miércoles, 18 de septiembre de 2019
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La devaluación de la ciencia argentina

En los últimos años, la inversión destinada a ciencia y tecnología se redujo y el atraso en la ejecución de subsidios hizo que los montos solicitados alcancen cada vez menos. La última devaluación de la moneda terminó de licuar presupuestos para el acceso a insumos y equipos en dólares. TSS habló con investigadores de diversas provincias sobre el impacto que tiene la falta de recursos.

Agencia TSS – Institutos que nunca terminan de construirse. Proliferación de enfermedades que estaban controladas. Equipos y vehículos obsoletos que ponen en riesgo la seguridad de los investigadores. Proyectos cancelados. Cerebros en fuga. La devaluación de la ciencia argentina tiene casi tantas caras como científicos hay en el país. Más allá de las especificidades de cada disciplina y región, hay problemas que afectan a todo el sistema, como el atraso y la devaluación de los subsidios para investigar.

La semana pasada, funcionarios de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva presentaron en el Centro Cultural de la Ciencia algunas modificaciones en el Régimen de importaciones para bienes destinados a investigaciones científico-tecnológicas (ROECYT). Esta medida, que se pondrá en marcha a partir de septiembre, busca simplificar los trámites para la compra de insumos y equipos, reduce algunos aranceles y habilita las importaciones puerta a puerta. Si bien se trata de una demanda histórica de la comunidad científica, el impacto de la medida es limitado en el marco del ajuste y la desinversión en el sector.

“Es algo que veníamos pidiendo hace tiempo porque siempre se nos dificultó bastante la importación y con esto va a ser un poco más sencillo. Es muy bueno, el tema es que recién lo vamos a poder utilizar cuando tengamos dinero para poder comprar insumos”, le dijo a TSS la bioquímica María Cristina Carrillo, vicedirectora del Centro Científico Tecnológico (CCT) CONICET Rosario. El geólogo Edgardo Baldo, director del CCT CONICET Córdoba, consideró que “los avances tienen que ver con acortar los tiempos de los trámites burocráticos pero no tiene impacto en la reducción de costos”.

Marcos Vaira, biólogo y director del CCT CONICET Salta-Jujuy (derecha), y equipo del INECOA.

 

Marcos Vaira, biólogo y director del CCT CONICET Salta -Jujuy, llamó la atención sobre algunos problemas adicionales que enfrentan los científicos del noroeste argentino (NOA): “Al no tener cercanía con la sede central del CONICET, nosotros siempre hemos canalizado las importaciones de equipos e insumos a través de las universidades, por lo que no creemos que esos cambios vayan a repercutir demasiado respecto a la gestión que se realiza a través de las universidades. Por otro lado, los sistemas puerta a puerta quizás faciliten muchas cosas en Buenos Aires, pero para nosotros, que siempre tenemos que pasar por proveedores de esa provincia para adquirir los insumos, no implica una aceleración porque los aspectos administrativos para traer los equipos a la región siguen igual de complejos”.

Según los investigadores, más allá de la necesidad de simplificar los trámites de importación, los institutos que hacen ciencia y tecnología en la Argentina deben afrontar toda una serie de problemas para poder concretar sus proyectos de investigación.

 

Rosario: instituto en pedazos

El nuevo edificio del Instituto de Físiología Experimental (IFISE), perteneciente al CONICET y a la Universidad Nacional de Rosario (UNR), es un gran esqueleto de cemento que parece graficar el estado del sistema científico argentino: paralizado desde 2016. “Hace unos días, a duras penas, pudimos sacar una licitación para terminar de cerrarlo y que no se arruine por estar tanto tiempo expuesto a la intemperie. Mientras tanto, seguimos trabajando como podemos, repartidos de a pedazos en instalaciones de la universidad”, cuenta Carrillo, que también dirige el IFISE.

