jueves, 18 de abril de 2019
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La historia reciente: un campo performático y experimental para los sujetos

La investigadora del CONICET Florencia Levín cuenta cómo es dedicarse a una disciplina que se ocupa de hechos muy cercanos en el tiempo.

Por Cintia Kemelmajer

 

 

Cuando Florencia Levín se recibió de historiadora, mucho antes de convertirse en investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el campo disciplinar al que se iba a dedicar –la “historia reciente”- todavía no existía. Ella se formó bajo la idea de que un historiador va al pasado para analizarlo y dar su versión erudita de los hechos, pero esa condición no la representaba en absoluto al tratarse de “pasados que no terminan de pasar”. Cuando comenzó su carrera doctoral, prácticamente no existían referencias en artículos ni jornadas a la historia reciente. Pero en muy pocos años vio cómo esa experticia crecía exponencialmente y se expandía en congresos y jornadas. “Nuestra generación quiso convertir eso que todavía late y está vivo en un objeto de estudio –dice-. Fuimos las primeras camadas de egresados que nos formamos en la universidad pública en la posdictadura y empezamos a pensar la historia reciente como un campo académico. Suena hasta en una contradicción en sí misma, historia reciente, y lo es”.

La primera paradoja que encierra esta disciplina es la falta de consenso en relación la especificidad que la define: si es el carácter abierto o “traumático” del pasado reciente, o si se trata más tradicionalmente de un período cronológico definido por el ciclo de violencia y represión que concluyó en el terrorismo de Estado y cuyo inicio tiende a ubicarse a partir del Cordobazo de 1969. Ahora bien: al ser sucesos tan cercanos en el tiempo, todavía existe memoria viva de esos hechos. Y eso, que podría ser anecdótico, para los historiadores recientes es un problema: la disciplina los obliga a imponer una distancia entre la historia y la memoria. Aunque el historiador sea protagonista o tenga una relación filial directa y experiencial con ese pasado. “Nos toca hacer historia de un pasado del cual guardamos recuerdos personales y familiares de primera mano”, advierte Levín.

Otra cuestión paradójica dentro de la historia reciente se configura alrededor de quiénes son los sujetos de su historia. “El historiador suele toma la palabra por otro que ya no está y no habla, y de ahí radica su poder y legitimidad como experto: de poder decir. Pero en el caso de la historia reciente, muchos de los sujetos de su historia no están vivos ni muertos, sino desaparecidos. Como no son muertos, su identidad pasa a ser mítica. Son gente que quedó mitificada en la imposibilidad de suturar la propia experiencia histórica y de completarla con la muerte, que es lo que termina de otorgar sentido a la vida”, explica la investigadora.

A pesar de todos esos puntos incómodos para el campo, la historia reciente pudo hacer pie y crecer hasta convertirse, hoy, en toda una experticia dentro de la historia. “No es que nuestra generación fuera tan genial –asegura la historiadora-, sino que había una vacancia, una necesidad”.

 

El devenir de la historia

Hija de padres exiliados, la infancia de Levín, durante los años 70, transcurrió en Venezuela. Con la apertura democrática, regresó con su familia a Argentina y comenzó a estudiar Historia, “aunque no sabía ni por qué la estudiaba”. Cuando terminó sus estudios, se anotó en Psicología. “Leer a Freud y a Lacan me cambió la cabeza”, dice. Avanzó en aquella carrera, hasta que ganó una beca UBACYT para estudiar a los jóvenes durante la dictadura. “Mientras escribía el proyecto para esa beca, me di cuenta de que en realidad lo que quería ver era qué les había pasado a otros mientras yo no había estado en el país”, admite. “A todos los que hacemos historia reciente nos impulsa eso en primer lugar. Es una latencia, más que una decisión. Pero más allá de eso, me di cuenta de que yo había construido ese proyecto de investigación teniendo la respuesta antes de empezar: pensando que todos esos jóvenes eran unos `pobrecitos`, que todo había sido `terrible`. No podía perforar el propio sentido común para ver realmente qué había pasado`”. Levín, finalmente, abandonó ese tema de investigación y se abocó al estudio de los discursos sociales, pero ese abandono forjaría las bases de su propio camino como historiadora.

Fue así que se embarcó en la escritura de su tesis doctoral. O mejor dicho, el tema de la tesis se le apareció en el devenir de su trabajo de campo, sin que lo buscara. Quiso investigar sobre imaginarios sociales –“quería entender qué era ese objeto de investigación tan abstracto que suelen proponer algunos historiadores”-, y comenzó a bucear en los discursos políticos y en la prensa de 1973. Al hojear los diarios Clarín, comenzaron a llamarle la atención los chistes que acompañaban las ediciones de la época. “Fue un verdadero hallazgo”, comenta. “Empecé a encontrar chistes con picana eléctrica, con desaparecidos, detenciones clandestinas, y eso me empezó a hacer mucho ruido en función de mis propios presupuestos. No me encontré con esas imágenes tan maniqueas que sustentan las memorias. Porque hay una memoria colectiva que se asienta en que todo lo que pasó estaba oculto, que nadie sabía nada hasta que se destapó la olla, pero no fue así. Siempre estuvo presente”.

