domingo, 12 de julio de 2020
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COVID-19 y la vida cotidiana

Investigadores del CONICET realizaron un estudio sobre las primeras semanas de cuarentena. El informe Tiara describe el impacto en los cambios de conducta y en la salud mental durante la primera etapa del aislamiento.

Por Yasmín Noel Daus
El teletrabajo, los niños estudiando en casa y las reuniones virtuales forman parte de la nueva realidad de los argentinos. El avance del COVID-19 y las medidas implementadas para hacerle frente a la pandemia alteraron el desarrollo de la cotidianeidad y los vínculos laborales y familiares. ¿Cuál es la percepción de la población sobre esta nueva normalidad? ¿Qué efectos psicosociales podrían generarse como consecuencia de la pandemia y la vida en cuarentena? Estos fueron los interrogantes planteados por los científicos del CONICET que desarrollaron el estudio Tiara, una investigación que recibe su nombre como un juego de palabras en referencia al coronavirus.

 

Equipo de investigación. Fotografía: Gentileza investigadores.

 

“Nos propusimos sacar una foto de lo que nos estaba pasando como sociedad. La salud mental es un tema clave en el manejo de la epidemia porque refleja el costo de lo que estamos viviendo como individuos y cómo esto se complementa con la prevención y adherencia al aislamiento”, afirma Silvina Arrossi, investigadora independiente del CONICET en el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y una de las líderes de la investigación.

Los científicos confeccionaron una encuesta que se difundió de forma online entre el 30 de marzo y el 12 de abril, es decir durante los primeros días de aislamiento. La investigación, que ya fue elevada a las autoridades del Ministerio de Salud de la Nación, fue respondida en forma anónima por 30269 personas de las 24 jurisdicciones. 24.595 fueron mujeres, 5.098 varones y 254 personas de identidades no binarias.

El dato que los investigadores consideran más significativo fue que durante las dos primeras semanas de aislamiento el 55 por ciento de la población encuestada reportaba una reducción de ingresos en su hogar. La información recabada muestra la desigualdad del impacto económico sobre los diferentes grupos sociales: el 78 por ciento de quienes cuentan solo con cobertura pública de salud sufrió durante aquellos días una reducción de ingresos, frente al 52 por ciento de los entrevistados que tienen obra social o prepaga. Las mujeres encabezan la segmentación por género con el 55 por ciento, los varones vieron reducidos sus ingresos en un 54 por ciento y la población de identidades no binarias en un 52 por ciento. Asimismo, la encuesta mostró que en relación al ingreso, los jóvenes fueron los más afectados en la estratificación por edad: El 58 por ciento de la población que tiene entre 18 y 29 años manifestó una disminución en sus ingresos en los primeros días de la cuarentena. Las personas con 60 años o más, reportaron una baja en sus ingresos en un 49 por ciento de los casos, mientras que quienes se ubican en el segmento etario que va de los 30 a los 59 años lo hizo en un 54 por ciento.

La investigadora adjunta del CONICET y directora del CEDES, Mariana Romero, explica que las respuestas obtenidas revelaron que el aislamiento tiene consecuencias que van más allá de la permanencia en los hogares. El informe Tiara evidencia “las dificultades o temores a cómo impacta en términos económicos el sostenimiento de los diversos grupos sociales”.

 

Las preocupaciones de la población en las primeras semanas de cuarentena

En tanto el aburrimiento no representa una preocupación importante para la población sondeada, las inquietudes de índole económico afectan a la mayoría: el 64 por ciento de los encuestados reconoció sentirse afectado por la posibilidad de no poder trabajar y no disponer de sustento. La imposibilidad de pagar el alquiler y los servicios en un futuro cercano preocupa al 60 por ciento de los encuestados.

De la información obtenida en la encuesta se desprende que las mujeres muestran mayor grado de preocupación que los hombres para todas las categorías sondeadas por el estudio, excepto en lo referido a la educación de los hijos donde las inquietudes son similares. Entre la población joven, el 71 por ciento señala estar preocupado por no poder trabajar y en consecuencia, perder el sustento económico y el 66 por ciento reconoció preocupación por verse imposibilitado de pagar el alquiler y los servicios.

Dentro de la población socialmente vulnerable, identificada como aquella que solo dispone de cobertura pública de salud, el 86 por ciento declara preocupación por no poder trabajar y no disponer de sustento económico. La incapacidad de pagar el alquiler y los servicios fue considerado por el 81 por ciento de los encuestados de este grupo, mientras que el 79 por ciento manifestó estar preocupado por no disponer de los medios económicos para comprar alimentos. Tras el análisis de los resultados Arrossi reflexiona: “El impacto en las condiciones de trabajo se constituye como el telón de fondo estructural sobre el cual se sobreimprimen los efectos relativos a la salud mental”.

