miércoles, 22 de noviembre de 2017
Medioambiente

El núcleo del problema

La construcción de dos plantas nucleares con financiamiento chino despertó un conflicto que lleva años en la Argentina y genera protestas en Río Negro, donde se planea instalar una de ellas. Al reclamo ambiental se suman controversias vinculadas con un quiebre en el desarrollo local a partir de la compra de tecnología llave en mano.

Por Vanina Lombardi

 

Agencia 

TSS — Vecinos de 40 localidades de distintas provincias de la Argentina se movilizaron ayer en contra del proyecto de instalación de una planta nuclear en Río Negro, prevista tras el acuerdo de cooperación nuclear con China que el Gobierno firmó en septiembre de 2016. En el marco de las protestas, diversos sectores de CTA y ATE de Río Negro convocaron a un paro de actividades.

El acuerdo —cuyo compromiso había sido establecido entre ambos países en febrero de 2015, durante la gestión de Cristina Fernández— prevé una inversión total de 14.000 millones de dólares, de los cuales el país asiático financiará el 85%, para la construcción de la cuestionada planta de energía nuclear en Río Negro a partir de 2020, además de la construcción de Atucha III, en Zárate, desde principios del año próximo. Esta última brindará una potencia de 700 MW y demandará alrededor de siete años de construcción. La patagónica, que será la quinta central del país, aportará 1.150 MW de potencia, requerirá unos seis años de obra y tendrá la particularidad de que utilizará una tecnología del tipo Hualong Uno, una central de agua presurizada que utiliza uranio enriquecido y agua liviana, diferente a las del tipo CANDU utilizadas en la Argentina hasta el momento.

“Esto vuelve a poner en escena una discusión que está latente desde hace muchos años en la Argentina: cada vez que aparece algún proyecto importante vinculado con la tecnología nuclear empiezan a haber fuertes discusiones en el espacio público, que, en términos generales, siempre han impactado en su desarrollo”, dice Agustín Piaz, docente e investigador de la Universidad Nacional de San Martín, cuya tesis doctoral en Ciencias Sociales analiza la resistencia a la tecnología nuclear en el país.

En este caso, Piaz considera que las protestas “eran de esperar” por varios motivos. Porque ya existe una valoración histórica que indica que “en la Patagonia no”, puesto que una de las primeras movilizaciones en contra de la tecnología nuclear fue en Chubut. Y, porque, al mismo tiempo, hay asociaciones ambientalistas que defienden esa misma región porque representa un “importante reservorio natural”, con zonas turísticas y otras cercanas al mar.

El conflicto se viene desarrollando en Viedma luego de que el pasado 30 de mayo la Nación y Río Negro suscribieran el convenio para construir la quinta central nuclear en esa provincia. Fabiana Vega, vecina de Viedma, se sumó desde el inicio de las protestas a la organización comunitaria Patagonia No Nuclear y recuerda que, tras conocer el anuncio, empezaron a comunicarse entre asambleas patagónicas.

“De allí surgió una carta abierta al gobierno de China oponiéndonos a la planta nuclear, y luego seguimos tratando de gestar algo a nivel local multisectorial. A partir del 6 de junio empezamos a reunirnos regularmente y a desarrollar actividades como proyecciones de películas, charlas y radios abiertas”, dice Vega, sin dejar de mencionar las “manifestaciones espontáneas” que surgieron en esa ciudad durante la visita de la comitiva de técnicos chinos de la empresa National Nuclear Corporation China (CNNC) y profesionales argentinos de la empresa estatal rionegrina INVAP y de la también estatal Núcleoeléctrica Argentina (NASA), que visitaron la zona a fines de julio, en busca del lugar más conveniente para la instalación de la planta, que se ubicaría en un área a definir en un frente costero de 234 kilómetros, entre las localidades de Sierra Grande y el balneario El Cóndor, pertenecientes al ejido de Viedma. Sin embargo, tras las protestas en esta ciudad, el gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, anunció que se excluirá del ejido de Viedma la instalación de la central nuclear.

El presidente Mauricio Macri ratificó el acuerdo nuclear con China tras una visita a ese país durante el año pasado.

 

Argentina, país nuclear

El desarrollo nuclear tomó impulso en la Argentina a partir de 1950, con la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Desde entonces, científicos y tecnólogos argentinos han construido tres centrales de potencia en operación y nueve reactores de investigación. Además, se exportaron cuatro reactores de investigación fabricados en el país, que también logró ser el tercer exportador de Cobalto 60, después de Inglaterra y Francia, se enriqueció uranio en la planta de Pilcaniyeu y se logró producir agua pesada de alta calidad.

Además de lo que esto representa para el desarrollo industrial local, el impulso a esta tecnología también permitió expandir el uso de la medicina nuclear en la Argentina. Sin embargo, esta trayectoria y la experiencia adquirida durante décadas podrían verse frenadas con este acuerdo, que prevé lo que se denomina compra de tecnología “llave en mano” de China, lo que implica que dicho país traería la mayor parte de la infraestructura necesaria.

“Las críticas posiblemente provengan de los sectores promotores del desarrollo nuclear, ya que este no es uno de los argumentos más relevantes en términos de ambientalismo y el movimiento antinuclear”, considera Piaz.

El pasado 30 de mayo la Nación y Río Negro suscribieron el convenio para construir la quinta central nuclear en esa provincia. En la foto, el presidente Macri y el gobernador Alberto Weretilneck.

 

 

Entre las organizaciones que se manifestaron en contra del contrato con China para la construcción de la planta nuclear en Río Negro está la Agrupación 17 de Diciembre de Lista Verde y Blanca de ATE, que sostuvo en un comunicado: “Expresamos nuestra crítica al sistema llave en mano con casi nula transferencia tecnológica, dado que rompe con el desarrollo autónomo de las centrales con uranio natural y agua pesada, que ha permitido una integración de industria nacional de hasta un 70%”. Además, reclamaron por el “inmediato comienzo de la cuarta central nuclear Atucha III frenada desde la asunción de este Gobierno, llegando incluso al despido de los trabajadores y profesionales especializados en su construcción”.

Para Piaz,  “las posibilidades de comunicación entre los diferentes actores que formaron estos colectivos antinucleares ha ido creciendo a lo largo del tiempo y ya no reclaman que no quieren una planta en un lugar específico, sino que la consigna es muy clara: no a la energía nuclear, ni acá ni en ningún lado”. Vera confirma esta idea: “Vamos porque no se instale ninguna planta más y, si es posible, como se pidió en 2011, que se desmantelen las que están”, dice, pero advierte que del mismo modo defienden “que se desarrollen energías alternativas y que sean nacionales”.

En este sentido, Piaz rescata las particularidades del desarrollo nuclear argentino: “Demuestra que cuando hay una política de Estado que se sostiene durante muchos años se pueden ver resultados exitosos”, explica y afirma que eso no se limita a una única tecnología. En el contexto actual, en el que “las políticas internacionales y organizaciones asesoras de Naciones Unidas en cuestiones de energía y ambiente no promueven el desarrollo nuclear en términos generales, sería interesante replantear si el camino es seguir abriendo nuevas centrales o empezar a apostar por el desarrollo de otras tecnologías con una presencia del Estado, con científicos y tecnólogos argentinos, y que no tengamos que ir a comprarlas afuera dentro de diez o veinte años”, concluye.

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