lunes, 21 de agosto de 2017
Editoriales

La columna de Paenza: Experimento de la araña y la campana

Por Adrián Paenza

El ejemplo que sigue se lo escuché en una charla que dio en la facultad a Alberto Kornblihtt, uno de los científicos más importantes que tiene el país, además de un gran amigo y compañero de vida. Alberto quería, frente a un grupo de estudiantes, seducirlos con la tarea cotidiana que realiza un científico pero, también, alertarlos sobre algunos problemas. Para eso, les contó el siguiente experimento: un grupo de biólogos se reúnen para efectuar una prueba que les permita “aprender” más sobre el comportamiento de las arañas.

¿Por qué arañas? Las arañas son carnívoros depredadores pero, al igual que todos los animales de su especie, tienen un cerebro muy pequeño, que está programado para tomar sólo una de dos decisiones: atacar o huir. Esa es la única preocupación que tienen cuando se encuentran con otro animal. Por ejemplo, si una araña se encuentra con una avispa, lo más seguro es que huya. En cambio, si se tropieza con una polilla, sin dudas la va a atacar.

Las arañas son artrópodos que, a diferencia de los insectos, tienen ocho patas, en vez de seis, y el cuerpo dividido en dos partes. Todo este preámbulo es para contar qué hicieron los biólogos. Se instalaron en un laboratorio, donde había una mesa cuadrada no muy grande, y trajeron una campanita relativamente pequeña pero que desprendía un sonido potente, sobre todo en las condiciones de silencio en las que pensaban desarrollar su tarea.

Pusieron a la araña en una punta de la mesa. Justo en una esquina y en diagonal a ella, ubicaron la campana. Y la hicieron sonar. Inmediatamente, la araña empezó a caminar hacia el lugar desde donde salía el sonido. Los biólogos anotaron: “No bien la araña escucha el primer sonido de la campana, arranca en dirección hacia el lugar desde donde proviene el sonido, y si uno la deja, llega hasta él”.

Bien. Aquí empieza el experimento propiamente dicho. Los biólogos tomaron una de las ocho patas de la araña y se la cortaron. Volvieron a ubicar a la araña en el mismo lugar y repitieron el proceso. Al tañido de la campanita, la araña arrancó otra vez. Los científicos anotaron: “Si a la araña se le secciona una pata, y se vuelve a hacer sonar la campana, ella avanza igualmente hacia el lugar desde donde proviene el sonido”.

Un nuevo paso: le arrancaron una segunda pata. Y volvieron a detectar lo mismo. La araña, ahora con dos patas menos, iba hacia la campana, cosa que los biólogos volvieron a dejar registrado por escrito.

El experimento avanzó como ustedes se imaginan. A la araña le iban cortando cada vez más patas, y al ubicarla en la punta de la mesa en diagonal a la campana, cuando el animal escuchaba el sonido, arrancaba hacia allí. Ciertamente, lo hacía cada vez con más dificultades, pero lo seguía haciendo.

Hasta que a la araña le quedaba una sola pata. Ya habían comprobado que aun en esas condiciones penosas, la araña iba hacia la campana. Sus movimientos eran lentísimos, pero iba.

Los científicos deciden entonces proceder con el paso final. Le cortan la última pata. Ubican a la araña en la misma posición que antes y esperan ansiosos su reacción en el momento que hicieran sonar la campana. Se escucha el sonido, pero la araña… nada. Ni un movimiento. Los biólogos hacen repiquetear la campana otra vez. Otra vez, nada. Intentan dos veces más y, cuando ven que no hay reacción de la araña, anotan: “Cuando a la araña se le quitan todas sus patas… se vuelve sorda”.

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