Para elaborar su tesis, además del trabajo de recolección empírico –rotuló quince mil chistes publicados en Clarín entre 1973 y 1983- tuvo que adentrarse en universos disciplinares ajenos a la historia reciente, como los estudios culturales, la semiología y la teoría de la risa y del lenguaje. Presentó su tesis sobre humor gráfico y dictadura en 2011, y en 2013 lo transformó en un libro de divulgación científica llamado Humor político en tiempos de represión (Siglo Veintiuno Editores). “Lo más interesante del trabajo fue que en los chistes no encontré ese silencio aterrador que todos hubiéramos pensado. Encontré que siempre existieron formas de procesar o de decir o de ocultar, y que todo lo oculto se ocultaba en lo dicho”.

 

La experiencia de la memoria

Al terminar su tesis entendió que quería dedicarse de lleno a la memoria viva, a hacer historia de un pasado abierto, sin querer corregirlo o nivelarlo. “La historia parte de una tradición ya heredada, sabe hacer con el silencio de otro que ya está muerto. Pero nosotros, los historiadores de lo reciente, no tenemos tradición ni muertos. Tenemos vivos o no muertos. Y, además, nosotros mismos formamos parte de eso. Eso nos obliga a un tipo de práctica historiográfica que es muy distinta de la historiografía tradicional en su concepción y también en sus resultados. Lo que podemos hacer, dadas las circunstancias de que nos dedicamos al pasado vivo, es producir la distancia entre esos sentidos tan cercanos y los nuestros, más que hacer que el pasado esté muerto, y matarlo, o producir sentidos cerrados. Si hacemos como que está muerto nos damos contra la pared, porque esa historia está tan viva como nosotros. La posibilidad de esa distancia es la que nos permite la promesa de desalienación que la historia siempre brindó como tal. Que el sujeto pueda ser contemporáneo a su propio tiempo. En este sentido, yo pienso la historia como algo más performático y experimental. Como algo que atraviesa desde la practica a los sujetos”.

Ese carácter performático de la historia reciente lo experimenta con sus alumnos. Levín da clases en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) desde 2006, cuya población es especialmente particular, ya que se ubica geográficamente cerca de Campo de Mayo: allí se encuentra una de las guarniciones militares más grandes del país. Por eso mismo, los alumnos tienen una tradición política y familiar muy diversa. Algunos estudiantes están vinculados con las jerarquías más bajas del estamento militar, mientras que otros provienen de familias obreras y trabajadoras, en algunos casos, con trayectorias de militancia política o sindical. Con ellos, Levín pone en práctica ejercicios para que se construyan sus propias memorias sobre los sucesos históricos.

La propuesta es desnaturalizar e historizar a partir de sus puntos de vista espontáneos. Que logren inscribir sus historias personales en el marco más amplio de la genealogía histórica de la democracia. “Descubrí que en ellos sobrevuelan muchas cuestiones no dichas, vinculadas con miedos, fantasías, suspicacias que trascienden la literalidad de lo dicho. Con cuentas no saldadas con la tradición heredada. Aparecen preguntas y conversaciones con padres, abuelas, tíos, recuentos de peleas y rupturas, que se transforman en la materia prima de trabajo por excelencia. Estamos acostumbrados a que el pasado nos venga desde otro, sea un padre, un docente, o un periodista, pero lo interesante es que cada sujeto, en este caso los estudiantes, tengan las herramientas necesarias para que puedan autoinscribirse en su genealogía y a que la historia sea considerada como un derecho: todos somos sujetos históricos y tenemos derecho a conocer y a contarnos nuestras historias, a romper, reencontrarnos y reformular, a inscribirlas en primera persona en el marco de otras historias distintas pero inextricablemente articuladas con la propia”, señala Levín.

Ahora, su recorrido académico continúa en la indagación y la escritura de teoría y filosofía de la historia, y en problematizar la noción de la temporalidad, el problema del trauma desde la historia y la contemporaneidad. Está por publicar un libro colectivo sobre la violencia en la historia reciente, y planea otro sobre los modos de semantizar la violencia en la prensa, que sería algo así como una continuación del trabajo que hizo en su tesis alrededor del humor gráfico y la prensa gráfica.

En cierto sentido, como historiadora reciente, Levín siente que su propia historia personal la estimuló y le ayudó a colocarse en el lugar apropiado para su campo. “Creo que ser exiliada me facilitó mi lugar como historiadora de lo reciente”, reflexiona. “Se supone que el historiador es ajeno a los hechos, y lo cierto es que en los procesos que yo viví como persona siempre estuve en ese lugar de pertenencia y de ajenidad a la vez. Pensar mis procesos vitales, de alguna manera, me permitió y me permite comprender algunos aspectos del derrotero de la sociedad en general, y pensar de la sociedad como tal me permite también pensarme en ese lugar, interno y externo, ajeno y propio con respecto a ella. Por eso, yo creo en el derecho a ejercer la soberanía sobre nuestra propia subjetividad. Pienso que todos deberíamos convertirnos en historiadores de nuestras propias vidas, y poder elegir qué hacer con ese pasado en función de un futuro que nos pertenezca”.

 

 

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