miércoles, 13 de diciembre de 2017
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Enfermedades y vectores: la mirada amplia

¿Qué estrategias son necesarias para controlar brotes de enfermedades transmitidas por organismos vivos? Especialistas en epidemias endémicas del ANLIS hablan de la importancia de unir diversas disciplinas y de trabajar con las comunidades afectadas para comprender los factores sociales y económicos que influyen en su desarrollo.

Por Vanina Lombardi

 

Agencia TSS — Las enfermedades transmitidas por insectos u otros organismos vivos, denominados vectores, representan más del 17% de todas las enfermedades infecciosas y provocan más de 700.000 muertes cada año, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Entre los más conocidos se encuentran los mosquitos, capaces de transmitir dengue, zika y chikungunya, pero también paludismo y encefalitis, entre otras.

Parecidos a los mosquitos pero de tamaño diminuto, los denominados flebótomos, conocidos como jejenes, son responsables de contagiar la leishmaniasis, una enfermedad potencialmente mortal que en la Argentina afectó a más de 700 personas durante los últimos 12 meses (considerando los distintos tipos de esta enfermedad, cutánea, mucosa y visceral, según datos del último boletín de vigilancia epidemiológica del Ministerio de Salud). Otro de los vectores más estudiados en el país son los triatominos, más conocidos como vinchucas, responsables de contagiar la enfermedad de Chagas. Del mismo modo, piojos, pulgas y garrapatas también pueden ser responsables de enfermar a hombres, mascotas y animales de granja.

¿Cómo controlar brotes de estas enfermedades? “No hay una única estrategia de control, sino que hay que entender a la comunidad involucrada para poder desarrollarlas”, afirma Maria Soledad Santini directora del Centro Nacional de Diagnóstico e Investigación de Endemo-Epidemias (CENDIE), dependiente del Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS). El CENDIE se dedica a realizar diagnósticos e investigar los fenómenos que causan las enfermedades no solo desde el punto de vista biológico, sino también social o económico, así como su distribución a nivel nacional y regional.

“Para el control de un brote no alcanza con controlar el vector, también hay que incidir en el acceso al agua potable que tiene la población para reducir la recurrencia de los brotes”, dice Mastrángelo (segunda desde la izquierda).

 

“Hacemos sugerencias de políticas públicas, entendiendo el escenario de riesgo desde todas sus perspectivas”, agrega la directora de este instituto creado en 1996 y que hoy cuenta con alrededor de 20 investigadores y becarios del CONICET de distintas disciplinas, como sociólogos, antropólogos, biólogos, médicos, veterinarios, bioquímicos, patólogos, ecólogos y genetistas. El CENDIE trabaja sobre tres grandes áreas (epidemiologia ambiental, social y clínica) de manera transversal.

“Más allá de nuestros laboratorios, nuestro trabajo es en el terreno, porque es el lugar en el que se puede entender la problemática y en base a eso pensar alternativas”, dice esta doctora en Biología y agrega: “La biología, la medicina o la ciencia en general, de manera fragmentada, no va a ningún lado. La ciencia no es lineal y las estrategias de control tampoco, son multifactoriales”.

Andrea Mastrángelo, a cargo del Programa Salud, Ambiente y Trabajo del ANLIS, coincide en la necesidad de ir más allá de los límites de cada disciplina. “Para el control de un brote no alcanza con controlar el vector, también hay que incidir en el acceso al agua potable que tiene la población, para reducir la recurrencia de los brotes”, ejemplifica esta antropóloga que también se desempeña como investigadora y docente del Centro de Estudios en Antropología (CEA) de la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM).

“Cada caso tiene un entorno y hay un montón de otras cosas que hacen que esa persona se enferme. Por eso no solo tratamos de entender la microescala, sino ver qué pasa en esa región”, dice Santini y explica que, de acuerdo con estos conceptos que atraviesan sus investigaciones, también tienen en cuenta que “la salud tiene clases sociales y los escenarios de riesgo son diferentes en cada caso”.

“Más allá de nuestros laboratorios, nuestro trabajo es en el terreno, porque es el lugar en el que se puede entender la problemática y en base a eso pensar alternativas”, dice Santini.

 

Las investigadoras dieron ejemplos sobre la necesidad de estudiar cada caso de una manera amplia para poder pensar estrategias. En el caso de los primeros casos de dengue que se detectaron en Clorinda, Formosa, tuvieron su origen en muchos pobladores de la provincia trabajan en Paraguay. Los últimos brotes en la Argentina, provenientes de Brasil, fueron por turistas que eligieron el país vecino como destino para sus vacaciones. También se refirieron al virus de la gripe H1N1, que en su  momento llegó al país a través de los viajeros que volvían de Orlando, en Estados Unidos. Más atrás en el tiempo, estaba el caso de los camioneros que llegaban a los puertos de Mar del Plata y Necochea y se enfermaban de fiebre hemorrágica mientras esperaban que llegaran los barcos para descargar los cereales (a veces por varios días), a pesar de que allí la enfermedad estaba erradicada. Finalmente, detectaron que el vector (el ratón) viajaba con ellos en la mercadería y así pudieron tomarse medidas específicas.

“Si unimos diferentes profesiones y áreas es posible entender mejor las problemáticas y armar estrategias que funcionen, independientemente de posibles intereses económicos, porque no decimos que hay que echar pesticidas en todos lados”, ejemplifica Santini. Y concluye: “El sistema científico también debería hacer una autocrítica: ¿Cuántas veces escuchamos que el Chagas es una enfermedad desatendida? Sin embargo, la Argentina tuvo hasta un instituto especial para la enfermedad. ¿Es realmente desatendida o es que uno también, como científico, no se hizo las preguntas que tenía que hacerse? A veces, el científico no se siente parte del Estado y no se compromete como tal”, concluye.

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