miércoles, 03 de junio de 2020
Novedades

Más diagnósticos, menos costos

Investigadoras e investigadores argentinos trabajan para lograr una reducción en los recursos que se invierten para detectar el virus causante de la pandemia. Un equipo impulsa la fabricación de un test nacional para reemplazar el kit importado de PCR que se usa en la actualidad. Otro grupo propone reemplazar los testeos individuales por un análisis de muestras agrupadas. Ambas iniciativas recibirán fondos del Estado nacional.

Por Cecilia Draghi

 

 

(Nexciencia) ¿Cómo abaratar en la Argentina los métodos de diagnóstico del virus SARS-CoV-2 que causa la pandemia? ¿De qué modo fabricar los tests con productos mayormente nacionales? Y en caso de emplear los actuales kits importados, ¿cómo optimizar su uso? Estos son algunos de los planteos que buscarán respuesta en dos investigaciones lideradas, en un caso, por Alberto Kornblihtt y, en el otro, por Roberto Etchenique. Ellos y sus equipos acaban de ser elegidos en la Convocatoria Extraordinario IP-COVID-19 de la Agencia de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (Agencia I+D+i), en la que participaron 900 propuestas de todo el país. De ese total, solo 64 obtuvieron el financiamiento que puede alcanzar los cien mil dólares.

Foto: Archivo Exactas UBA.

 

“Ya hemos recibido mails o mensajes de investigadores e investigadoras de otros institutos y lugares que, habiendo ganado o perdido la convocatoria, están dispuestos a intercambiar materiales y a colaborar”, destaca Kornblihtt, desde el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIBYNE, UBA-CONICET), sobre la conciencia científica argentina en tiempos de pandemia. En su caso particular, la iniciativa aborda el diagnóstico de COVID-19 por PCR en tiempo real, escalable y económicamente sustentable.

Uno de los métodos de detección del virus SARS-CoV-2, que causa COVID-19, es la técnica de PCR (por su sigla en inglés, “reacción en cadena de la polimerasa”). “El diagnóstico se basa en aislar el genoma viral, constituido de ARN. Luego, se hace una reacción de retrotranscripción, que es pasar ese ARN a ADN. Tras lo cual, se procede a realizar la PCR, que genera muchas copias de ese ADN, de manera de hacerlo detectable. Es una de las formas más utilizadas por su sensibilidad y porque ofrece datos muy robustos acerca de si alguien tiene o no la enfermedad”, precisa Ezequiel Petrillo, investigador del IFIBYNE y director de uno de los seis grupos que llevarán adelante esta iniciativa.

La propuesta busca diagnosticar, de manera más económica que la usada en la actualidad, la presencia del virus en las muestras. “Básicamente, nosotros proyectamos no usar kits importados, que es lo caro, y que cada vez serán más difíciles de conseguir a medida que la pandemia avance. Nuestra materia prima serían directamente los reactivos necesarios. Y, en lo posible, trataremos de emplear productos de la Argentina, para no depender de elaboraciones de afuera. Es como si habláramos de una sopa instantánea o una hecha en casa a partir de los ingredientes individuales”, compara Petrillo.

Si las investigaciones avanzan según lo planeado, calculan que en un plazo de dos a cuatro meses ya deberían empezar a realizar diagnósticos y comparar sus resultados con los análisis que se llevan adelante en el Instituto Malbrán, a partir de compartir las muestras de los mismos pacientes. “Comenzamos una colaboración con el Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y SIDA (INBIRS). Ellos ya está haciendo diagnóstico. Entonces, ellos hacen su protocolo estándar, y nosotros, el nuestro, sobre la misma muestra, para verificar si funciona igual. Sería -puntualiza Petrillo- una validación de nuestro protocolo de trabajo”.

 

Evitar riesgos de contagio

Como en una montaña rusa de sensaciones, el equipo PCR somete a la muestra a altas y bajas temperaturas para lograr abrir las cadenas de ADN y llegar a reconocer secuencias específicas del virus. “Esto lo hace unas 40 a 45 veces. Y demora unas dos horas”, contabiliza Petrillo, aclarando que la iniciativa en estudio también tarda ese tiempo.

Alberto Kornblihtt. Foto: Archivo Exactas UBA.

 

 

Estas máquinas amplificadoras de pequeños fragmentos genéticos hasta niveles que puedan ser detectados, se encuentran en Ciudad Universitaria y lo mismo ocurre en otros sitios del país. “La mayor concentración está en CABA y el Conurbano, pero la Argentina cuenta con casi 100 equipos en todo el país, según un relevamiento de CONICET sobre institutos propios y asociados”, revela, y enseguida destaca: “Nuestra idea es poner a punto este protocolo y luego compartirlo con el resto de las instituciones para que, de ser necesario, todos nos podamos incorporar al diagnóstico”.

