martes, 21 de noviembre de 2017
Editoriales

La columna de Paenza: Imágenes del Japón

Por Adrián Paenza

Típico de cualquier turista. Hace un viaje a Europa o a Estados Unidos. Visita veinte ciudades en quince días: Estocolmo, Madrid, París, Florencia, Munich, Venecia, Montecarlo, Vigo, Lisboa, Oslo, Praga (¿viste qué linda que es Praga?), Brujas, Bruselas, La Haya (no me gustó), Nueva York, Miami, Amsterdam y la lista sigue. Sacó fotos. Filmó. Estuvo en hoteles de pocas estrellas, viajó en tren, en auto, en bus, en avión, descansó poco y recorrió mucho. Comió mal. O bien, no importa. Vuelve. Se junta con su familia y amigos, y saca conclusiones. Se muestra conocedor ya de diversas características salientes. Y generaliza.

Los franceses son arrogantes. Los belgas huelen mal. A los españoles hay que explicarles todo. Los alemanes son “cuadrados”: los sacás un poco de lo que está escrito y no entienden nada. “Hice” Florencia en dos días: te puedo contar lo que quieras. Preguntame. Los americanos son insensibles: pueden ver un tipo tirado en la calle y caminan delante de él sin inmutarse. Y así, puedo seguir.

Estuve en Japón. Casi un mes. Una semana en Sendai (en el norte, en la costa del Pacífico) y casi tres en Tokio. No puedo sacar conclusiones. No sabría. Pero sí puedo describir hechos que me llamaron la atención. Son todos disputables y sospechables. Ninguno pretende “definir” a “los japoneses”. No sé cómo son, ni si quiera sé si hay un “patrón” de “japonés típico”. Sí sè que me pasaron cosas. Son fácticas. Las viví. Las vi. Las quiero contar.

– Vi japoneses que se quedaban dormidos en los restaurantes, con la cabeza apoyada sobre la mesa. No uno, ni dos. Muchos. No sólo un día. Todos los días que fuimos a comer a la noche, en cualquier ciudad, vimos gente que con libros abiertos, y comida en el plato, se quedaba dormida. Y nadie les decía nada.

– No vi ningún japonés ni japonesa excedido de peso. Ninguno (y no me refiero a los que hacen “sumo”). En la calle. No se ven ni “gordos” ni “gordas”. Pero quiero insistir en esto: no es que hay pocos y uno los puede obviar. ¡No hay! ¡No se ven!

– Vi muchas mujeres en días soleados que usaban paraguas. No eran pocas: ¡muchas! Pregunté. Lo que me dijeron es que la mujer japonesa quiere tener la piel “blanca” y no quiere que el sol le altere el color. Y no fue un hecho esporádico. En cualquier cuadra, en cualquier momento, durante las últimas horas de la mañana y las primeras de la tarde, siempre hay paraguas abiertos.

– No encontré ninguna persona descortés. No importó la situación, ni el lugar. Obviamente, me comuniqué por señas con la inmensa mayoría, pero todos se preocuparon por tratar de ayudarme: en el tren, en el aeropuerto, en el hotel, en el supermercado, en el restaurante, en el subte, en la calle. Todos.

– Ningún japonés con el que me tropecé acepta “propina”: ninguno. Me explicaron que lo viven como un insulto, que el sueldo incluye el buen servicio. No sé si es así, digo, no sé si la razón es ésa. Pero sí puedo decir que eso me pasó en todos lados, desde los restaurantes, los hoteles, los aeropuertos, los taxis… y la lista sigue.

– Los taxis que tomamos tenían todos un sistema satelital incorporado. Basta con exhibir la dirección a la que uno va para que el conductor sepa inmediatamente dónde lo tiene que llevar y qué camino tomar.

– Todos los hoteles en los que estuve como pasajero o de visita con otros compañeros de trabajo tienen las habitaciones “muy pequeñas”. Pero cuando digo “muy pequeña”, piense en un lugar en donde cabe una cama, una silla, una valija (en forma vertical), y un baño en donde casi entraba de perfil. No pretenda extrapolar: no es siempre así. Estuve en otro hotel en Tokio cuyas habitaciones eran más grandes. Pero la idea que quiero dar es que todo es muy comprimido, y el espacio, muy valioso.

– Todos los aviones en vuelos domésticos, autobuses, trenes y subtes que tomé no sólo salieron a horario. Me permitieron ajustar mi reloj. Tuve suerte en “todos” los viajes, en cualquier medio. “Siempre” fueron puntuales.

– A propósito, la red de subtes y de trenes que tienen en Tokio no la vi en ningún lugar del mundo, Nueva York incluida. La trama subterránea que entrelaza los puntos críticos de la ciudad parece diagramada por un artista, no por un ingeniero.

– La pastelería, las masas, las “medialunas” (sí, las medialunas), la crema pastelera, las baguettes, el pan francés que comí en muchos lugares me dejó asombrado. Me habían dicho que en Japón se comía mal. En el costado dulce, sentí que estaban más adelantados que nosotros.

– Todo el mundo parece tener un teléfono celular: todos. Y aquellos con los que me crucé durante mi estadía lo usan no sólo para hablar, sino para leer: bajan archivos de Internet, mandan mensajes de texto, leen los diarios. El teléfono es ya una excusa: se llama así, pero hace otras cosas.

