viernes, 20 de julio de 2018
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Deodoro insurgente. Entrevista con Cristina Kikí Roca

Cristina “Kikí” Roca, la artista cordobesa y nieta del emblemático reformista, dialogó con UNCiencia sobre cómo desmitificó la figura de su abuelo a través del arte contemporáneo y cómo humanizó esa imagen que con los años fue ganando envergadura en el imaginario colectivo. En esta nota, Kikí repasa sus vivencias en el campo artístico y en la docencia, y profundiza sobre cómo las miradas y gestos pueden pasar de una generación a otra.

Por Eloísa Oliva
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
eoliva@comunicacion.unc.edu.ar

 

Cristina Roca es artista y docente de artes visuales. A mediados de los 90, en el marco del colectivo “Las chicas del chancho y el corpiño”, realizó con Alicia Rodríguez, Marive Paredes y Bibiana Oviedo, una serie de obras tuvieron gran impacto público y una profunda repercusión personal: la artista se replanteó su lugar y su producción en el campo del arte. También, fue la primera vez que la emparentaron con su abuelo, el reformista Deodoro Roca.

En noviembre de 2017, realizó la muestra Difícil tiempo nuevo en el Museo Municipal de Bellas Artes Genaro Pérez. La exposición consistía en un diálogo entre el pasado y el presente, a través de la figura de Deodoro, autor del Manifiesto liminar y de una vasta obra que recorre la política, la estética y la crítica literaria.

UNCiencia conversó con ella, y en la charla se fueron desplegando, como mapas que se entrecruzan, la historia social y la íntima, su producción, los vínculos, en un permanente movimiento de intersección entre lo personal y lo político, con el espacio del afecto como catalizador de toda práctica.

………

Es un mediodía de otoño de 2018, Kikí, un apodo que prácticamente desalojó su nombre de pila, nos recibe en su casa del barrio de Granja de Funes. Nos sentamos bajo los árboles, cuyo murmullo quedará grabado en la conversación. De vez en cuando, un avión cruza el cielo.

En el transcurso de la charla, irán apareciendo diversas piezas relacionadas con Deodoro, como la compilación que su amigo Gregorio Bermann, también reformista, hizo de sus artículos y textos dispersos, El difícil tiempo nuevo, y de la que Kikí tomó el título de su muestra. O la cabeza de yeso que descansa en su living, obra de Alberto Barral, el mismo escultor del oso polar que hoy está emplazado en la puerta del Museo Emilio Caraffa.

A pesar de la cercanía temporal, la artista resalta que la exposición no estuvo vinculada al centenario de la Reforma Universitaria, sino que más bien resultó una casualidad. Poder realizarla tuvo más que ver con el modo en el cual se relaciona con la imagen de su abuelo. Y en el arte contemporáneo encontró la plataforma ideal para desmitificar muchas cosas, como por ejemplo la idea de genio, construida en torno a Deodoro.

“Ahora puedo decir que Deodoro dejó de ser una figura pesada para mí. Ya no lo vivo así y por eso pude hacer la muestra. Es un proceso que va más allá del arte y tiene que ver con desmitificar a este personaje, poder mirarlo también con sus errores; humanizarlo, en definitiva. Y por eso también hoy puedo meterme en sus textos y rearmarlos como se me ocurra”, señala.

A Kikí le interesaba observar especialmente el Deodoro “menos leído, menos nombrado y más problemático: el que cuestiona todos los lugares políticos y sociales, el que fomenta la rebeldía; el socialista, el que critica los dogmas”, según apunta.

“Todo ese andamiaje, ese perfil de Deodoro, es el que quedó relegado. Es de lo que hablaba también mi padre cuando decía que mi abuelo había sido olvidado. Es el Deodoro exaltado del Manifiesto, que anticipa su posición crítica, pero que no se agota allí”, completa.

 

Difícil tiempo nuevo

Para la exposición, Kikí reeditó un número de Flecha, periódico dirigido por Deodoro y que publicó el Comité Pro Paz y Libertad de América entre 1935 y 1936, con un total de 17 números.

En Córdoba, solo quedan cinco ejemplares, resguardados por el Museo Casa de la Reforma, que fueron puestos a disposición de la artista. De ellos, Kikí eligió parte de un ejemplar, que abordaba problemáticas latinoamericanas y traía artículos sobre un congreso: “Artistas, gremios y trabajadores”.

En la sala donde se montó la muestra, había otros textos sobre las paredes. Eran una selección extraída de Las obras y los días, sección que Deodoro escribía para el diario cordobés El País, durante la segunda mitad de la década del 20. En este caso, la selección incluyó notas que tenían que ver con política, sociedad y economía, vinculadas con ese perfil crítico que le interesaba destacar de su abuelo.

– ¿Cómo fue la producción de la muestra?

– Cuando comencé a pensar cómo trabajar el archivo, me hice la pregunta que todos los artistas nos hacemos: cómo materializar. Hice todo un trayecto en ese sentido. Primero, en el marco de Habitable, proyecto al que me invitó Fabio Di Camozhi (artista local). Ahí trabajé arduamente con fotografías, textos, fragmentos de documentos. Pero me di cuenta que estaba cayendo en una estetización del archivo y eso no era lo que quería hacer. Empecé a sentir que tenía que ser más limpio, y ahí los imaginé como textos, que la gente fuera  y leyera si quería. La idea fue sacar el archivo de lo privado.

– ¿Qué te interesaba hacer con esos textos?