Pero, ¿estos institutos cuentan con el nivel de bioseguridad para que el personal maneje este material sin infectarse en el intento? “Un eje clave de nuestro proyecto es la inactivación del patógeno inmediatamente después de la toma de muestra. Esto -que ya se está llevando a cabo en otros países- permite el transporte de la muestra, su posterior procesamiento y análisis, sin riesgos de contagios, abriendo el juego para que los laboratorios de investigación podamos brindar un servicio en una situación de emergencia. Como decía Alberto (Kornblihtt), gran parte de la comunidad científica desea colaborar”, subraya Petrillo.

En un futuro no tan lejano, Petrillo no descarta que, si este método de diagnóstico resulta efectivo para detectar al SARS-CoV-2, también podría ampliarse a otros virus como “dengue, gripe común, o para cualquier cosa que lleve ADN o ARN en su genoma y que sea un patógeno de humanos”, anticipa.

Además de Kornblihtt y Petrillo, forman parte de la iniciativa Anabella Srebrow, Manuel Muñoz, Manuel de la Mata, Ignacio Schor, Valeria Buggiano, José Clemente, Micaela Godoy Herz, Nicolás Nieto Moreno, José Stigliano, Laureano Bragado, Lucas Servi, Federico Fuchs y Juan C. Muñoz, todos del IFIBYNE; Cybele García, del IQUIBICEN y Nicolás Mencacci, del Serendipia Lab.

 

Menos es más

Roberto Etchenique, profesor de Química Analítica en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigador del CONICET, también utilizará la técnica probada de RT-PCR, pero con una diferencia importante: en lugar de hacer testeos individuales, los hará sobre grupos (pools) de muestras. ¿A qué apunta? “Normalmente, la técnica de RT-PCR se usa para hacer el diagnóstico molecular de COVID-19. Es la técnica buena, no es la de los tests rápidos ni la de los tests serológicos que miden anticuerpos. La RT-PCR mide directamente el virus. Es la de mayor sensibilidad y, lo que es más importante, la de mayor selectividad. No tiene, prácticamente, falsos positivos. Si a uno le da positivo, es que lo es”, subraya Etchenique.

Roberto Etchenique. Foto: neuro.qi.fcen.uba.ar

 

En la actualidad, para chequear si una persona está infectada o no, se le realiza un test. “En un día, un laboratorio trabajando a pleno hace 300 tests, nada más”, subraya. Si se quisiera, por ejemplo, testear a un plantel de 128 médicos de un hospital, recargaría demasiado la agenda.

Entonces, ¿cómo hacer más análisis de modo más económico, que no requieran de tantos kits de testeo y que tampoco consuman gran parte de las posibilidades de atención de un laboratorio? “El método propuesto resuelve este problema agrupando muchas muestras (por eso se llama pool o grupos de PCR)”, indica.

Volviendo al caso de los 128 médicos del hospital, éstos serían divididos, por ejemplo, en dos grupos de 64, o en cuatro grupos de 32. “A cada médico se le hace su hisopado pero, en vez de hacer un test por cada persona, se juntan 64 ó 32, todos en el mismo análisis. Si ese test da negativo, quiere decir que son todos negativos. Pero si da positivo, por lo menos uno de los testeados tiene el virus. Entonces, se puede buscar dentro de ese grupo quién dio positivo. Si se elige el tamaño correcto del grupo -por eso hay muchos matemáticos en el proyecto-, se obtendrá que no más de uno, o a lo sumo dos personas por cada uno de los pools, es positivo. Entonces, con pocos tests tradicionales se puede determinar quién era el positivo”, describe. En otras palabras, en vez de usar 128 tests, se requieren apenas de 6 a 7.

Este proyecto se basa en el conocimiento de que la mayoría de las personas no poseen el virus que causa el COVID-19. “Si se analiza en un testeo masivo a mil personas, posiblemente se encuentren a cinco infectados. Pero se gastaron mil tests que cuestan 20 mil dólares en el caso de los más caros, y unos 6 mil dólares si se usan los más baratos. Con este método, se reduce a 60 ó 120 dólares el costo de materiales para el mismo número de personas”, compara.

Esta técnica que “puede usarse en cualquier laboratorio habilitado”, cuenta con historia. “Los pools se emplearon mucho en el pasado –memora- cuando los elementos de diagnóstico eran más caros, por ejemplo con el virus VIH del SIDA”.

Mientras el equipo prepara un espacio en el Departamento de Química Biológica de Exactas UBA para llevar adelante la investigación, Etchenique adelanta: “Ya combinamos con el Hospital Posadas para obtener muestras anónimas de pacientes positivos y negativos con el objetivo de poner a punto el método”.

Además de Etchenique, son parte de este trabajo: Valeria Levi, Ricardo Gürtler, Min Chih Lin, Adalí Pecci, Nicolás Pregi, Valeria Genoud, Guillermo Solovey, Luciana Rocha Viegas, Juan Domingo González, Martín Díaz, Renée Crisp y Felipe Marceca.

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