– En ninguna parte del mundo en las que estuve vi tanta variedad de bebidas no alcohólicas. Variedades de colas, de jugos, de aguas saborizadas, con vitaminas, distintos tipos de tés, cafés fríos. Y la distribución la hacen a través de máquinas expendedoras, de las que hay, literalmente, miles. Ah: al lado de cada una (casi) hay recipientes para tirar los envases, pero que tienen un agujero preparado para poder depositarlos directamente.

– Por mi trabajo, volvía al hotel en subtes que circulaban cerca de la medianoche. Pude sentarme pocas veces. Lo digo de nuevo: pude sentarme pocas veces. Parecía cualquier día de Buenos Aires a las 7 de la mañana o a las 8 de la noche.

– Los japoneses con los que me encontré no contestan nunca con la palabra “no”. Cruzan los brazos en alto, como una señal de “stop”, pero no dicen “no”. Por ejemplo: cuando pregunté si “tal tren me llevaba a tal lugar” (cuando no era así), no me contestaron “nunca” que “no”. Sí me decían que tomara el otro, que sí me llevaba.

– En general, no hablan inglés. Pero tampoco español. Y es curioso: ellos dicen que nosotros no hablamos japonés. Creo que tienen razón.

– Distintos puntos de la ciudad parecen Lavalle y Florida un sábado por la noche. Varias veces tuve la sensación de que estaba saliendo de ver un River-Boca. Pero la gente no desaparecía al par de cuadras. No. Seguía y seguía. Parecían brotar del cemento. Y todos los que vimos 42 y Broadway en vivo, en el cine o por televisión, imaginen que en Tokio hay de esas intersecciones, no menos de veinte (que yo vi).

– A propósito: ¿por qué se dice que Inglaterra es el país en el que la gente “maneja” sus autos al revés? Japón, ¿no cuenta? Es difícil manejar (para nosotros) y es difícil cruzar la calle sin prestar atención.

– Salvo en lugares muy sofisticados, en la puerta de los negocios, hay gente con megáfonos invitando a los transeúntes a entrar. Parece el barrio de Once un sábado por la mañana. No me pareció ver gente usando ropa con colores estridentes, pero dentro de esos locales, “todo” es brillante, rutilante. Ah, y agobiante también.

– En todas las casas particulares en las que estuve me saqué los zapatos al entrar, como hacían todos.

– Virtualmente no vi gente usando kimonos. Eso sí, aprendí junto con Miguel Simón, Guillermo Gorroño, Javier Durand y Jorge Sabalza que los kimonos blancos sólo los usan los muertos.

– En la sala de prensa donde trabajábamos los periodistas acreditados (casi dos mil, de todas partes del mundo), las bebidas que se ofrecían venían en botellas de dos litros (para que salieran más baratas). Y no, no estaban en esas máquinas que describí más arriba: estaban en grandes palanganas, con “barras de hielo” como las que había en la década del ’40, cuando no había heladeras.

– En los baños públicos no hay servilletas de papel ni toallas para secarse las manos. Sólo ¡papel higiénico! (y no es una broma, ni una exageración).

– La oferta para entablar relaciones sexuales en determinados barrios es tan imponente como disgustante. Pero no por el hecho en sí mismo (cada uno elige lo que quiere), sino por la persistencia y tenacidad.

– Vi muchísimas “revistas” con “còmics”. En todas partes. Es la moneda corriente en los servicios de transporte público. Y las librerías están repletas.

– Un dato: el 21 por ciento de la población japonesa tiene más de 65 años. En 1990, estaba apenas por encima del 12%. Nacen pocos, y los que están, viven más.

– En todos los baños públicos o en los hoteles en donde estuve, los inodoros tienen un sistema de bidet incluido. Hay papel higiénico, sí, pero hay un sistema motorizado que al presionar un botón hace emerger de debajo de la “tabla” una pequeña manguera de plástico, que permite usar el toilete como un bidet.

– Durante mucho tiempo me hicieron creer que en la Argentina había una invasión de productos norteamericanos y/o europeos. Con todo, luego de casi un mes en Japón, ¿le dicen algo los siguientes nombres: Toyota-Honda-Canon-Sony-Sanyo-Sharp-Kawasaki-Mitsubishi-Fuji-Kyocera-Pentax-Hitachi-Toshiba-Yamaha-DK-Olympus-Ricoh-Nikon-Seiko-Casio-Nissan-Sega-Panasonic-Minolta-Subaru-Nexus-JVC-Nakamichi-Kodak-Konica? A mí sí. Creo que hubo una invasión japonesa y no nos avisaron.

Moraleja: usted no saque ninguna conclusión con respecto a ninguna observación que leyó acá. Son mis experiencias. No pueden ser utilizadas para ‘definir’ al japonés tipo, ni mucho menos. Son sólo curiosidades de un viaje, de alguien (yo) que viene de una cultura distinta, pero que disfrutó inmensamente al tratar de entender las diferencias. Conozco mucha gente que fue a Japón y se queja por el horario, por el idioma, por la comida. Creo que vale más la pena “tolerar y aprender de las diferencias” y buscarles la lógica que las provoca. Fue una experiencia maravillosa. Y eso que no hablé ni de “cultura milenaria”, ni de “budismo”, ni de ningún templo.

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