Los subsidios para investigar corrieron la misma suerte. La investigadora pone como ejemplo un Proyecto de Investigación Plurianual (PIP), convocatoria financiada por el CONICET, que su equipo ganó en 2015 pero del que hasta el momento solo cobró una cuota. Debido al atraso y la devaluación, ni siquiera pudieron comprar los elementos para empezarlo. Ante esta situación, los científicos se la rebuscan tratando de conseguir fondos a partir de brindar servicios a terceros. “Tenemos un citómetro de flujo y con los trabajos que hacemos nos alcanza al menos para mantener el equipo. Ahora, si quisiéramos mejorar el aparato, no podemos. Y hay que rogar que no se rompa”, apunta la bioquímica.

Al igual que la mayoría de los institutos del CONICET del país, los 14 centros nucleados en el CCT Rosario vienen sufriendo en los últimos años la reducción de fondos para gastos básicos de funcionamiento, como luz, gas e internet. Por eso, otra estrategia que están implementando es poner los fondos en un plazo fijo para hacer rendir un poco más las devaluadas partidas. Pero los problemas no terminan allí. “Teníamos muchos proyectos de vinculación tecnológica que no se pudieron continuar porque la oficina de la sede central del CONICET no tiene gente, es prácticamente una entidad fantasma”, dijo Carrillo.

“Seguimos trabajando como podemos, repartidos de a pedazos en instalaciones de la universidad”, explicó Carrizo (izq.), junto con parte del equipo del IFISE.

 

Córdoba: la deuda sin fin

Si manejar la economía de un hogar con recursos escasos puede ser difícil, el CCT CONICET de Córdoba tiene un desafío superior: administrar los gastos de nada menos que 42 institutos. Un aspecto positivo es que el 90% de ellos también depende de una universidad o fundación, por lo que los gastos de funcionamiento son compartidos. “El presupuesto que aportó la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) duplicó el que nos dio el CONICET y nos está ayudando a sobrevivir a la crisis. Pero donde más ha impactado el recorte es en la compra de equipamiento porque cada uno está asociado al trabajo de varios grupos. Si no hay equipo, se cortan los proyectos”, explicó Baldo.

El investigador compartió con TSS el estado de situación presupuestaria que elaboró este mes junto con sus colegas del CCT, donde calculan la deuda nominal en varios rubros y cuánto deberían ser esos montos si se actualizaran por la devaluación. La suma total arrojó una deuda de 158 millones de pesos, que si se pagara en valores actualizados deberían ser 280 millones. Dentro de esa gran bolsa encontramos, por ejemplo, que en el caso de los subsidios correspondientes a los Proyectos de Investigación Plurianuales (PIP) la deuda acumulada es de 22,7 millones de pesos (actualizado por devaluación: 70 millones). En tanto, en la convocatoria denominada Proyectos de Unidades Ejecutoras (PUE), que contempla gastos para funcionamiento y compra de equipos, la deuda es de 8.451.812 pesos (actualizado: 14 millones).

“La respuesta que nos dan es que ellos están tan preocupados como nosotros pero no hay fondos. Mientras tanto, la calidad de nuestras investigaciones disminuye: si antes hacíamos un experimento con 30 ratones ahora tenemos que reducir la cantidad porque no podemos mantenerlos”, dijo Baldo. Además, otro insumo fundamental son los vehículos 4×4 que utilizan para hacer trabajo de campo en lugares inhóspitos, como la cordillera y la puna. “Estos vehículos tienen cierta antigüedad, deberían ser renovados pero no tenemos el presupuesto para hacerlo. Si se rompen en un lugar adverso, no solo se pone en peligro la campaña sino también la vida de las personas”, advierte.

