miércoles, 13 de diciembre de 2017
Medioambiente

Los frutos del veneno

Un estudio científico efectuado en una importante zona frutícola del Alto Valle, en las provincias de Río Negro y Neuquén, prueba que los plaguicidas que allí se utilizan impactan en los bebés nacidos de madres que, durante el tercer trimestre de su embarazo, residieron en áreas expuestas a la fumigación.

Por Gabriel Stekolschik

 

(Nexciencia) La economía del Alto Valle de las provincias de Río Negro y Neuquén depende, en gran medida, de su producción frutícola. Con la finalidad de evitar las pérdidas de productividad que ocasionan los insectos, esta actividad económica va acompañada por la pulverización de cientos de toneladas anuales de plaguicidas, cuya aplicación se efectúa a lo largo de octubre, noviembre y diciembre.

Vehículo en plena fumigación de un emprendimiento frutícola. Foto: Estudio Modolo/Flickr.

 

“La particularidad que tiene esta región es que las viviendas de las poblaciones rurales están muy próximas a los emprendimientos frutícolas. Además, la época de aplicación de los plaguicidas coincide con la época de mayores vientos”, señala María Gabriela Rovedatti, del Laboratorio de Toxicología de Mezclas Químicas de Exactas UBA, una de las autoras del estudio que acaba de publicarse en la revista científica Environmental Science and Pollution Research.

“Es el primer estudio que analiza la sangre del cordón umbilical de bebés nacidos de mujeres que residen en estas poblaciones rurales, y encontramos alteraciones bioquímicas que indican un impacto de los plaguicidas”, revela Rovedatti.

Las viviendas de las poblaciones rurales están muy próximas a los emprendimientos frutícolas, cuyo límite está marcado por la hilera de álamos que se observan en la foto.

 

Madres sanas

El trabajo científico incluyó a 151 mujeres saludables de entre 16 y 35 años de edad que estaban cursando el tercer trimestre de su embarazo. Para descartar otros factores que pudieran influir en el estudio, se excluyó a las fumadoras, a aquellas que sufrían alguna enfermedad crónica y a las que desarrollaron alguna complicación durante la gestación.

Por la misma razón, las mujeres incluidas en el estudio eran todas del mismo grupo étnico (latinas) y formaban parte de un hogar de ingresos económicos medios. Asimismo, fueron seleccionadas solamente aquellas que parieron un solo bebé, nacido saludable y a término, en un hospital público.

Para el análisis, fueron divididas en tres grupos. Por un lado, aquellas que residen en áreas rurales y que cursaron su tercer trimestre de embarazo durante la época de fumigación. Por otro lado, las residentes rurales cuyo último trimestre de gestación no coincidió con el período de pulverización. Finalmente, el tercer grupo estaba conformado por mujeres que residen en la ciudad de Neuquén y que nunca habían estado expuestas a los plaguicidas.

“El análisis de la sangre del cordón umbilical muestra, en el caso de las residentes rurales, que los glóbulos rojos son más frágiles y que hay mayor daño en el ADN de los linfocitos”, informa Rovedatti.

Según la investigadora, “ya se sabe que este tipo de plaguicidas atraviesan la placenta y llegan al feto. Estos resultados, junto con los de trabajos nuestros anteriores, dan indicios de que esta población está siendo impactada por los plaguicidas por el solo hecho de residir en esas zonas rurales”.

 

Niños en riesgo

Desde hace ya varios años, la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) estudia los efectos de las fumigaciones sobre las poblaciones rurales del Alto Valle. Hasta que se mudó a Buenos Aires, Rovedatti formó parte de esa institución y participó de numerosos talleres educativos sostenidos por la UNCo, que estaban enfocados en informar para la prevención de conductas de riesgo.

“No se puede tener resultados que afectan a una población y no hacer nada con ellos”, acota la investigadora.

La UNCo realiza talleres educativos para ayudar a la población rural a prevenir conductas de riesgo.

 

Para elaborar los contenidos de los talleres, encuestaron a los pobladores rurales: “Encontramos que el 80% de las mujeres no sabía cuál era la época de aplicación de los plaguicidas y que un porcentaje alto comía las frutas directamente del árbol cuando todavía estaban contaminadas”, ilustra.

Por su menor tamaño corporal, para la misma cantidad de plaguicida, los niños tienen mayor riesgo de intoxicarse que los adultos: “La encuesta mostró que, por desconocimiento de los riesgos, durante el tiempo de fumigación las madres dejaban jugar a los chicos afuera y colgaban la ropa de los niños en el exterior. Además, los chicos se bañaban en los canales de riego, que son los desagües de los plaguicidas”.

Además de Rovedatti, el trabajo de investigación lo firman María Quintana, Berta Vera, Gladis Magnarelli y Natalia Guiñazú, todas ellas investigadoras de la UNCo.

“Sabemos que los resultados de nuestras investigaciones pueden afectar intereses que tienen que ver con la producción frutícola y con la comercialización de plaguicidas”, dice Rovedatti. “Pero además de pensar en aumentar la producción, tenemos que cuidar a las personas, sobre todo a los chicos y a las embarazadas que son más vulnerables”, opina.

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