martes, 15 de octubre de 2019
Editoriales

Mentiroso, mentiroso

Insectos que se asemejan a hojas, moscas que simulan ser avispas, culebras inofensivas que se parecen a las serpientes más venenosas, orugas disfrazadas de víboras. La Naturaleza está llena de tramposos profesionales que hacen del arte del engaño su forma de supervivencia.

Por Valeria Edelsztein

Muchos de nosotros sobrevivimos a nuestra adolescencia tratando de mimetizarnos en mayor o menor medida con integrantes de los grupos que llevaban las tendencias de moda o, en caso contrario, camuflándonos con el entorno para pasar lo más desapercibidos posible. Resulta bastante lógico porque a lo largo de millones de años los seres vivos hemos ido evolucionando, adaptándonos al ambiente y desarrollando diferentes estrategias para poder comer sin ser comidos, dejar nuestra cuota de descendencia y poder entrar al boliche de moda con el grupo de los populares. Animales, plantas, grandes, pequeños, rápidos y lentos, cada cual a nuestro estilo hemos desarrollado la habilidad de escondernos frente a potenciales peligros y perfeccionado la manera de huir despavoridos ante nuestros atacantes. Algunos, incluso, han optimizado el arte del disfraz y la imitación como estrategia defensiva para engañar a los depredadores.

¿DÓNDE ESTÁS QUE NO TE VEO?

De paseo por el campo vemos un saltamontes. Entusiasmados lo seguimos saltito a saltito hasta que, de pronto, como por arte de magia desaparece entre el pasto. Algo similar ocurre cuando tratamos de distinguir un insecto palo entre las ramas de un árbol, una mariposa con intrincados dibujos en sus alas de la corteza de los árboles o tantos otros bichos que nadan, corren, saltan y vuelan por ahí. Todos ellos son grandes representantes del camuflaje, arte de pasar desapercibido frente a otros animales confundiéndose con el ambiente.

Muchas veces los animales logran pasar inadvertidos porque su coloración los asemeja a su entorno como la liebre ártica en la nieve y, otras veces, porque tienen ciertos patrones en su pelaje o piel como los tigres. Pero el camuflaje no siempre es visual. Algunas polillas, por ejemplo, emiten ondas ultrasónicas para confundir a los murciélagos cuando intentan localizarlas y los calamares liberan tinta al huir para ocultarse y engañar el olfato de los peces (sí, los peces también huelen).

Esconderse no es la única opción, claro.

HACEME UNOS MIMOS

Marcel Marceau fue el máximo exponente de los mimos, cultores de un arte silencioso. La Naturaleza también los tiene solo que, quizás, algo diferentes a lo que podríamos imaginar.

El mimetismo es una ventaja adaptativa que tienen determinadas plantas o animales para parecerse a individuos de otras especies que habitan en su mismo ambiente y, así, protegerse frente a posibles predadores. No es exactamente igual que el camuflaje porque, en este caso, el individuo intenta asemejarse a otro ser vivo y no a su entorno (que puede ser otro ser vivo, como las plantas, o una roca, entre otras posibilidades).

En el mimetismo siempre tenemos una especie modelo (la que va a ser imitada) que tiene alguna característica que le da cierta ventaja o protección y una especie mimo (la copiona) que no tiene esa característica pero va a conseguirla mimetizándose. Claramente los mimos seríamos nosotros y la especie modelo los que “estaban en la pomada”.

Este maravilloso mundo de los mecanismos adaptativos de defensa es muy vasto e, incluso dentro del mimetismo, hay una gran variedad de estrategias que varían de especie a especie pero ¿quién hubiera pensado que a los seres más tramposos del mundo los encontraríamos en bosques y lagos en lugar de hacerlo en las oficinas de las grandes ciudades?

Compartí esta notaTweet about this on TwitterShare on TumblrShare on Google+Share on FacebookShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someone
  • El Oso Producciones El Oso Producciones
  • C&M Publicidad C&M Publicidad