jueves, 15 de noviembre de 2018
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La Reforma Universitaria: cien años de tensiones y paradojas

Investigadores del CONICET y la UNLP analizan el derrotero histórico de los principios emanados de los acontecimientos de 1918 y la situación actual de las universidades.

Por Marcelo Gisande
El 15 de junio es la fecha simbólica en la que se recuerdan los acontecimientos que tuvieron lugar entre marzo y octubre de 1918 y que la historia los sintetizó en un título: la Reforma Universitaria. Estudiantes de las universidades nacionales argentinas -con epicentro en la de Córdoba- pusieron en crisis los principios que regían a la educación superior nacional en temas tales como el acceso a la formación, la participación estudiantil en los órganos de gobierno institucional, la calidad académica y científica, y la relación de las casas de estudio y la sociedad.

“Fue un acontecimiento de gran impacto a nivel latinoamericano, con antecedentes en algunas reuniones estudiantiles que tuvieron lugar a principios del siglo XX en Buenos Aires, Montevideo y Lima, y que se discontinuaron con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial”, describe Laura Rodríguez, investigadora independiente del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS, CONICET-UNLP) y especializada en la historia de la educación argentina. “La diferencia entre la experiencia de 1918 y sus referencias previas es que los alumnos cordobeses interpelaron también a otros actores que en aquellas no habían estado presentes y en este caso sí iban a tener una participación activa apoyando la lucha: los trabajadores, la clase obrera”, agrega.

Según la especialista, las demandas del movimiento reformista se basaron fundamentalmente sobre cuatro ejes: la participación estudiantil en los órganos de gobierno; una mayor vinculación con la sociedad a partir de lo que hoy se conoce como la extensión universitaria; mejoras en la calidad del cuerpo de profesores mediante el diseño de la carrera académica docente; y la impresión de un rasgo más científico y menos profesionalista a las universidades. “Claro que esos objetivos se fueron dando por etapas. La agenda de 1918 tardó mucho en cristalizarse conforme a las características de la universidad tal como la conocemos hoy”, subraya.

 

Tensiones y paradojas. Una, dos, tres reformas

“La de la Reforma es una historia atravesada por tensiones y paradojas” apunta Antonio Camou, vicedirector del IdIHCS, y puntualiza: “En primer lugar, el nombre sobre el que se construyó el relato es singular cuando en realidad es bastante plural. Podemos hablar de una, dos o tres reformas. Una es la más extendida, la visión en bloque, aunque gracias a excelentes trabajos que abordaron aquellos hechos también podemos ver que hacia el interior del movimiento había matices, diversos proyectos en pugna. Hay otra que está presente en el imaginario de diversos sectores políticos que construyen cuáles fueron para ellos los principios reformistas y, en tercer lugar, hay una cristalizada en los formatos de gobierno, los dispositivos de participación y las estructuras de representación de las universidades nacionales”.

Esa multiplicidad de reformas a la que refiere Camou obedece a que “desde sus orígenes, el movimiento no tuvo un programa único. Era más bien un plan difuso. Y eso colaboró para que a lo largo del tiempo haya podido interpelar a distintos sectores en diferentes momentos históricos”. En ese sentido, destaca que no hay hoy un grupo o partido político que pueda atribuirse de manera absoluta la continuidad de la Reforma: “Claro que hay afinidades efectivas en la tradición del socialismo o el radicalismo, pero además existen vínculos estrechos con grupos progresistas o independientes que se vieron representados sin estar encuadrados en ninguna estructura partidaria. Pero también hubo tensiones, porque hubo grupos católicos nacionalistas que se manifestaron en contra”.

Una de las paradojas que subraya el experto está relacionada con el primer momento histórico en el que los grandes principios de la Reforma se plasmaron plenamente a nivel institucional. “Fue con una dictadura. La de la autodenominada Revolución Libertadora de 1955, que mediante el decreto 6403 buscó ganarse a la comunidad universitaria. Eso desorientó a los grupos nacionalistas que comenzaron a organizarse para que se incluyera un artículo que habilitara la creación de universidades privadas”, resalta Rodríguez, y añade: “Lo consiguieron, y ya en tiempos de Arturo Frondizi cuando surgieron las primeras fueron ellos los profesores, aun manteniendo sus cargos en las públicas. Con los sucesivos cambios políticos varió su incidencia: la presidencia de Héctor Cámpora en 1973 los desplazó de las casas de estudio del Estado, y volvieron con mucha fuerza con el golpe cívico-militar de 1976 para ser activos protagonistas de la persecución de docentes y estudiantes opositores”.

 

Mitología de la Reforma

“Hay un relato consagrado que suelen repetir los estudiantes de hoy, una especie de mitología de la Reforma. Se dice erróneamente que es gracias a los acontecimientos de 1918 que actualmente tenemos la gratuidad y el ingreso irrestricto. Es una confusión histórica muy llamativa, porque en realidad los reformistas de aquellos años fueron reacios a liberar el acceso y a quitar los aranceles, y no había consenso en la comunidad universitaria sobre esas dos cuestiones”, destaca la investigadora. En efecto, esos puntos fueron objeto de legislación bajo la primera presidencia de Juan Domingo Perón, quien en 1949 dictó la Ley de la Gratuidad de la Enseñanza y cuatro años más tarde eliminó los exámenes de ingreso.

“Esas dos fechas fueron pilares que aún hoy son distintivos de las universidades argentinas respecto de otras de nuestro continente y el resto del mundo y, paradójicamente, casi no fueron ni son reivindicadas. En 2014 se declaró al 22 de noviembre como el Día de la Gratuidad de la Enseñanza Universitaria y recién allí fueron celebradas como merecían”, dice.

 

La Reforma hoy

Los especialistas coinciden en que de los cuatro ejes principales postulados en 1918 el que refiere a la participación estudiantil en el cogobierno es el que hoy goza de mejor salud. “Los otros aspectos, es decir la extensión universitaria; la jerarquización docente y la investigación están limitados por las condiciones presupuestarias”, comenta Rodríguez.

Por otra parte, Camou apunta que “lo que tenemos ahora es una nueva cartografía institucional en la que algunas tensiones se agudizaron y complejizaron. Por un lado, la creación de las más recientes universidades nacionales hizo que estemos lejos de decir que existe un único modelo de gobernabilidad reformista, porque al interior de ese amplio paradigma hay especies de lo más diversas. Y por otro, están las viejas y nuevas amenazas a la autonomía”.

“Históricamente lo dispositivos institucionales de la Reforma fueron pensados con relación a las amenazas que podían venir desde el gobierno de turno o, sobre todo a partir de los ’90, de parte del mercado. Pero la presencia de los partidos políticos en la vida universitaria también se configuró como un tipo de amenaza ‘desde adentro’, ya que sus lógicas en algunos casos colisionan fuertemente con ciertas cuestiones vinculadas a la exigencia científica. Más allá de todo esto, el debate respecto de la autonomía universitaria quedó saldado en gran medida con la Ley de Educación Superior”, cierra.

 

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