 

Salta y Jujuy: cuando el científico no está

En el Instituto de Ecorregiones Andinas (INECOA), perteneciente al CONICET y la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu), a los investigadores no les dan las cuentas. La incógnita a resolver es: cómo hacer para cumplir con los proyectos que propusieron cuando el litro de nafta estaba a 20 pesos si hoy está a 50. Como gran parte de su trabajo se hace en zonas rurales, el combustible es un recurso indispensable. “Si no tenemos el insumo básico, que es el dato de campo, no podemos avanzar con los proyectos”, dice Vaira, director del INECOA y del CCT Salta-Jujuy, que nuclea a nueve unidades ejecutoras.

Los institutos que hacen ciencia y tecnología en la Argentina deben afrontar toda una serie de problemas para poder concretar sus proyectos de investigación.

Los institutos del NOA trabajan en una gran variedad de disciplinas y algunas son muy específicas de esa región. Un ejemplo es el desarrollo y transferencia de energías renovables, ya que hay muchos pueblos alejados del tendido eléctrico. Otra área central es la investigación en enfermedades con gran prevalencia en la región, como Chagas, leishmaniasis y hantavirus. “Nada de eso se está pudiendo hacer y la consecuencia es que las políticas de prevención en salud carecen de datos epidemiológicos básicos para saber a qué riesgos nos estamos enfrentando”, cuenta el biólogo.

Según Vaira, en los últimos años, los científicos se fueron involucrando más en las movilizaciones realizadas contrael ajuste presupuestario, pero al ser relativamente pocos (suman unos 500 entre los 9 institutos de Salta y Jujuy), a veces no se logra tanta masividad como en otras regiones. De todos modos, el investigador sostuvo: “Creo que hemos logrado una buena visibilización de la problemática y sentimos que las universidades responden a nuestra preocupación. Además, nuestra condición de provincia periférica a veces nos pone en el foco. Cuando hay encuentros federales, para dimensionar el tamaño de la convocatoria, siempre hay alguien que remarca: ‘¡Hasta de Jujuy vinieron!’”.

 

Entre Ríos: científicos que hacen magia

A diferencia del IFISE y el INECOA, que están dentro del predio universitario, el Centro de Investigaciones Científicas y Transferencia de Tecnología a la Producción (CICYTTP–CONICET/ER/UADER) dispone de un edificio propio en la ciudad de Diamante, Entre Ríos. Por lo tanto, tiene que costear los gastos básicos con fondos del CONICET. Como saben que el presupuesto disponible es escaso, para 2019 trataron de ajustarse lo más posible y solicitaron apenas 880.000 pesos. Solo les aprobaron 550.000. “Con eso estamos funcionando pero no podemos hacer otra cosa que no sea pagar los servicios. Tenemos cero capacidad de gestión”, dijo el biólogo Carlos Piña, director del CICYTTP.

El trabajo del CICYTTP está orientado a la investigación de la biodiversidad actual y del pasado, con una fuerte impronta de transferencia al medio productivo. Con respecto al atraso en los subsidios, Piña cuenta que actualmente están ejecutando proyectos correspondientes al año 2014, cuando el dólar estaba a nueve pesos, por lo que hoy se vuelve prácticamente una misión imposible hacer lo previsto. También tienen problemas para costear la compra de insumos. Como ejemplo, explica que el producto que utilizan para conservar una muestra, les sale 10.000 pesos los 100 mililitros. “La falta de recursos paraliza todo. A nosotros, la capacidad de ejecutar, y a las empresas de la zona, la posibilidad de tener recursos para atender una necesidad específica”, afirma el investigador.

La situación de los centros de investigación que dirigen Piña, Carrillo, Vaira y Baldo se repite, en mayor o menor medida, en todos los institutos del CONICET del país. ¿Cómo se hace para seguir en estas condiciones? Piña intenta una respuesta: “Los investigadores están haciendo magia”, sostuvo.  Y agregó: “A pesar de los presupuestos deplorables, seguimos compitiendo a nivel internacional. ¿Cómo se logra eso? Con un terrible esfuerzo de becarios, investigadores, técnicos y administrativos que hacen todo lo que pueden. Muchas veces, con dinero del propio bolsillo”.

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