: ser el primer modelo experimental de una clase particular de peces -teleósteos-, para poner a prueba preguntas e hipótesis.  “A través de la observación en el campo de esta especie autóctona silvestre, uno logra tener un modelo experimental singular, con esta propiedad tan particular. Es un golazo”, subraya Silva, de la Unidad Bases Neurales de la Conducta del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable de Montevideo.

¿Cuál es la particularidad que llamó la atención de los investigadores? “El haber podido demostrar -puntualiza- que esa agresión es exclusivamente territorial y no depende de las hormonas circulantes”. Según comenta, todos solemos pensar que la agresividad suele ser más masculina que femenina; por lo tanto, está condicionada por los andrógenos, particularmente por la testosterona. Esto, que es un saber muy general, tiene fundamentos científicos fuertes y vigentes. Por este motivo, este hallazgo es curioso. “Es raro -resalta- cuando uno encuentra una especie en la que tanto machos como hembras defienden territorios. Ni el sexo ni las hormonas influyen sobre quién va a ganar la contienda, sino solamente el tamaño corporal”.

 

Modelo latinoamericano

Silva no oculta su satisfacción por el logro. “Este es un ejemplo de trabajo científico latinoamericano a partir de una especie autóctona ”, valora, quien con este hallazgo continúa avanzando en sus estudios y poniendo a prueba hipótesis. Por ejemplo, ella junto a su equipo, detectó que no le pasa lo mismo a los animales dirigentes en relación con los dirigidos.

Mandar y obedecer generan efectos distintos en la conducta del organismo. En especial, los investigadores pusieron en la mira a unas hormonas -neuropéptidos hipotalámicos- que se producen y  liberan en todo el cuerpo, entre ellos a sectores muy particulares del cerebro. Y, con sorpresa, vieron que los efectos eran diferentes si se trataba de peces dominantes o subordinados. “Esto es muy novedoso y singular en relación a cómo se controla el comportamiento social”, dice.

Este modelo, en sus manos, no deja de abrir nuevas posibilidades y de abonar una tendencia que se registra en las neurociencias. “Estamos pudiendo identificar que no hay una neurona de la agresión. Se trata de una red que adopta configuraciones de actividades diferentes. Ésta, que es una hipótesis sobre la cual venimos trabajando hace varios años, hoy se está pudiendo ver, y demostrar experimentalmente”, enfatiza.

Con futuras pruebas por desarrollar, Silva concluye: “En suma, hemos desarrollado un modelo atractivo, ventajoso y con gran potencial para contribuir a la comprensión de los mecanismos neuroendocrinos de la agresión en vertebrados”.

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