martes, 16 de julio de 2019
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Lo que un eclipse nos permite ver

La llegada de un nuevo ocultamiento solar convocará a millones de curiosos por el espectáculo visual, pero también habrá quienes aprovecharán la oportunidad para conocer aún más sobre la estrella de nuestro sistema solar. En muchas oportunidades la humanidad se ha beneficiado del regalo de la Luna, cuando en un juego entre astros tapa al Sol y nos devela sus secretos por un instante.

Por Lis Tous

 

 

(Nexciencia) El próximo martes 2 de julio, cuando la Luna se interponga entre el Sol y La Tierra, durante unos pocos minutos, se hará de noche en gran parte de nuestro país y así, por un momento, podremos ver algunas estrellas y la tenue atmósfera solar en medio de la oscuridad. El eclipse total de sol podrá apreciarse desde varias provincias argentinas, en San Juan, San Luis, La Rioja, el sur de Córdoba, el sur de Santa Fe y en el norte de Buenos Aires. Por esos lugares la Luna dibujará una franja de totalidad con su sombra, en el resto del país el fenómeno se verá parcialmente.

Los eclipses nos vinculan con nuestra historia: hace siglos que las civilizaciones miran y estudian la ocultación total o parcial de un astro por interposición de otro cuerpo celeste, algo que ahora se predice con mucho tiempo de antelación. Aunque todos los meses la Luna viaja entre La Tierra y el Sol, de vez en cuando pasa exactamente sobre la gran estrella y ocurre el eclipse. Como la Luna es cuatrocientas veces más pequeña que el Sol pero está cuatrocientas veces más cerca de nosotros, cuando pasa delante del Sol parece tener el mismo tamaño y lo cubre totalmente.

Eclipse total de Sol (2017). Foto: (NASA/Rami Daud).

 

 

Hoy, para  astrónomos y físicos solares, los fenómenos de esta naturaleza continúan siendo eventos importantes. La atmósfera del sol, su corona, es una región sumamente activa donde se producen numerosos fenómenos explosivos como erupciones y eyecciones de masa que modificar el comportamiento del campo magnético terrestre y, por ejemplo, pueden afectar el funcionamiento de los satélites que  se utilizan a diario.

“Un eclipse natural como el que se aproxima nos permite realizar mediciones para determinar la temperatura, la densidad y la dinámica de estructuras cercanas a la baja corona, la capa más cercana a la superficie del Sol. No tenemos acceso a este tipo de evaluación con un eclipse artificial como los producidos en el coronógrafo, que es el instrumento que permite estudiar en detalle las estructuras de plasma y campo magnético que rodean al Sol”, explica Cristina Mandrini, investigadora del Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE, UBA-CONICET).

Mandrini observará el eclipse cerca de Tucunuco, un lugar alejado de los centros turísticos de San Juan. Lo hará junto a decenas de científicos de todo el mundo que llegaron a Argentina por el congreso sobre futuras investigaciones de fuentes en meteorología espacial que organiza la investigadora junto a otros colegas del IAFE. En esas coordenadas, la totalidad durará dos minutos y veinticinco segundos.

Laura Morales, investigadora en el Instituto de Física del Plasma (UBA-CONICET) afirma que si bien han avanzado mucho en el estudio y detección “todavía es complicado observar qué sucede en el borde de la corona solar. Suponemos que allí hay información relevante que nos va a permitir completar el cuadro de cómo se organiza el campo magnético en la atmósfera del Sol y cómo se producen las erupciones, entre otros fenómenos”.

“Este eclipse servirá concretamente para obtener mediciones del espectro infrarrojo de la base de la corona solar. Con los datos obtenidos se evaluará la robustez de la metodología de medición. Además, los datos se combinarán con los del espectro ultravioleta extremo de la corona solar y con ellos se podrá tener una caracterización más precisa de la de la atmósfera solar a partir de la cuál los físicos solares podremos desarrollar nuevos y mejores pronósticos de la actividad solar”, enfatiza Morales.

 

De como los eclipses resultaron determinantes en la historia de la ciencia

A comienzos del siglo XX pudo explicarse un fenómeno cuyo misterio acarreaba un siglo: el extraño orbitar de Mercurio. Los astrónomos observaban que el comportamiento en la órbita del planeta no coincidía con lo predicho por la teoría newtoniana de la gravitación: el punto más cercano al Sol de la órbita de Mercurio rota, es decir, su pericentro varía con el tiempo. Durante los años que duró el misterio se utilizaron los eclipses solares para buscar un planeta hipotético entre Mercurio y el Sol que pudiera justificar el peculiar movimiento. Incluso se le puso nombre: Vulcano.

Por mucho tiempo, la existencia de Vulcano era tomada en serio por la comunidad científica. Hubo quienes afirmaban haberlo visto con sus telescopios. El primero de ellos fue el aficionado Edmond Lescarbault, quien recibió importantes reconocimientos por un descubrimiento que, como se supo luego, no fue tal. Más tarde, astrónomos reconocidos, como James Craig Watson y Lewis Swift, afirmaron haber visto al planeta ficticio durante la observación del eclipse total del 29 de julio de 1878. Poco después, se comprobaría que se había errado en las coordenadas celestes y se habían confundido estrellas ya conocidas con el avistamiento del planeta.

Hoy sabemos que Vulcano no existe y que la órbita de Mercurio se entiende bien gracias a la Teoría de la Relatividad General. Justamente, esta teoría predijo otro fenómeno que también pudo comprobarse mediante la observación de un eclipse: cómo el campo gravitatorio del Sol desviaba la luz proveniente de estrellas lejanas. Durante los 6 minutos y 51 segundos que duró el eclipse del 29 de mayo de 1919, desde la Isla de Príncipe en África y, simultáneamente, desde las costas brasileras de Sobral, dos expediciones de astrónomos europeos tomaron las fotografías que permitieron asegurar que la luz pesa.

El descubrimiento del helio, el segundo elemento más abundante del universo, está también asociado a un eclipse total de sol, el observado desde la India en 1868. Cuando Pierre Janssen y Norman Lockyer analizaron las líneas espectrales de la luz del Sol descubrieron la huella de un elemento químico desconocido hasta ese momento, el helio.

Los astrónomos calculan que es posible ver un eclipse total de sol desde el mismo punto de La Tierra cada doscientos o trescientos años. La extensión territorial de Argentina nos hará disfrutar de otro ocultamiento en diciembre de 2020, pero el siguiente nos hará esperar hasta el año 2048.

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