lunes, 21 de agosto de 2017
Medioambiente

La estrategia del caracol

En el grupo de investigación que dirige Gisela Kristoff realizan estudios de toxicidad en especies de invertebrados de nuestro país, utilizando concentraciones ambientales de pesticidas y otros contaminantes empleados en Argentina. La idea es estudiar de qué modo los agroquímicos afectan a dos pequeños caracoles para determinar así el grado de contaminación de los espejos de agua.

Por Patricia Olivella

 

(Nexciencia) “Si el hombre está vivo, el agua es la vida”, canta Serrat. Y no se equivoca, porque el agua es un elemento indispensable para el desarrollo de los seres vivos en general. En cuanto al ser humano en particular, los ecosistemas de agua dulce suministran la mayor parte del agua potable que consume la población. Sin embargo, muchos lagos y ríos están sufriendo graves daños debido a las actividades humanas y su deterioro es mucho más rápido que el de los ecosistemas terrestres. Las cuencas que recogen las precipitaciones y las canalizan hacia corrientes y lagos son muy vulnerables a la contaminación.

Los caracoles estudiados pueden servir como indicadores sensibles que actúen como alerta temprana de contaminación y su empleo en ensayos ecotoxicológicos a campo o con agua muestreada permite obtener información sobre posibles efectos ecológicos en poblaciones expuestas.

 

Por todo esto, uno de los grandes objetivos de la ciencia de hoy en día es detectar ambientes contaminados para que puedan implementarse planes de mitigación o prevención.

En el Grupo de Investigación en Ecotoxicología Acuática de Invertebrados Nativos que dirige Gisela Kristoff realizan estudios de toxicidad en especies de invertebrados de nuestro país, utilizando concentraciones ambientales de pesticidas y otros contaminantes de relevancia en Argentina. La idea es estudiar de qué modo los agroquímicos afectan a estos pequeños caracoles para poder determinar así el grado de contaminación de los espejos de agua analizados.

“Nuestro objetivo general es estudiar a través de bioensayos, en el laboratorio, si concentraciones ambientales de distintos tóxicos utilizados en Argentina, o la presencia de contaminantes en aguas muestreadas, pueden producir efectos a nivel bioquímico, histológico, de comportamiento y a nivel reproductivo en invertebrados nativos de nuestro país, así como también estudiar su capacidad de recuperación”, explica Kristoff. Para ello trabajan con dos especies de caracoles de agua dulce: Chilina gibbosa y Biomphalaria straminea. “El trabajo con estas dos especies se complementa por diversas razones”, afirma la investigadora. “C. gibbosa es un organismo que habita en la Patagonia y puede ser utilizado como modelo para evaluar la Región del Alto Valle, una zona de producción frutihortícola que utiliza de manera intensiva los insecticidas organofosforados y carbamatos. Es un género vulnerable debido a su distribución geográfica restringida (regiones frías, de aguas oxigenadas y de baja turbidez), a la disminución continua de la disponibilidad de los hábitats, la presencia de especies invasoras, el cambio climático y la contaminación”, agrega.

Los resultados de las investigaciones demostraron que Chilina es un organismo muy sensible a la exposición al insecticida organofosforado metilazinfos y al carbamato carbaril empleados en el Alto Valle de Río Negro (para controlar gusanos, polillas, gorgojos, chinches en soja y mosca blanca y pulgones en frutales) y que también presenta severos efectos neurotóxicos cuando es expuesto a determinadas concentraciones del contaminante en el agua de la región.

“Esta especie necesita, además, requerimientos especiales para ser mantenida en el laboratorio, como por ejemplo, la temperatura y la oxigenación del agua. Su crianza in vitro resulta difícil”, explica Kristoff.

Los organismos de B. straminea, en cambio, se encuentran distribuidos en todo el país y son particularmente resistentes a la exposición a metilazinfos. Son bastante resistentes, incluso, a altas concentraciones de metilazinfos en forma aguda y a exposiciones prolongadas a bajas concentraciones. “Cultivamos esta especie en nuestro laboratorio en condiciones estandarizadas. Su mantenimiento y crianza resultan muy sencillos porque se reproducen activamente durante todo el año. Por todo esto resulta de gran utilidad para estudiar efectos tóxicos a largo plazo como son los efectos sobre la reproducción y sobre la descendencia”, afirma la investigadora.

Con su trabajo, los investigadores esperan no sólo obtener información bioquímica, histológica, comportamental y fisiológica de invertebrados nativos sino también datos que pueden servir para re evaluar los niveles de contaminantes sugeridos en Argentina para la protección de la vida acuática. Los caracoles estudiados pueden servir como indicadores sensibles que actúen como alerta temprana de contaminación y su empleo en ensayos ecotoxicológicos a campo o con agua muestreada permite obtener información sobre posibles efectos ecológicos en poblaciones expuestas.

“Al trabajar con especies de nuestro país muy poco estudiadas todas nuestras investigaciones aportan conocimiento de estas especies. Además evaluamos los efectos tóxicos que pueden sufrir al estar expuestos a pesticidas utilizados en Argentina y a concentraciones halladas en el agua y, de esta manera, evaluamos el riesgo. Buscamos señales que nos indiquen contaminación. Ofreceremos un servicio de ecotoxicología para muestras de agua de nuestro país, como una manera más de estudiar la calidad del agua”, comenta Kristoff.

 

Grupo de Ecotoxicología Acuática: Invertebrados Nativos

(De izq. a der.) Lucila Herbert, Luis Cacciatore, Gisela Kristoff y Paula Cossi.

 

(IQUIBICEN, UBA-CONICET)

Laboratorio QB48, 4to. piso, Pabellón II. Teléfono: 4576-3413. Página web: www.labeain.com

Dirección: Dra. Gisela Kristoff.

Integrante: Dr. Luis Claudio Cacciatore.

Tesistas de doctorado: Lic. Paula Cossi, Lic. Lucila Herbert, Lic. Julio Painefilú (co-dirigido).

Tesistas de maestría: Lic. Beverly Boburg.

Colaboradores externos: Lic. Karina Bianco, Lic. Sofía Otero.

 

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