sábado, 20 de octubre de 2018
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Arqueología Pública, recuperando el pasado indígena junto a las comunidades

Hasta el 23 de mayo permanecerá en exhibición la muestra “Historias escritas en los huesos: los pobladores de la costa sur de la laguna Mar Chiquita”, en Museo Histórico Municipal San José, de la localidad Balnearia, en el interior de Córdoba. La muestra recrea –a través de ilustraciones y textos, basándose en información científica– cómo era la vida cotidiana de las comunidades indígenas hace mil, dos mil e incluso cuatro mil años antes del presente. Es resultado de una década de trabajo del Programa de Arqueología Pública del Museo de Antropología y la Secretaría de Extensión de la FFyH UNC.

Por Eloísa Oliva
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional
eoliva@comunicacion.unc.edu.ar

Durante 2018 y parte del 2019, el Programa de Arqueología Pública (PAP) de la UNC presentará una muestra itinerante en distintos museos de la zona de la laguna Mar Chiquita, en el noreste de la provincia.

La exposición es el fruto de diez años de trabajo, y se orienta a presentar todo el conocimiento producido a partir del estudio de restos sensibles de una manera activa, es decir, focalizada en la vida de las personas y las comunidades que vivieron hace miles de años en ese lugar. Está acompañada de un documental, que puede descargarse libremente de la web, y que trata acerca del diálogo de saberes en torno a la práctica arqueológica con restos óseos sensibles.

El Programa, formalizado en extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades en el año 2011, trabaja de manera recurrente en la zona de Mar Chiquita, debido a que las bajantes de la laguna suelen dejar expuestos restos arqueológicos.

A lo largo de su historia, el PAP ha generado un enorme corpus de trabajo, constituido por tesis e investigaciones, el conocimiento de las comunidades locales y el diálogo con los pueblos indígenas. La muestra que hoy presentan es la punta del iceberg de ese proceso.

 

Arqueología pública

La arqueología pública no tiene demasiadas diferencias a la tradicional en cuanto a los métodos y las técnicas utilizadas, pero sí en el trabajo con las comunidades. La diferencia está en el enfoque sobre cómo construir conocimiento. Mariana Fabra, una de las directoras del PAP, lo explica así: “Es un trabajo con comunidades locales. Se trabaja en sitios arqueológicos pero a partir de la demanda de los pobladores. Esa es la gran diferencia con la arqueología tradicional, en la que se arma un proyecto de investigación, con una problemática, y se decide dónde intervenir. La arqueología pública aborda discusiones como la multivocalidad, la construcción de relatos con pobladores locales”.

Mariela Zabala, su otra directora, completa: “Se pone en cuestión el rol del arqueólogo. La arqueología pública descentraliza, cuestiona que esta sea solo una especialidad de un académico, de un universitario. Reconoce, por ejemplo, a aficionados a la arqueología, que son re importantes, porque son los que te avisan del hallazgo”.

Esto porque en la arqueología pública no se realizan excavaciones planificadas, sino que el trabajo empieza con un hallazgo fortuito de restos materiales por parte de vecinos y pobladores. En la zona de Mar Chiquita son comunes por las bajantes de la laguna. Quien realiza el hallazgo avisa a los museos locales, y de ahí se da noticia al Museo de Antropología de la FFyH de la UNC, donde está radicado el PAP.

Cuando se trata de restos óseos humanos, acude el equipo multidisciplinario de arqueología de rescate, en el que interviene también la Policia Judicial. Si el hallazgo tiene interés judicial, los restos óseos sensibles pasan a la morgue para ser estudiados por antropólogos forenses. De lo contrario, si el interés es arqueológico, pasan al Museo de Antropología para su estudio, documentación y acondicionamiento.

“Vamos y hacemos el trabajo especializado de recuperar los restos en el contexto del hallazgo, pero porque ya hemos trabajado previamente con la comunidad sobre la importancia de que intervengan arqueólogos”, relata Mariela. “Por qué no da lo mismo que los recupere un aficionado. Cuáles son los saberes que puede recuperar del estudio de esos restos”, completa Mariana.

¿Qué se puede recuperar? Muchísimo, según las investigadoras. “Los restos óseos humanos son únicos. Se trabaja con restos de una persona que vivió hace dos mil, tres mil, cuatro mil años de antigüedad, datados por carbono 14. Te indican cómo vivió esa persona, cómo se alimentó, qué actividades realizó durante su vida, cómo usó el cuerpo, sus enfermedades, prácticas de trabajo con materiales a partir del uso de la boca (por ejemplo, el ablandamiento de cueros). Es un tipo de información que no brindan otras materialidades arqueológicas”, explica Fabra.

