martes, 15 de octubre de 2019
Editoriales

ESE BRILLO EN TUS OJOS

¡Foto, foto, foto, foto, foto!”, canturrea la familia entusiasmada, y con un poco de Ananá Fizz de más, la noche de Año Nuevo de 1994. “A ver… digan ¡whisky!”, vocifera el improvisado fotógrafo. “¡El flash! ¡El flash que está muy oscuro!”, grita el tío abuelo. Click. Semanas después llegan las imágenes reveladas y es la hora de la verdad. ¡Pucha! La foto salió divina pero toda la familia tiene los ojos rojos. 

Por Valeria  Edelsztein

Hoy en día, con las súper cámaras de quichicientos mil píxeles y las ené-simas funciones automáticas o de mejora posterior, los ojos rojos son solo un mal recuerdo pero para los que vivimos parte de nuestra vida en la era analógica, con cámaras de fotos que usaban rollo y semanas de espera hasta tener el resultado en la mano, eran un fenómeno de lo más común. Apiladas en un cajón, guardamos cientos de fotografías en las que la tía, el primo o nosotros mismos parecemos vampiros hambrientos. ¿Por qué ese destino tan poco fotogénico?

SANGRE EN EL OJO

Para comprender el porqué de los ojos rojos, es necesario entender cómo funcionan nuestros ojos. Básicamente, la luz entra a través del círculo negro que llamamos pupila y que tiene la capacidad de abrirse o cerrarse para regular esa entrada. Entonces, cuando estamos en ambientes muy iluminados, las pupilas se contraen para que entre menos luz y evitemos un daño. A la inversa, en un ambiente oscuro la pupila se dilata para que entre más luz y podamos ver mejor. Esta luz llega hasta nuestra retina donde se encuentran las células capaces de detectarla (fotorreceptores) y enviar la información al cerebro. La luz que pasa por el espacio entre los fotorreceptores sin ser absorbida, choca con una zona muy irrigada, llena de vasos sanguíneos, llamada epitelio pigmentario.

Ahora imaginemos que estamos en un ambiente oscuro en el que queremos sacar una foto. En estas condiciones, la pupila está abierta casi por completo para captar luz. Pero al disparar el flash de la cámara se produce un momento de luz muy brillante y como no hay tiempo para que ocurra la contracción de la pupila, toda esa luz entra en el ojo y se refleja en los vasos sanguíneos del epitelio pigmentario. Como la pupila sigue abierta este reflejo rojo es captado en la foto. Es decir que el color rojo que vemos es el reflejo de nuestra sangre. ¿Será la famosa “sangre en el ojo”?

BRILLAR EN LA OSCURIDAD

Pero el misterio de los ojos no termina aquí. Muchas animales, como los gatos (y sin que exista foto mediante), se pasean en la noche con un brillo fantasmagórico en su mirada. ¿A qué se debe?

En el caso de los seres humanos, mucha de la luz que entra por la pupila se pierde en el camino o al llegar al epitelio pigmentario. Por eso vemos tan mal en la oscuridad y somos abonados a golpearnos la rodilla con la mesita ratona. En cambio, los gatos tienen una visión nocturna envidiable, gracias a un sistema que les permite minimizar la pérdida de intensidad lumínica. En estos bichos, la superficie que se encuentra detrás de los fotorreceptores se porta como un espejo, es decir que es capaz de refleja la luz que de otra forma se perdería y aprovecharla para distinguir mejor los objetos.

Cuando los faros de un auto, por ejemplo, iluminan al animal, la luz ingresa al ojo por las pupilas dilatadas, de la misma manera que ocurría en el caso del flash fotográfico. Sólo que, en este caso, en lugar de perderse se refleja y llega nuevamente hasta nosotros. Por este motivo pareciera que los ojos se prenden

 “¡Foto, foto, foto, foto, foto!”, canturrea la familia entusiasmada, y con un poco de Ananá Fizz de más, la noche de Año Nuevo de 1994. “A ver… digan ¡whisky!”, vocifera el improvisado fotógrafo. “¡El flash! ¡El flash que está muy oscuro!”, grita el tío abuelo. Click. Semanas después llegan las imágenes reveladas y es la hora de la verdad. ¡Pucha! La foto salió divina pero toda la familia tiene los ojos rojos. 

Hoy en día, con las súper cámaras de quichicientos mil píxeles y las ené-simas funciones automáticas o de mejora posterior, los ojos rojos son solo un mal recuerdo pero para los que vivimos parte de nuestra vida en la era analógica, con cámaras de fotos que usaban rollo y semanas de espera hasta tener el resultado en la mano, eran un fenómeno de lo más común. Apiladas en un cajón, guardamos cientos de fotografías en las que la tía, el primo o nosotros mismos parecemos vampiros hambrientos. ¿Por qué ese destino tan poco fotogénico?

SANGRE EN EL OJO

Para comprender el porqué de los ojos rojos, es necesario entender cómo funcionan nuestros ojos. Básicamente, la luz entra a través del círculo negro que llamamos pupila y que tiene la capacidad de abrirse o cerrarse para regular esa entrada. Entonces, cuando estamos en ambientes muy iluminados, las pupilas se contraen para que entre menos luz y evitemos un daño. A la inversa, en un ambiente oscuro la pupila se dilata para que entre más luz y podamos ver mejor. Esta luz llega hasta nuestra retina donde se encuentran las células capaces de detectarla (fotorreceptores) y enviar la información al cerebro. La luz que pasa por el espacio entre los fotorreceptores sin ser absorbida, choca con una zona muy irrigada, llena de vasos sanguíneos, llamada epitelio pigmentario.

Ahora imaginemos que estamos en un ambiente oscuro en el que queremos sacar una foto. En estas condiciones, la pupila está abierta casi por completo para captar luz. Pero al disparar el flash de la cámara se produce un momento de luz muy brillante y como no hay tiempo para que ocurra la contracción de la pupila, toda esa luz entra en el ojo y se refleja en los vasos sanguíneos del epitelio pigmentario. Como la pupila sigue abierta este reflejo rojo es captado en la foto. Es decir que el color rojo que vemos es el reflejo de nuestra sangre. ¿Será la famosa “sangre en el ojo”?

BRILLAR EN LA OSCURIDAD

Pero el misterio de los ojos no termina aquí. Muchas animales, como los gatos (y sin que exista foto mediante), se pasean en la noche con un brillo fantasmagórico en su mirada. ¿A qué se debe?

En el caso de los seres humanos, mucha de la luz que entra por la pupila se pierde en el camino o al llegar al epitelio pigmentario. Por eso vemos tan mal en la oscuridad y somos abonados a golpearnos la rodilla con la mesita ratona. En cambio, los gatos tienen una visión nocturna envidiable, gracias a un sistema que les permite minimizar la pérdida de intensidad lumínica. En estos bichos, la superficie que se encuentra detrás de los fotorreceptores se porta como un espejo, es decir que es capaz de refleja la luz que de otra forma se perdería y aprovecharla para distinguir mejor los objetos.

Cuando los faros de un auto, por ejemplo, iluminan al animal, la luz ingresa al ojo por las pupilas dilatadas, de la misma manera que ocurría en el caso del flash fotográfico. Sólo que, en este caso, en lugar de perderse se refleja y llega nuevamente hasta nosotros. Por este motivo pareciera que los ojos se prenden

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