Otro de los puntos valorados por el estudio fue la preocupación de los entrevistados por la violencia domestica. Las mujeres, los jóvenes y las personas con vulnerabilidad social demuestran mayores inquietudes: entre las personas de 18 a 29 años, el 19 por ciento se encuentra bastante o muy preocupado, comparado con el 8 por ciento de los encuestados con edades que rondan entre los 30 y los 59 años. Sólo el 10 por ciento de la población con 60 años o más, mostró preocupación por el tema. El 22 por ciento de la población con cobertura pública de salud exclusiva declaró preocupación por la violencia domestica, frente al 11 por ciento de quienes cuentan con obra social o prepaga.

Entre las principales inquietudes que afectan a la población encuestada el 93 por ciento señaló la posibilidad de contagio en algún miembro de su familia, mientras que el 87 por ciento esbozó inquietudes por sufrir algún problema de salud propio o en el núcleo familiar y no recibir la atención adecuada. Una mención especial la merecen las personas con enfermedades crónicas, quienes en numerosos casos han interrumpido sus tratamientos, estudios o análisis. “Este punto deberá ser tomado en consideración por los hacedores de políticas públicas frente a la continuidad del aislamiento”, señala Romero.

 

Malestar psicosocial

Con el objetivo de medir el nivel del malestar psicológico en la población sondeada, los investigadores utilizaron la escala K10, una herramienta validada en Argentina que se basa en preguntas sobre síntomas de depresión y ansiedad. El instrumento de medición reveló que el 48 por ciento de la población refleja un score compatible con malestar psicológico. El 28 por ciento del total alcanzó un score en la escala K10 de malestar psicológico moderado o severo.

Si bien el nivel de malestar psicológico en la población es alto, la diferencia por grupos es aún más determinante: el 52 por ciento de las mujeres se encuentran afectadas, mientras que solo el 29 por ciento de los hombres mostraron indicadores de malestar psicológico. En tanto, el 59 por ciento de la población con vulnerabilidad social se encuentra afectado, el 47 por ciento de quienes cuentan con obra social o prepaga reflejó malestar psicológico. E  l 62 por ciento de los jóvenes proporcionan respuestas compatibles con malestar psicológico, mientras que el 43 por ciento de las personas con 30 a 59 años se encuentran afectados. El 26 por ciento de los casos con 60 años o más manifestó malestar psicológico en sus respuestas.

Los investigadores afirman que establecer las causas del malestar psicológico por el momento es complejo. Sin embargo, la evidencia demuestra un impacto diferencial en las mujeres, es decir que se podría pensar que “la epidemia y el impacto psicosocial atraviesa desigualdades de género preexistentes, que probablemente se potencien en esta situación”, señala Arrossi. Y agrega: “De igual manera es posible pensar que la caracterización laboral más precaria ligada a los jóvenes puede influir en el malestar psicológico de esa población”.

 

Los aspectos positivos

Pese al alto impacto psicosocial registrado en las respuestas, el estudio también recogió datos positivos. El 81 por ciento de los casos valora el aislamiento como una contribución para detener el coronavirus y el 73 por ciento de la población considera el aislamiento como una medida en la que el país, en su conjunto, contribuye a detener el avance de la pandemia. “Lo interesante de esta encuesta es la sensación colectiva. Es un elemento central que hace que la gente le siga dando legitimidad a la medida, a pesar del gran impacto a nivel de ingresos, de las condiciones de trabajo y de la salud mental”, sostiene Silvina Arrossi.

Por su parte, Romero advierte: “Es interesante resaltar la respuesta respecto de los principales cambios de conducta. Que haya habido cambios en las dos primeras semanas confirma que los mensajes han llegado claros y en términos de salud pública este punto es clave”.  De hecho el estudio confirma que durante las primeras semanas de aislamiento el 95 por ciento de la población aumentó la frecuencia del lavado de manos, el 91 por ciento evita saludar con un beso y el 86 por ciento se cubre con el codo cuando estornuda o tose. Además, el 62 por ciento de los encuestados afirma haber dejado de compartir el mate.

 

El futuro de la investigación

Con el objetivo de analizar el malestar psicosocial de la población en los posibles nuevos escenarios, la proyección del estudio es realizar un nuevo relevamiento a 6 meses de iniciada la primera etapa de cuarentena. La nueva medición posibilitará la comparación entre lo que serán, probablemente, diferentes fases del aislamiento social preventivo y obligatorio “e incluso la información permitirá hacer políticas públicas focalizadas” precisa Melisa Paolino, investigadora asistente del CONICET en el CEDES.

Paolino piensa que una investigación de estas características, en tiempos de pandemia, revaloriza su práctica como investigadores: “Aportar evidencia científica, de calidad para el desarrollo de políticas públicas es el rol que tenemos que cumplir”.

“Hay evidencia que habla de que esto no se termina acá, el malestar puede traer consecuencias a largo, mediano y corto plazo, por eso es importante brindarle información y herramientas a la población. Habrá consecuencias en la subjetividad de la población, nadie será el mismo”, concluye Paolino.

Equipo de investigación:

Silvina Arrossi, Silvina Ramos, Melisa Paolino, Fernando Binder, Laura Perelman, Mariana Romero y Hugo Krupitzki.

 

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