“Vos estás trabajando con personas, y eso te permite saber también cómo fue tratada al momento de su muerte por parte de la comunidad. Entonces también se pueden conocer ritos mortuorios”, amplía Zabala. Y señala que son todas interpretaciones a partir de lo que se sabe hoy. “Eso puede cambiar. Hoy la práctica arqueológica o bioarqueológica tiene herramientas para obtener esta información que quizás de acá a 15 años cambie”.

 

La muestra

El guión museístico se hizo también desde esta perspectiva multivocal, y llevó un año de trabajo. “Resumimos la información arqueológica que teníamos sobre la zona, y generamos reuniones con pobladores locales. Además, trabajamos con la comunidad  comechingona  Tacukuntur, radicada en San Marcos Sierras. Su cacique, Mario Tulián, vino al museo, hicimos reuniones, y tratamos de dar cuenta de todos estos saberes”, puntualizan las investigadoras.

La mirada desde la que construyeron el relato abarca dos dimensiones: la persona y la comunidad. “Recuperamos la información general de la población, pero también recreamos historias de vida, de un modo más narrativo, pero a partir de datos válidos. La diferencia importante es que trabajamos sobre la vida. Porque en general siempre se trabaja sobre la muerte, sobre el pasado, lo que fue”, ilustra Zabala. “Humanizamos el registro”, sintetiza Fabra.

Materialmente, la muestra consiste en diez banners autoportantes, cada uno de los cuales aborda distintas temáticas. Cada museo que la aloja puede elegir con cuáles de estos banners trabajará, de acuerdo al espacio y su interés particular.

“Ilustramos cómo se vivía o qué evidencia hay de la alimentación y la historia de estas poblaciones hace cuatro mil, dos mil o mil años. Y después abordamos historia de vida: “la artesana”, “el horticultor”, “la viajera”. Esas historias de vida son hechas a partir de restos óseos humanos encontrados en la zona de Mar Chiquita, que han sido fechados, estudiados y de los cuales tenemos esta información científica”, especifica Fabra.

Es importante señalar que, en base a acuerdos celebrados con los pueblos indígenas, solo exhiben su representación humanizada. “Para el caso de las historias de vida, hemos hecho dibujos con una artista plástica, Paola Franco. Y en relación al ambiente, reconstruimos paisajes con Santiago Druetta, paleoartista ténico del Conicet, con datos que le proporcionamos sobre el clima, la laguna y demás”, especifican las investigadoras.

“La muestra exhibe en un dibujo cómo era el ambiente hace cuatro mil años, cómo era la laguna, porque su tamaño cambió mucho. También pensamos cómo influyó eso en la vida de esa gente, cómo se tuvieron que adaptar a otro tipo de recursos”, comenta Fabra.

Zabala completa el panorama aclarando que también cuentan sobre los pueblos indígenas en el presente, y otro donde explican por qué no exhiben estos restos. “Contamos que es una decisión de los pueblos indígenas y citamos un texto de Mario Tulián, en el que dice muy claramente que la exhibición no es negociable”.

Un dato remarcable es que en Miramar en particular, y en la zona de Ansenuza en general, no hay reconocimiento de comunidades ni pueblos indígenas. “En las vitrinas de los museos hay boleadoras, puntas de flechas, etcétera, recuperadas en la zona. Pero no hay ningún reconocimiento como pobladores indígenas”, ejemplifica Zabala.

Sin embargo, Fabra señala que, por mapeos realizados desde el museo en esa zona, “podemos saber que es muy alta la presencia de linajes americanos de los pobladores actuales. Así que nos parecía interesante que los habitantes de hoy tomaran en cuenta que hay presencia de pueblos indígenas desde hace cuatro mil años. No porque nosotros vengamos a cambiar algo, sino para poder poner en tensión su historia y su presente”.

Equipo | El Programa de Arqueología Pública es un Programa de Extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC, radicado en el Museo de Antropología y en el Instituto de Antropología de Córdoba (Idacor, UNC – Conicet).
Directoras | Mariana Fabra y Mariela Zabala
Integrantes | Est. Lucía Andrade Giraudo, Est. Ana Paula Alderete, Est. Romina Canova, Est. Julieta Bellis, Est. Lucas D’Agostino, Est. Eva Ferreyra, Tecn. Paola Franco, Dra. Claudina González, Est. Luciano Loupias, Est. Darío Ramírez, Dra. Soledad Salega, Est. Florencia Sánchez, Bio. Aldana Tavarone, Est. Paloma Zárate.
Colaboradores | Para la muestra, trabajaron la artista visual Paola Franco (miembro del equipo) y el paleoartista Santiago Druetta. En el documental, Daniela Goldes y Leopoldo “Polo” Obligado participaron de la realización y el montaje respectivamente.
Materiales
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