– Marqué los que de alguna manera iban haciendo un derrotero que a mí me hacía eco. A esos textos, que previamente había marcado en los libros, los subrayé en rojo. Hay toda una serie de cuestiones históricas que quedan afuera, pero yo intenté destacar los que tienen más que ver con una postura frente al conflicto, un señalamiento del conflicto.

Por ejemplo, hay un texto que se llama El imperialismo invisible. Siempre me interesó mucho porque va desmantelando qué es el imperialismo, cómo se va produciendo. Desde el territorial, al que Deodoro llama “imperialismo del kilómetro cuadrado”, hasta el imperialismo invisible, que hoy está potenciado y que tiene que ver con lo comercial, el capital cultural y el monopolio.

Eran notas que alentaban un cuestionamiento del poder, del manejo cultural. También hay artículos donde va desmantelando el tema de la manipulación y los silencios de la prensa. Todos me parecían muy importantes, porque tenían que ver con lo que está pasando actualmente.

En la sala, además de los textos en las paredes y el ejemplar de Flecha, estaba la cabeza en yeso de Deodoro que hizo Alberto Barral. En realidad es una copia de la original, hecha en bronce y emplazada en Ongamira. La artista vistió la cabeza con un pasamontañas inconcluso, hecho por ella, que todavía estaba siendo tejido y caía bajo las agujas.

“Durante 2016 y 2017, cuando visitaba a mi mamá, ella tejía. Ha perdido mucho el lenguaje y le cuesta mucho expresar lo que piensa o siente. Entonces tejíamos y la charla pasaba por ahí: colores, formas. Paralelamente, yo iba a curiosear a su casa, que se estaba desmantelando; fui al garage para ver si la cabeza de Deodoro seguía ahí, y sí, estaba. Entonces lo vi clarísimo y empecé a pensar en la muestra”, relata Kikí.

– ¿Y el pasamontañas, por qué?

– Por dos cosas. Por un lado, es parte del imaginario revolucionario, señalaba al Deodoro insurgente, el incómodo; pero también resignifica el contenido que yo venía trabajando en la pintura: el camuflaje. Mi preocupación venía por cómo nos vamos mimetizando, los mecanismos de defensa que tenemos frente a lo colectivo. La pintura no me alcanzaba, y creo que logré resolverlo así.
Con el pasamontañas puesto, Deodoro pasa a ser uno más. También, me parecía un símbolo muy desprestigiado: el camuflaje es algo que está mal visto por la sociedad, hoy alguien con pasamontañas es tomado como peligroso. Y todo eso con una cabeza que es una copia, hecha por un español exiliado que terminó haciendo obra acá en Córdoba. En ese sentido, tiene que ver con la idea de ir en contra del monumento.

– No te quedaste con el Deodoro institucionalizado

– Exactamente, abordé su otro costado, al cual resignifico. Y donde resignifico una labor, que tiene que ver con lo más revolucionario, lo anticlericlal, antifascista.

La flecha y el chancho

En la editorial del primer número de Flecha, Deodoro escribía: “La risa es, en ocasiones, la flecha más aguda y más certera”. El humor, rasgo por el cual era conocido, no es ajeno a la nieta, que resume lo hecho con el colectivo “Las chicas del chancho y el corpiño” como “Sacar el chiste a la calle”.

Desde 1995 a 1998, el grupo que conformó junto con Alicia Rodríguez, Marive Paredes y Bibiana Oviedo, realizó ocho intervenciones en el espacio público. La primera de ellas fue el Chancho, que se colocó junto a la Casa Radical el 10 de agosto de 1995, después del dictado de la Ley de emergencia provincial  por parte de Ramón Mestre (padre), entonces gobernador.

El Chancho fue “detenido” por la policía y luego liberado tras la presentación de un habeas corpus. “Mi padre se enteró de todo esto por el noticiero. Y me llamó: “Cristina, mañana vení que quiero hablar con vos, necesito contarte algo”.

“Mi viejo ya estaba enfermo, murió de esclerosis múltiple, y me contó las anécdotas de mi abuelo. Por ejemplo, la vez que salió con un grupo de amigos a vestir las estatuas del centro de Córdoba (25 de octubre de 1940), en respuesta a la censura a una obra de Ernesto Soneira para el Salón Oficial de pintura. Para mí fue muy impresionante, porque me di cuenta que era el mismo espíritu. Evidentemente hay cosas que se heredan, más allá de lo que una quiera”, ilustra Kikí.

Cristina Kikí Roca nació en Córdoba en 1961. Es docente en la Escuela Superior de Bellas Artes Figueroa Alcorta hace 20 años. Como artista, ha realizado numerosas exposiciones entre las que se destacan DeshabitantesEl arte a la calle (con el colectivo Las chicas del chancho y el corpiño), Qué va a ser una (con el colectivo Costuras urbanas), La piel soportaQué difícil evitar las caricias en el pelo, entre otras (*).
Deodoro Roca nació en Córdoba en 1890 y murió en la misma ciudad en 1942. Fue uno de los pensadores más heréticos, sugerentes y heterodoxos del continente. Fue uno de los principales ideólogos de la Reforma Universitaria y el redactor del Manifiesto Liminar. Editor y redactor del periódico Flecha y de la revista Las comunas. Fue director del Museo Provincial Soremonte (entonces Museo Histórico Colonial) e iniciador de varios organismos de lucha, como el Comité Pro Presos y Exiliados de América o el Comité Pro Paz y Libertad de América (*).
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