viernes, 22 de septiembre de 2017
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Caravana del tiempo

En la Puna, las caravanas de llamas son una de las formas más antiguas de intercambio y comercio. Sin embargo, esta tradición y los saberes ancestrales que conlleva se están perdiendo.

Por Ana Beluscio

 

(Nexciencia) Más de 3000 años. Ese es el registro más antiguo que los arqueólogos pudieron rastrear de la existencia de las caravanas de llamas (Lama glama), una de las formas ancestrales de transporte de productos en la región que abarca el norte de Argentina y Chile, y las tierras altas de Bolivia y Perú. Los caravaneros transportaban productos entre los distintos ecosistemas de la zona andina: del altiplano, fibra y carne seca (charqui); plumas y productos agrícolas como la papa y el maíz de los valles; de las salinas, sal; de la costa del Pacífico conchas marinas, entre otros.

Sin embargo, la llegada de los españoles con sus animales de carga, como mulas y asnos, más la aparición (mucho más reciente) de trenes primero y luego camiones y camionetas 4×4, fue desplazando el uso de las llamas para trasladar mercancías y hoy en día esta práctica apenas subsiste.

La bióloga Bibiana Vilá, investigadora principal del CONICET, estudia una de las últimas caravanas que quedan y que recorre el trayecto entre la zona sur del altiplano boliviano y Santa Catalina, en Jujuy. Traen lana de llama, que ellos y sus familias producen, y regresan con productos manufacturados como harina de trigo, azúcar, fideos y arroz.

Desde 2011, Vilá va todos los años a Santa Catalina, Jujuy, donde el 25 de noviembre se celebra la fiesta de la patrona del pueblo y donde, durante los días previos, se realizan todos los intercambios que van a permitir a las comunidades del altiplano abastecerse de aquellos productos que no pueden producir.

La bióloga se focaliza en los aspectos etnozoológicos de las caravanas, es decir en el estudio de las relaciones biológico-culturales que ocurren entre los animales con sus caravaneros, en relación al rol que ocupan en la sociedad andina. Según comenta, los caravaneros tienen una relación muy estrecha con las llamas: las cuidan, les ponen nombres de personas y describen sus personalidades (este es más chucaro, aquel es noble, otro es pícaro), humanizándolos.

“Los caravaneros cuentan, por ejemplo, que Javier (un llamo) es honesto, algo así como trabajador; o que no van a armar tihuaico (una suerte de corral con sogas) porque no están pícaros, es decir que se van a dejar descargar sin tener que sostenerlas”, cuenta.

 

La historia y el recorrido

Las caravanas que llegan a Santa Catalina parten desde Cocani (Nor Lipez, Bolivia) y caminan diez horas por día, durante cinco días, para recorrer los más de 150 kilómetros que separan las dos localidades en línea recta. Pero ese valor es irreal porque se trata de senderos de altiplano que suben y bajan constantemente, con alturas que van desde los 3800 a los 4500 metros sobre el nivel del mar.

“Por eso viene gente de la propia Bolivia a comprar la fibra de llama que traen: les resulta mucho más cómodo tomar la ruta y llegar a Villazón, La Quiaca y Santa Catalina que ir a Cocani, que es un lugar remoto y de muy difícil acceso”, cuenta Vilá, y agrega: “Y justamente para eso sirve la caravana: para unir lugares remotos e incómodos sin acceso”.

Durante tres mil años estas caravanas cruzaron la Puna y el altiplano de arriba a abajo, de este a oeste, transportando productos. Y esto solo es posible con una estructura de caravana y un manejo de los animales muy específico, con pautas de comportamiento y adiestramiento definidas que se mantienen casi inalterables desde hace miles de años.

Vilá estudia la relación entre los caravaneros y las llamas, la forma y las herramientas que usan para que cada persona pueda controlar entre treinta y cuarenta animales de 120 kilos, que además se mueven en grupos, simplemente con el trato, la gestualidad y la palabra.

Por ejemplo, es común que para entrenar o dominar un animal se usen estimulos aversivos, es decir que se les cause dolor o algún otro tipo de malestar cuando hacen algo contrario a lo que se desea. En el caso de las llamas, el estímulo aversivo más común es la orejeada, o sea, tirar o retorcerles las orejas. Esto duele y se quedan quietas para, por ejemplo, poder esquilarlas. “El manejo es a través del dolor, pero a los caravaneros que llegan a Santa Catalina jamás los ví orejear ni castigar a ninguna, sólo las manejan con la postura corporal”, dice.

Esto es, el caravanero asume la postura física del llamo dominante: se para muy erguido y simula que escupe a la llama. Una vez que la llama está quieta, se coloca al lado, le abraza el cuello con una mano y con la otra la descargan. “Es decir, que la dominancia sobre el hato no es a través de estímulos aversivos sino a través de una postura jerárquica. Es increíble ver cómo los caravaneros se manejan con un código físico que los animales entienden”, agrega.

Vilá comenta que, justamente, uno de los puntos más interesantes es que los caravaneros han logrado conocer y entrenar a los animales para que su motivación y la de la persona estén en sintonía. Es decir que observan a las llamas y sólo hacen maniobras con ellas cuando están predispuestas, como por ejemplo descargarlas cuando el hato está predispuesto. “Hay un conocimiento ancestral asociado a entender y leer los tiempos de los animales, que hace que se minimicen los conflictos en los manejos de las caravanas, entre personas y animales”, cuenta.

Axel Nielsen es investigador principal del CONICET en el Instituto Interdisciplinario de Tilcara, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y estudia desde hace años las caravanas en el altiplano boliviano, con las cuales incluso ha viajado.

“Existe una relación que se podría decir personal o social con las llamas: cada una tiene un nombre propio y se dirigen a ellas como personas. Es un tratamiento muy distinto al que tienen con los burros, a los que consideran solo animales y tienen un estatus diferente”, cuenta.

Históricamente, antes de la llegada de los españoles, las llamas fueron los únicos animales de carga de las regiones andinas. Las personas dependían de ellas para poder comerciar, obtener fibra para abrigarse y carne para comer. Entonces el vínculo que tienen con estos animales es muy cercano, y durante años se fueron forjando las formas de adiestramiento para que las llamas respondan a las necesidades de los pastores.

“Creo que también tiene que ver con la larguísima historia de relación con la llama, que incluso está plasmada en la cosmología y los mitos. Y en el significado que tiene para las poblaciones andinas, que no llegaron a tener ningún animal introducido con posterioridad. Las llamas están incluso en las constelaciones andinas, están en la interpretación del mundo desde tiempos muy antiguos”, agrega Nielsen.

 

Conocer las llamas con las que se camina

La elección de los animales es otro punto crucial en la organización de las caravanas. Para que el sistema funcione, tres o cuatro animales seleccionados van a la vanguardia del grupo, por el sendero, y los demás los siguen sin desviarse. Esos animales “punteros” –a los que llaman capos o carajo– nunca se pierden o equivocan el camino.

“Es muy interesante entender cómo los seleccionan, porque los caravaneros son grandes observadores de la etología, del carácter de las llamas”, cuenta Vilá. “Durante el primer año de vida, analizan cuáles son aquellos machitos que, durante los juegos, marcan la vía y son seguidos por los demás. Cuando tienen dos años, luego de castrarlos, los llevan entonces a su primera caravana, sin carga, para que aprendan el camino y ver cómo se desempeñan”.

Los capos llevan alrededor del cuello un puiso, una especie de collar de lanas con campanitas. Y tienen también una marca de lana especial en las orejas, más elaborada que la de las otras llamas. Estas marcas, el floreado, además de indicar cuáles son los capos, permiten diferenciar a los animales que pertenecen a uno u otro caravanero.

Pero no sólo de llamas punteras vive la caravana. Cada una se compone de al menos treinta a cincuenta llamas de carga. Para seleccionarlas, según Vilá, los caravaneros buscan la fortaleza y ancho del lomo, ya que cada uno tiene que soportar casi treinta kilos de peso.

En comparación con las mulas y asnos –otros animales que también se usan para caravanas– la llama tiene una serie de ventajas que le permitieron subsistir como animal de carga. Por ejemplo, no necesitan aperos especiales para llevar las bolsas de productos y se alimentan de los pastos naturales que encuentran en el camino, a diferencia de las mulas o los caballos, que necesitan forrajes especiales. “Es más barato y requiere menos logística usar la llama como medio de carga”, dice Nielsen. Y, además, cuando ya no se utiliza para cargar, lo que sirve de la llama es su carne.

“El tráfico con caravanas ha sobrevivido hasta tiempos recientes entre pastores de altura porque, básicamente, los lugares donde viven no les permiten cultivar. Entonces, para obtener los productos agrícolas que son la base de la alimentación –maíz, papa, verduras o quinoa– tienen que intercambiarlos con pueblos agrícolas y para eso usan sus llamas”, agrega el investigador.

Finalmente, para Vilá, una de las claves para la subsistencia de las caravanas pasa por la relación entre personas y animales para trabajar colaborativamente. “Han desarrollado a lo largo de los siglos un conocimiento del comportamiento de las llamas que les permite organizar y manejar sin conflicto las caravanas y el viaje de altura con carga. Con tres personas se puede manejar completamente una caravana de entre cincuenta y ochenta animales que transporta entre 1500 y 2400 kilos de carga. Estos saberes se transmiten en las familias, pero estas prácticas y saberes se están perdiendo a medida que desaparecen las caravanas”, concluye Vilá.

 

 

Otras caravanas

Además de la caravana que llega a Santa Catalina desde Cocani (Nor Lípez), a esa ciudad arriban otras desde San Pablo, Cerrillos, Viluyo y otras comunidades, en su mayoría de Sud Lípez, Bolivia.

 

 

Registros antiguos

Según Nielsen, los registros más antiguos de caravanas de llamas en la Puna tienen cerca de 3000 años. “Se han encontrado campamentos de caravanas fechados en el 1000 a. C. y existen estudios de restos óseos de llamas de esa antigüedad en Chile, donde los investigadores encontraron patologías y deformaciones de los huesos de las patas que se relacionan con el transporte de carga”, comenta.

  • Fotos: Bibiana Vilá.

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